Funcionalidad social de la violencia de género

Beatriz Broide - Susana Todazo*
La violencia de género forma parte del conjunto de las manifestaciones violentas de la sociedad. Pero resulta imprescindible observar cómo interactúan estas distintas manifestaciones, ya que la violencia de género cumple un papel diferenciado y estructuralmente esencial en la reproducción del conjunto. Del mismo modo, la jerarquía de género constituye una manifestación especial del orden jerárquico de una sociedad, imprescindible para su conservación y reproducción.

Las revoluciones científicas y las nuevas teorías que emergieron de ellas no se debieron tanto al hecho de haber encontrado nuevas respuestas para las viejas preguntas sino de haber sido capaces de formular nuevas preguntas para viejos problemas.

[b]Rolando García, El conocimiento en construcción[/b]

La violencia de género forma parte del conjunto de las manifestaciones violentas de la sociedad. Pero resulta imprescindible observar cómo interactúan estas distintas manifestaciones, ya que la violencia de género cumple un papel diferenciado y estructuralmente esencial en la reproducción del conjunto.

Del mismo modo, la jerarquía de género constituye una manifestación especial del orden jerárquico de una sociedad, imprescindible para su conservación y reproducción.

Cabe analizar, entonces, la dinámica general de las interacciones necesarias entre lo público y lo privado, la sociedad y la familia para reproducir, de diversas formas y en particular desde la construcción de la subjetividad, ese orden jerárquico violento.

Esto no puede hacerse a partir de una visión meramente estructural. El foco del análisis debe estar en las relaciones entre los elementos del sistema social, considerado como un sistema complejo, y el énfasis debe ponerse en las interacciones y en la mutua determinación entre los distintos subsistemas que lo componen.

A partir de este marco teórico se hace necesario abandonar los callejones sin salida a que conduce el tratamiento parcializado de cada aspecto de la realidad, para encarar un nuevo abordaje, que parta de un conjunto de preguntas básicas e interconectadas. Y comenzar a responderlas, de modo que lleven a desentrañar cómo opera en la sociedad la interacción entre la jerarquía y la violencia de género y un orden social jerárquico, violento e injusto.

Todas las sociedades de las que hay registro presentan características de inequidad e injusticia. Se reparten de modo desigual el poder y los recursos, una situación que genera conflictos y violencia. Como consecuencia, las relaciones entre sus integrantes y su organización deben ser reguladas y sostenidas mediante un sistema formal e institucionalizado que les asegure cohesión y estabilidad. Surge, así, la necesidad de una sistematización y de la imposición ‑coactiva y persuasiva‑ de un determinado sistema de valores que resulte funcional y operativo.

Instituciones, legitimidad, consenso, a la vez presuponen, exigen y generan una "legalidad", un Derecho, que se presenta como un sistema de control político, expresado a través de instrumentos, mecanismos y acciones (ecuánimes o no) que se corresponden con las características y necesidades estructurales del sistema. Se trata de un Derecho creado para conservar el monopolio sostenido y legalizado de la violencia, que es así institucionalizada, oficializada y organizada.

De este modo el Estado y las instituciones accionan simultáneamente a través de la coacción y del consenso, de la violencia y de la ideología, para asegurar del mejor modo posible la conservación de los privilegios y el funcionamiento de la sociedad. Por tanto, para su mayor eficacia, el Estado debe encubrir y disimular su naturaleza, presentándose como neutral.

La violencia necesaria para mantener un sistema social injusto ‑solapada e invisible, o abierta y descarada‑ debe ser complementada por un cierto grado de aceptación o consentimiento de todos sus integrantes. Lucha e integración, violencia y consenso, no son fenómenos separados, sino aspectos diferentes pero estrechamente ligados de un proceso general único y dinámico.

Dentro de la dinámica de este proceso es clave la reproducción del propio sistema, que requiere imprescindiblemente de la producción de personas que se adecúen a él, que acepten como "naturales" sus condiciones. Un trabajo referido al estudio del género en las ciencias sociales de la antropóloga Susana Narotzky ilustra muy bien este punto.

Para la reproducción social, la procreación o producción material de seres humanos no resulta suficiente. Toda sociedad necesita producir personas, seres humanos que ocupan posiciones determinadas en el entramado de relaciones sociales y cuya situación va a enmarcar sus posibilidades de ejercer poder, de acceder a determinados recursos, de reinterpretar ideologías, en definitiva, de elaborar estrategias personales al tiempo que recrean o contribuyen a transformar una estructura social determinada. (Narotzky, pág. 93.)

