Bancos: la trampa de los países ricos

Simon Johnson
“Hoy no existe sector en Estados Unidos o Gran Bretaña que esté dispuesto a enfrentar a los grandes bancos en el terreno político. Y los capitostes del sector financiero siguen gozando de tanto prestigio que todavía son convocados para manejar las finanzas públicas. Los políticos continúan dejando el supuesto saber en manos de estos individuos”, sostiene Johnson, profesor del MIT y coautor del libro “White House Burning” (Arde la Casa Blanca). El poder político de los grandes bancos en los países ricos es un problema porque prohija la toma de riesgos descontrolados.

Hasta hace unos 10 años, estaba de moda suponer que los países relativamente ricos habían superado la etapa en la que serían vulnerables a crisis financieras debilitantes. El razonamiento era que los mercados financieros se habían sofisticado, en parte porque las grandes empresas sabían cómo diversificar sus riesgos. Y con una economía real (es decir, no financiera) de alcance continental, ¿qué podría salir mal en una escala tan grande como para sacudir el sistema financiero estadounidense o europeo?

Esta visión resultó completamente equivocada; pensemos en lo que hemos visto desde 2003. En EE.UU. y Europa, el sistema financiero demostró ser capaz de desestabilizar a la economía real. Se crearon y manejaron mal riesgos de gran escala. Los grandes bancos estuvieron repetidamente entre los que sufrieron más dificultades.

El problema no era falta de inteligencia, sino que la gente recibía una paga basada en el rendimiento, sin un ajuste adecuado por riesgo. En ese contexto, lo mejor es endeudarse todo lo posible, especialmente si se piensa que un seguro contra problemas estará disponible de alguna manera desde el gobierno.

Cuando los “mercados emergentes” de ingresos medios se topan con crisis financieras debido a incentivos disfuncionales del sistema bancario, la reacción obvia es reformar para que los bancos sean más seguros. La gente a cargo de esos bancos locales puede oponerse a tales cambios –nadie quiere ver terminarse un gran plan para ganar dinero– pero ni siquiera la más influyente de esa gente tiene mucho poder después de una crisis. Hay mucha gente importante de otros sectores indignada por el daño colateral causado por los bancos.

Y en la mayoría de los países de ingresos medios, el sector financiero representa, como mucho, unos pocos puntos del PBI. Los intereses económicos más poderosos son los relacionados con la industria, por ejemplo, los orientados a los mercados de exportaciones, como Samsung en Corea del Sur. En cambio, en un país como EE.UU. o Gran Bretaña, el sector financiero es mucho mayor como porcentaje del PBI: de 7 a 9%, dependiendo de la medición. Este es un resultado directo de haber acumulado más activos financieros, un resultado directo de la prosperidad y el deseo razonable de ahorrar para la jubilación.

Además, como los países ricos pueden emitir una gran cantidad de deuda pública en el corto plazo y tienen bancos centrales con credibilidad para limitar la inflación, están en condiciones de proveer enormes cantidades de ayuda, directa e indirecta, para prevenir la quiebra de entidades financieras importantes.

No existe sector en los Estados Unidos o Gran Bretaña de hoy que esté dispuesto a enfrentar a los grandes bancos en el terreno político. Y los altos ejecutivos del sector financiero siguen gozando de tanto prestigio que todavía son convocados para manejar las finanzas públicas. Los políticos continúan dejando el supuesto saber en manos de estos individuos.

Cinco años después de la peor crisis desde los años 30, en Washington se sigue repitiendo el lugar común de que Estados Unidos es un bastión de estabilidad mundial y que es importante para el interés nacional que el sector financiero permanezca básicamente igual.

No hay deseo de debatir cómo las crisis financieras afectan los déficits fiscales y aumentan la deuda pública. No hay voluntad de reconocer que dar asistencia a partes del sector financiero socava la legitimidad del banco central.

El seguro contra problemas, por supuesto, no está disponible para todos. Por ejemplo, muchos propietarios de viviendas estarían en mejores condiciones económicas si se les hubiesen otorgado “préstamos de liquidez” durante la crisis.

Pero esos créditos se pusieron desproporcionadamente a disposición de los grandes intermediarios financieros y quienes los administraban.

Tales prácticas son injustas. Además apuntalan los incentivos distorsionados que causaron los problemas en un comienzo.

Pero los últimos cinco años dejaron bien en claro que arrastraremos este problema por mucho tiempo en Estados Unidos y muchos otros países ricos. El sector financiero se ha agrandado como empleador y como aportante de los políticos. El gobierno ha desarrollado suficiente capacidad para respaldar a los bancos grandes y sus acreedores en una crisis, pero no suficiente disposición para modificar los términos de esa ayuda.

Los países de ingresos medios han hecho mejor las cosas después de sus crisis, pero ellos también van a caer en la trampa de los países ricos cuando se vuelvan más prósperos.

El crecimiento de las finanzas es signo de éxito, y también puede ser de gran utilidad para sostener el crecimiento económico. Pero el poder político de las grandes entidades financieras es sinónimo de problemas, porque da cobertura para un grado alto de apalancamiento privado proclive a colapsar.

Esas compañías poderosas y sus empleados bien conectados seguirán trabajando fuerte en 2014 para que el gobierno aumente su disposición para suministrar grandes cantidades de protección contra caídas a su sector, esencialmente en forma gratuita.

iEco - 5 de enero de 2014