Contra la mugre del fascismo

Entrevista a Aleksandar Hemon

 

Aleksandar Hemon es el autor de El proyecto Lázaro, una novela que entrelaza la historia de Lazarus Averbuch, un joven judío que emigra a Estados Unidos en 1908 escapando de un pogromo y al poco tiempo es baleado por presunto anarquista en la casa del alcalde de Chicago, con la historia de Brik, un bosnio que vive en Chicago porque la guerra en los Balcanes, desatada en 1992, le impide regresar a su Sarajevo natal. Con Lazarus y Brik como espejos, la novela transita los terrenos de la inmigración forzada, la vulnerabilidad del extranjero y los horrores de la guerra con una maestría que le valió el reconocimiento unánime de la crítica estadounidense (fue finalista del National Book Award y del National Book Critics Circle Award en 2008) y del resto del mundo.

Aleksandar Hemon es el autor de El proyecto Lázaro, una novela que entrelaza la historia de Lazarus Averbuch, un joven judío que emigra a Estados Unidos en 1908 escapando de un pogromo y al poco tiempo es baleado por presunto anarquista en la casa del alcalde de Chicago, con la historia de Brik, un bosnio que vive en Chicago porque la guerra en los Balcanes, desatada en 1992, le impide regresar a su Sarajevo natal. Con Lazarus y Brik como espejos, la novela transita los terrenos de la inmigración forzada, la vulnerabilidad del extranjero y los horrores de la guerra con una maestría que le valió el reconocimiento unánime de la crítica estadounidense (fue finalista del National Book Award y del National Book Critics Circle Award en 2008) y del resto del mundo.

Brik es el alter ego de Sasha (Hemon), que ha presentado repetidas veces a un muchacho bosnio forzado a inmigrar a Chicago en sus libros de ficción (El hombre de ninguna parteLa cuestión de BrunoAmor y obstáculos) y en sus relatos autobiográficos (El libro de mis vidas) en un intento cubista de contar una misma historia, su historia, desde todos los ángulos posibles. Sin abandonar del todo su idioma, Hemon escribe principalmente en inglés con una destreza nabokoviana, enhebrando pasajes de lirismo sublime con tramos que rayan en lo escatológico, sin nunca perder un registro literario.

Una voz fuertemente opositora al fascismo que se cierne en estos momentos sobre Estados Unidos y el mundo, Hemon nos recuerda que estamos siempre al borde de caer en el cataclismo de la guerra. Por lo tanto su obra es ineludible, no sólo por su belleza, sino también por la urgencia y el vigor de su testimonio.

–Escribir en una segunda lengua es una oportunidad para reinventarse a uno mismo en un nuevo territorio lingüístico, pero implica el vértigo de no poder controlar nunca el idioma por completo. ¿En qué punto de ese espectro se encuentra?

–Sólo las personas con poco vocabulario y pensamientos muy simples controlan el lenguaje por completo. ¿Qué significa controlar un idioma? ¿Que uno puede decir cualquier cosa que quiera acerca de algo que aún no ha sucedido? ¿Que todo proceso de pensamiento es completo y coincide a la perfección con el vocabulario y las estructuras sintácticas disponibles? ¿Qué sentido tiene escribir –o incluso leer– si uno está en control absoluto del idioma? La lengua es un campo que contiene toda la experiencia humana, incluso las experiencias potenciales, y lo que hace la literatura es explorar ese campo. Wittgenstein sugirió que si uno puede formular una pregunta, hay una respuesta. Lo que hacemos es formular preguntas, y no habría razón para formularlas si controláramos el lenguaje por completo.

–En El libro de mis vidas aparecen relatos autobiográficos que ya había narrado como ficción en El proyecto Lázaro y otros de sus libros. ¿Cómo va de la imaginación y la invención a la experiencia cuando pasa de una ficción a una memoir?

–El salto no es tan dramático si uno piensa que entre imaginación y experiencia no hay una separación real, y que una potencia a la otra. Una manera de darle sentido a tu vida es imaginarla como una narración coherente. Del mismo modo, para percibir algo como real tenés que imaginártelo como tal: la realidad es una categoría imaginada, no imaginaria. Y el hecho de que el lenguaje esté anclado en la realidad de la vida y del cuerpo humano asegura que todo lo que se imagina en el lenguaje está anclado en la experiencia. No podés imaginar lo que no ha sido experimentado de alguna manera. Todas las posibilidades de la imaginación ya están presentes en el lenguaje.

–En los recuerdos de su infancia en Sarajevo, chicos de diferentes orígenes se mezclan sin prestar atención a sus etnias o religiones, tienen alianzas concretas entre ellos y con su grupo de amigos, más que con conceptos abstractos de nacionalidad o historia. A la luz de la guerra que devastó Bosnia unos pocos años después, ¿cómo le parece que se rompieron esos vínculos?

–Una interpretación es que la intensidad de la guerra en Bosnia se debió al odio étnico reprimido que había hervido debajo de la superficie durante décadas. Pero esa lectura está en el campo de la interpretación y es tan indolente como cobarde. Esa lectura le vino bien a los nacionalistas y a los fascistas locales, y también a Europa y a Estados Unidos en su deseo de no involucrarse. Pero creo que la intensidad de la violencia fue directamente proporcional a la fortaleza de esos vínculos entre la gente. Sarajevo estuvo sitiada durante más de mil días, y puedo atestiguar que los vínculos entre las personas que no se reducían a una afinidad étnica o religiosa aún sobreviven, a pesar de todo, a pesar del enorme daño.