La familia ‑en cualquiera de las formas que ha adoptado a lo largo de la historia y en las distintas culturas‑ es y ha sido siempre la encargada no solamente de la reproducción biológica, sino también de la reproducción del sistema de valores del orden social establecido. En palabras de István Mészáros.

Los "microcosmos" reproductivos más pequeños deben rendir sin falta su parte en el ejercicio de las funciones metabólicas sociales generales que incluyen no sólo la reproducción biológica de la especie y la transmisión de la propiedad de una generación a la otra de una manera ordenada. No es menos importante en este respecto su papel clave en la reproducción del sistema de valores del orden social establecido que resulta ser ‑y no puede evitar serlo‑ totalmente contrario al principio de la igualdad sustantiva. (Mészáros, págs. 216-217.)

De modo que el tipo de familia dominante en una sociedad autoritaria y jerárquica debe resultar funcional a ésta. La jerarquía de género, y por lo tanto la violencia de género, constituyen, así, una necesidad del sistema social, que las integra en su metabolismo. Volviendo a Mészáros:

La igualdad sustantiva dentro de la familia sería factible sólo si ella pudiese repercutir a todo lo largo de la totalidad del "macrocosmos" social existente [...] Esta es la razón fundamental por la que el tipo de familia dominante debe ser estructurado de manera que resulte ser convenientemente autoritaria y jerárquica. (Ídem, pág. 218.)

La presencia de relaciones jerárquicas de género dentro de la estructura familiar ‑que se encuentran en nuestra cultura y prácticamente en todos los registros históricos existentes‑ funciona entonces, al mismo tiempo, como condicionante ideológico para la construcción y la aceptación de todas las desigualdades.

[…] en lo que respecta a la construcción de diferencias y desigualdades: las diferencias sociales son productos históricos que distintos grupos sociales configuran al relacionarse para acceder a todo aquello que consideran necesario. Y el género, en su diversidad cultural y social, no es sino una de las formas más recurrentes de creación de diferencia, que en su interrelación con otras construye el sistema de desigualdades de una sociedad. (Narotzky, pág. 36.) Y también: […] atender a la construcción del género como uno de los procesos de diferenciación en donde puede (y suele) producirse y reproducirse la desigualdad en las sociedades es, sin lugar a dudas, fundamental. (Ídem, págs. 44-45.)

No pueden simplificarse las relaciones de género reduciéndolas a los aspectos puramente biológicos, presentes en cuerpos de varones y cuerpos de mujeres. Subyace, bajo la clasificación formal "por sexo", una estructura de poder jerárquico que es inherente a las categorías de género, como bien refleja el imaginario de muchas teorías de las ciencias del hombre. En su prólogo al libro de Narotzky, Reina Pastor señala.

El género, por tanto, es una construcción social y cultural sostenida por instituciones (en el más amplio sentido del término). [...] La relación/diferenciación entre los sexos no es, por tanto, un hecho "natural" sino una interacción social construida y remodelada incesantemente. Es también una relación histórica cambiante y dinámica.

En la historia de los sistemas sociales, la estructura de género es y ha sido una estructura de poder: implica una jerarquía, y como tal se sostiene por medio de la violencia. Así como la desigualdad social implica la existencia de violencia social, la desigualdad entre los géneros implica una necesaria violencia de género.

Sin entrar en detalles sobre las variantes más notorias de violencia de género, como la doméstica, la violación en sus distintas formas, los "femicidios", la trata de mujeres, etcétera, creemos importante referirnos a sus manifestaciones más solapadas (y eficientes).

Y el más eficiente de los mecanismos de control social y de reproducción de las desigualdades es la violencia psicológica. Este tipo de coacción aparece como una constante en la vida cotidiana, y reafirma permanentemente la jerarquía y la opresión en todas las formas de dominación. Constituye una poderosa herramienta para lograr la sumisión de todas las categorías sociales subordinadas, de un modo sutil y difuso. En las relaciones de género, la violencia psicológica se ejerce en forma automática, invisible, irreflexiva; característica que optimiza su efecto desvalorizante e intimidatorio.

Tiene un carácter "educativo", ya que prepara para la existencia en un mundo con diferenciaciones jerárquicas, o sea, construye lo "normal" desde la cuna.

El aspecto más importante sobre la familia, como plantea con gran claridad Mészáros, es la perpetuación ‑y concienciación‑ de un sistema de valores profundamente inicuo que no permite que se lo desafíe en

"la determinación de cuál sería el curso de acción considerado aceptable por los individuos, si ellos quieren ser calificados como individuos normales, y no descalificados por su "comportamiento desviado". Por eso, encontramos por todos lados el síndrome del servilismo concienciado, del "yo conozco mi lugar en la sociedad" (Mészáros, pág. 218).

