“China es uno de los países mejor gobernados del mundo”

Entrevista a Rafael Poch por Álvaro Corazón
El corresponsal internacional del diario catalán La Vanguardia explica por qué considera que a Beijing le es viable el sistema de partido único, da detalles sorprendentes sobre el modelo de vida norcoreano y critica a la Rusia de Putin por sepultar el legado de Gorbachov. Rafael Poch, corresponsal internacional del diario catalán La Vanguardia, es un cronista europeo de primer nivel. Ha escrito tres libros sobre Rusia (Tres días de agosto, Tres preguntas sobre Rusia y La gran transición), y dos obras más recientes de alto impacto informativo como La actualidad de China, un mundo en crisis, una sociedad en gestación y La quinta Alemania.

Obras didácticas, llenas de matices. Versiones de los hechos históricos, de la sociedad de estos países, nutridas con fuentes diversas que pueden ir del político al campesino, del periodista al activista. Además, Poch ha sido corresponsal en Europa del Este, Moscú, Pekín y Berlín. En todos estos destinos fue y es testigo de las grandes transformaciones del mundo contemporáneo.

–Durante su corresponsalía en Pekín usted viajó en muchas ocasiones a Corea del Norte. ¿Cómo valora la información que se está dando en los medios de la crisis actual?
–Se presenta el conflicto nuclear restringido únicamente a que Corea del Norte tiene, o parece ser que tiene, una bomba atómica. El tema es mucho más complicado, como todo el mundo medianamente informado sabe. Desde los años ’50, desde la guerra, Corea del Norte ha estado amenazada por el arma nuclear. Hasta los años ’90, con la disolución de la URSS, esa amenaza estaba contrarrestada por el paraguas soviético. Cuando desapareció, los coreanos se plantearon hacerse con la bomba porque la amenaza se mantuvo en los mismos términos, hay armas nucleares en Corea del Sur, hay recursos nucleares en Guam a efectos de bombarderos estratégicos, de misiles preparados para ser utilizados. Por tanto, esto, sumado a lo que ha ocurrido en los últimos años, que una serie de naciones han sido atacadas por no tener bombas nucleares, Yugoslavia, Irak, es lo que llevó a la dirección de Corea del Norte a la conclusión de sentido común de que había que hacerse con la bomba, que es supuestamente lo que han hecho.

–Esta tensión militar, aumentada por el Sur y Estados Unidos, ¿es lo que impide el deshielo del régimen?
–La dirección norcoreana tiene muy claro desde Kim Il Sung, desde el abuelo, que había que cambiar el sistema económico, que había que hacer reformas y abrirse. Pero también tienen muy claro que eso no sería posible mientras no hubiera un cambio en la situación geopolítica. Si no cesaba la amenaza nuclear estratégica contra ellos, no podían hacer la reforma económica. Y cómo conseguir que cambiase, pues con la bomba atómica como carta de negociación. Los líderes norcoreanos, los gobernantes asiáticos en general, suelen ser muy inteligentes. No son repúblicas bananeras, pueden ser tiranías tremendas, pero son gente que piensa las cosas. Han visto todo lo que ha ocurrido en Asia oriental, lo que ha pasado en China. Del mismo modo que los chinos vieron lo que pasaba en Hong Kong o Singapur; vieron cómo cambiaba la economía global y después de Mao hicieron lo que hicieron. Los norcoreanos no son diferentes en eso. Saben que deben cambiar y, de hecho, han llevado a cabo intentos, pero no pueden realizarlos mientras la situación geopolítica no cambie.

–Durante su estancia en China, escribió una crónica en la que afirmaba que era una ventaja para este país no tener democracia porque se libraba de las políticas cortoplacistas derivadas de las legislaturas de cuatro o cinco años.
–Aquí podríamos hablar de las ventajas de la dictadura, para formularlo en términos crudos. El concepto dictadura contiene realidades muy diversas y muchos matices. Hay dictaduras 100% nefastas, hay dictaduras que económicamente son eficaces y, muy pocas, políticamente menos impresentables. Hay muchos matices y en Occidente tendemos a obviarlos. En Medio Oriente el sistema iraní es superior considerablemente al catarí o el saudí. Hay mucha más libertad, mucho pluralismo, muchos más derechos para las mujeres, más respeto para las minorías, judíos incluidos. Pero esto lo desconoce el lector de diarios.