–Con este nuevo presidente, ¿podría Estados Unidos encaminarse a un colapso parecido?

–La historia de Estados Unidos es diferente, pero hay muchas similitudes. Una versión breve es que el Partido Republicano se ha dado cuenta de que, en la medida en que el país cambia demográficamente, sus oportunidades de ganar las elecciones con apoyo de los blancos disminuye con rapidez. Así que han decidido convertirse en un partido nacionalista blanco. Para su capital electoral, necesitan todos los votos blancos que puedan conseguir, y esa es la razón por la que activaron sus peores facetas intolerantes y no le pusieron mala cara a gente del KKK, de orientación nazi, ni a la peor mugre racista que tiene el país. El objetivo del Partido Republicano es reestructurar los mecanismos de la democracia estadounidense como supremacía blanca, para lo que Trump no es más que una herramienta, muy necia sin ninguna duda, pero una herramienta al fin y al cabo para ese proyecto. Este camino podría conducir a un conflicto armado o a una violencia dispersa y anárquica entre grupos étnicos o raciales. Alguien, en algún lugar y en algún futuro, podría interpretar esa violencia como consecuencia de años de odio reprimido. Pero eso sería tan falso como en Bosnia, porque a pesar de la larga historia de racismo rabioso, tanto en Estados Unidos como en Bosnia siempre ha habido y siempre habrá gente que batalle contra la intolerancia y gente que gane esa batalla encontrando formas productivas y positivas de convivir.

–Fue testigo del lento desarrollo de una Guerra: la etapa inicial de negación, la aceptación parcial mezclada con el desenfreno hedonista de los que silenciosamente se volvían conscientes de que se acercaba el final, y luego la sensación de parálisis al ver que los horrores acechaban a la vuelta de la esquina. Si aprendió algo sobre cómo predecir el próximo cataclismo, ¿piensa que Estados Unidos se dirige en la misma dirección?

–Sí, creo que se dirige en la misma dirección. Sólo deseo que no haga el recorrido completo. La desventaja estadounidense –que se debe a muchas décadas de propaganda oficial– es la creencia de que los valores americanos son trascendentales y por ende eternos, y que no están sujetos a los caprichos del poder y la política. El argumento de que Estados Unidos simplemente no puede volverse fascista o sufrir una guerra interna está supeditado al excepcionalismo americano, a la creencia de que este país está de algún modo exento de la historia y a la vez es capaz –y tiene el derecho– de crearla. El excepcionalismo americano –que no pertenece sólo a la derecha, sino a algo compartido por los dos partidos– ha resultado en un número de operaciones criminales e imperialistas –la más reciente fue la invasión a Irak–, pero también paraliza la resistencia porque pone demasiada confianza en ese valor trascendental. En otras palabras, la gente simplemente cree que eso no puede pasar acá porque nosotros no somos así, porque somos norteamericanos. Pero cualquier país, cualquier nación, está como mucho a una generación de distancia del genocidio y de la guerra, a menudo a menos distancia que esa. Con esto no quiero decir que el resultado, una guerra civil en Estados Unidos, está predeterminado, pero sí que tenemos que pelear para detenerlo, para detener el fascismo.

–En sus primeros libros –El proyecto LázaroEl hombre de ninguna parteLa cuestión de Bruno Amor y obstáculos– el personaje principal es siempre un muchacho bosnio en Chicago. Cuando escribió Cómo se hizo La guerra de los zombis el protagonista pasa a ser un muchacho americano y todos los personajes bosnios son secundarios. ¿Qué lo llevó a ese cambio de punto de vista?

–Quería escribir en tercera persona, metafórica y literalmente, y quería conocer a ese personaje americano lo suficientemente bien. También quería explorar las formas en que los bosnios y los inmigrantes que viven en Estados Unidos son percibidos por los norteamericanos. En otras palabras, cambié la perspectiva para aprender cómo se ven las cosas desde esa perspectiva.

–Para usted el fútbol es mucho más que un deporte o un ejercicio. ¿Le encuentra un significado espiritual o filosófico?

–Tenía un muy buen amigo y un gran jugador, un colombiano llamado Freddie, con quien jugaba al fútbol y hablaba largo y tendido acerca de la filosofía del fútbol. Era un tipo espiritual y encontraba espiritualidad en el fútbol, pero no en mí. Una vez me dijo que yo era la persona menos espiritual que había conocido. Lo tomé como un halago. Pero él era también un terapeuta de niños que usaba el movimiento y el baile en su terapia, y hablábamos sobre la integración de la mente y el cuerpo, y sobre los diferentes tipos de conocimiento y los procesos de toma de decisiones y cómo todo eso se manifiesta en el fútbol. Me encantaban esas conversaciones –desgraciadamente, perdí contacto con Freddie– y las recuerdo con cariño. Todavía puedo hablar durante horas acerca de la filosofía del fútbol y tengo muchas ideas al respecto. La principal es que al jugar uno tiene una sensación de presencia total en el mundo, una integración total de la mente, el cuerpo y el entorno físico. Tristemente, dejé de jugar al fútbol porque tengo edad suficiente para ser artrítico. Esquiar y escribir me brindan una sensación parecida. Es posible que en un futuro terrible deba dejar de esquiar, pero mientras me queden el cuerpo y el alma seguiré teniendo la escritura.

 

Clarin - Revista Ñ - 10 de noviembre de 2017