Por eso cuando hablamos de dictadura vale la pena enfocar de qué estamos hablando en un país concreto. Estoy de acuerdo en que la dictadura china, con todos sus inconvenientes –como la falta de pluralismo, que tiene repercusión en la corrupción, imposibilita el oxígeno a la sociedad civil, todo lo que ya sabemos–, tiene una cierta capacidad de programar y planificar. Con la crisis que estamos viviendo en Occidente, donde la política está siendo controlada por la economía, la financiera concretamente, en China la gran superioridad que tienen es que es la política la que sigue gobernando a la economía. Esto les da una capacidad de previsión y continuidad, en el sentido de que no tienen la esclavitud de las elecciones a cinco años vista.

–También China es un país rodeado por un inmenso cerco militar norteamericano.
–La relación de Estados Unidos con China es ambigua, ambivalente. Por un lado son socios económicos, cada vez más socios en el terreno internacional, porque no se pueden tomar muchas decisiones sin contar con China, y al mismo tiempo está el reflejo del imperio dominante, hegemónico, una de cuyas tareas principales es impedir que surjan competidores o potencias alternativas a su gobierno. Entre estos dos polos se mueve la política americana, por un lado coordina aspectos económicos, por otro está creando un cerco militar alrededor de China. Empezó con Bush, pero se ha recrudecido clarísimamente con Obama, que profundiza en la idea de que China está creciendo demasiado y hay que tener sus vías de comercio en un puño, y sus vías de aprovisionamiento energético lo más amarradas posible.

Ahí está la intervención en África que está creciendo. La crisis siria, la de Irán, que es el máximo suministrador de gas y crudo a China. Todo eso forma parte de la misma jugada. No digo que China justifique toda la política mundial, pero es inevitable relacionar todo lo que está ocurriendo en África con China. Su presencia allí es exitosa políticamente. En otros aspectos es restrictiva y agresiva con el medio ambiente, pero tremendamente benévola porque no exige condiciones a las dictaduras africanas, y también hace cierto trabajo o desarrollo positivo. Sobre todo su máxima bondad es que para los países africanos abre la posibilidad de vender sus minerales a unos o a otros. Antes tenían un solo comprador.

Este cerco militar es muy significativo. El conflicto de Corea del Norte está también dentro de este contexto. Y los conflictos con Japón, disputas territoriales en el Mar de China oriental, con Vietnam, con Filipinas. Todo esto sube de tono desde el momento en que está dentro de un corsé de alianzas militares americano.

–¿Cuál es la relación en China entre población y recursos?
–Es la proporción entre lo que ellos llaman mucha gente y poca tierra. China es un país superpoblado y tiene que dar de comer a mucha gente; un país que tiene recursos limitados y cuyo gran acierto ha sido regular la urbanización. No ha sido la barra libre por la que todos los excedentes del mundo agrario acudieran a las ciudades sin ton ni son. No ha sido como ocurriera en Nigeria o en India, o en Brasil, con los problemas de las megaurbes. China es el único país del mundo en desarrollo que no tiene los cinturones de miseria habituales en las ciudades de estos otros países. Ha sido así porque ha habido una regulación autoritaria del proceso de urbanización, que se basa en retener al campesino en la tierra. Con cupos. El resultado ha sido una organización general mucho más ordenada, compatible con un programa de construcción de viviendas y una situación en el campo mucho más desahogada que en India, por ejemplo.

Y la clave aquí es Mao. Su sistema de tenencia de tierra, que es colectivo, privado o una cosa mixta, en el que lo que está claro es que cada uno tiene el trozo de tierra que necesita para subsistir. Eso crea una retaguardia para todo ese proletariado nuevo que ha acudido a las ciudades, pues, en caso de crisis, gran parte de ellos tienen la posibilidad de volver al pueblo y no morirse de hambre. Yo creo que China, aunque suene muy fuerte, es de los países mejor gobernados del mundo. Si uno atiende a las enormes dificultades que tiene el gobierno de China, dificultades objetivas de recursos, de enorme población, desde ese punto de vista es un país bien gobernado, lo cual no quiere decir que no cometan errores.

–Usted afirma que la cultura de gobierno chino es la meritocracia.
–Son los rasgos generales, no es una receta para el éxito, pero evita muchos fracasos. Desde el año ’98, el de la crisis asiática, en Beijing se dice: “Cuidado, que dependemos demasiado de las exportaciones, hemos de ir a un desarrollo más diversificado, aprovechar nuestro mercado interior, si hay un enfriamiento global nos vamos a quedar con el culo al aire”. Desde entonces, buscan la cohesión social, lo que significa desarrollar el mercado interno: tener una población capaz de consumir, una población pobre no es capaz de consumir, ¿no?

–Pasemos a su corresponsalía en Moscú. Siempre habló maravillas de Mijaíl Gorbachov.
–Es inevitable hablar bien de él. Lo primero, porque fue el hombre que acabó con la guerra fría. Esto era una mala relación, un mal. Situaba el peligro de una confrontación nuclear, no digo que este peligro no exista hoy, que en algunos aspectos está hasta más descontrolado, pero aquello era realmente una gran amenaza. Basta recordar la crisis de los misiles de Cuba, que estuvimos a un tris de una conflagración suicida.

En Gorbachov, desde el punto de vista de la historia rusa, hay un aspecto fundamental. Recibió el poder absoluto, era secretario general del Partido Comunista, y fue el primer zar ruso que en lugar de acumular más poder, en buena lógica del poder moscovita, en la tradición milenaria moscovita, lo hizo al revés. Transfirió su poder a cámaras representativas. Eso supuso un cambio histórico en la lógica de poder rusa. Y supone un cambio de paradigma para la nación.

–La reforma de Boris Yeltsin le pareció desastrosa.
–La reforma rusa de Yeltsin fue un despropósito manifiesto que contaba con el consentimiento y el aplauso de toda la elite occidental. The Economist y el Financial Times estaban diciendo cada día qué bien lo estaba haciendo Rusia y qué mal lo estaba haciendo China. Cuando los resultados eran escandalosos por discrepantes. Fue una sucesión de despropósitos desde el principio, liberalizar los precios cuando ni siquiera Rusia tenía el control del Banco Central.

–¿Qué representa el gobierno de Vladimir Putin años después?
–Fue nombrado por Yeltsin. Era un agente del KGB, pero no de la inteligencia o del espionaje, sino un funcionario muy pedestre. Aunque era un hombre con cierto espíritu de cuerpo, con cierta rectitud y amoldado a los tiempos. Trabajaba para el alcalde de San Petesburgo, un neoliberal extremo, y Yeltsin se fijó en él en ese contexto. Por un lado, un guardia civil, por otro, el guardaespaldas de un neoliberal. Yeltsin era consciente de que tenía que haber hecho lo que hizo, destruir el viejo sistema, esa era su mentalidad, pero también era consciente de que había sido un desastre considerable y había que poner cierto orden. En esa reflexión Putin encajaba con las dos cosas.

“Lucha de clases y ensamble de iPhones”

En un tramo del reportaje, Rafael Poch habla sobre el modelo productivo del gigante asiático y sobre cómo su rol cada vez más preponderante en la economía global no evita la multiplicación de conflictos sociales a nivel doméstico.

-En su libro comenta que las leyes laborales son papel mojado por la pugna de las diferentes regiones por atraer inversión.
-Es uno de los muchos problemas que hay en China. Porque este país es un mundo, hay un gobierno central que más o menos gobierna, pero cuyos impulsos muchas veces se pierden en la enormidad del país, en sus múltiples gobiernos locales. Cada provincia es un Estado. Sichuan tiene más habitantes que Alemania, más de 80 millones.

-600 mil muertos al año por estrés o extenuación en las fábricas.
-China es la fábrica del mundo y hay mucha explotación. Es evidente. Así se construye el iPad y estas cosas. Exactamente lo mismo, o un poco peor, ocurre en Bangladesh, o en India o en todo el mundo en desarrollo. Lo que pasa es que otra vez no es noticia allá. En China sí, porque nuestra crítica a la explotación es muy selectiva y muy ideológica.

-Ellos dicen que lo que oprime, lo que aprieta al trabajador chino, son los precios a la baja de los clientes extranjeros.
-El capitalismo es explotador por definición, el chino también, no hay ninguna posibilidad de embellecerlo. Lo que pasa es que la manufactura china es muy subalterna, es decir, gran parte de lo que se produce en China son empresas occidentales establecidas allí. Creo que el 50 por ciento de la exportación china a Estados Unidos era de empresas estadounidenses que fabrican en China. Todo está muy interrelacionado. ¿Quién tira de las cuerdas de esa explotación? Creo que en primer lugar el capitalismo central y en segundo lugar el capitalismo periférico, donde está China.

-En su libro citas casos de huelgas que han llegado a buen fin, han mejorado las condiciones de los trabajadores. Pero, ¿qué proporción hay entre protestas con éxito y fracasos que se saldan con muertos y presos?
-Es difícil de valorar, hay muchas revueltas que terminan en injusticias y fracasos para la comunidad. Pero el hecho de que a los dirigentes de provincias o distritos no les convenga el disturbio, determina que ellos intenten que las revueltas no se produzcan y que traten de cortarlos antes de que se gesten. Existe la lucha de clases, los de arriba que están robando y los de abajo que son robados. El gobierno de no tiene pluralismo político, con realidades de espejismo muy crudas, y al mismo tiempo es un sistema abierto que se considera imperfecto.

Miradas al Sur - 28 de abril de 2013

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