En la relación entre jerarquía y violencia, cabe destacar especialmente el carácter "normal" y "normativo" de la violencia y su necesidad en un mundo jerárquico, no como un mecanismo espurio ni prescindible, sino como inherente y esencial.

La relación entre violencia de género y violencia social no es una relación entre dos entidades distintas sino una articulación específica, un modo particular de inserción recíproca de dos modalidades de una misma práctica social en la cual la especificidad de la articulación y de la inserción es constitutiva de ambas modalidades, que son raíces y fuentes, antagónicas y complementarias, de desigualdades sociales e interpersonales, de grupos y de personas.

Es decir, estas relaciones tienen, en todos los niveles y para todas las unidades participantes, un carácter constitutivo. Una complejidad que se observa en todos los aspectos: desde lo individual hasta la conformación de construcciones colectivas.

De modo que la sociedad se presenta como una red de relaciones jerarquizadas y de procesos de creación y modificación de todas ellas, y la jerarquía diferenciadora es, a la vez, colectiva e individual.

La construcción de la jerarquía de género no puede ser analizada, por tanto, como un fenómeno aislado, sino como parte de una teoría política. Ya sea para dar cuenta de la necesidad de esa construcción, como para una comprensión global del sistema social. Es en el marco de las jerarquías sociales que configuran el sistema donde la estructura de género reaparece siempre como estructura de poder.

Por otra parte, en cualquier sistema social jerárquico se da un juego de interrelaciones dialécticas sumamente complejo, cambiante en el tiempo y que va adaptando mecanismos preexistentes para sostener, con distintas formas de violencia, ese orden jerárquico de la sociedad.

Y existen, además, mecanismos de control para que las instancias de creación de jerarquía se refuercen mutuamente. Estos mecanismos de control también van evolucionando a lo largo de la historia, acompañando los cambios que se dan en los sistemas sociales, y su forma de operar se reformula continuamente, para resultar funcional al orden jerárquico vigente. En particular, la familia también se adapta, para reproducir los valores necesarios al sistema.

Desde el punto de vista antroposociológico, una estructura biológica (sexual-reproductora-protectora) se ha metamorfoseado en una microestructura social permanente y en un microambiente cultural que se autoperpetúan y autorreproducen. La familia está organizada de acuerdo a un determinado principio jerárquico, y bajo el signo de la ambigüedad. Combina la protección, el apoyo, la posesión, la usurpación, la represión; las complementariedades, las contradicciones, los conflictos y los antagonismos entre los miembros. (Kaplan, pág. 137.)

La familia cumple un papel fundamental porque los seres humanos pasan por un extenso período de indefensión, y es durante esa etapa que se van conformando y modelando los primeros elementos de sus personalidades adultas, que se va construyendo la subjetividad de los individuos. Ciertos aspectos de este proceso de condicionamiento encuentran expresión en los rasgos de obediencia y en la capacidad para la identificación con posiciones de subordinación y de superordinación que crean las precondiciones para el funcionamiento eficaz de las instituciones en el control y la movilización de los individuos.

[...] El papel de la familia como estructura de poder en sí, y como modelo primario y nivel y componente del sistema global de poder, es prolongado y reforzado por la educación. (Kaplan, pág. 139)

Y no solamente por la educación formal: otras instituciones son también expresión concreta de estos mecanismos ideológicos. Las iglesias, la cultura, los medios de comunicación, la ciencia, las actividades recreativas, etcétera, moldean las formas organizativas de la vida económica y social. Son todos aspectos que se complementan y que buscan ‑y en medida considerable logran‑ el condicionamiento psicológico, el sometimiento de la razón, la captación de las conciencias; en suma, el consenso para el orden jerárquico. Redefinen a su vez qué violencia es admisible, y preparan el terreno para la aceptación de una violencia abierta hacia los que "se salen de su lugar".

Todos estos mecanismos operan en un interjuego de roles y funciones, en el cual la familia es fundamental por su importancia en la producción de las personas que se integrarán (o no) al orden jerárquico.

La imbricada interdependencia entre ambos órdenes ‑género y sociedad‑, con todas sus implicancias y consecuencias, incide en la configuración de las fuerzas y estructuras socioeconómicas y culturales, en el sistema de poder, en la organización y el funcionamiento del aparato político-institucional, en los mecanismos y procesos de decisión; todo lo cual vuelve a repercutir en la relación y en la dinámica entre estos dos órdenes.

Arribamos así a la existencia de una realimentación dialéctica permanente entre las relaciones de jerarquía/sumisión presentes en el macrocosmos social y su reproducción/gestación en el microcosmos de las relaciones interpersonales, marcadas por la construcción de las diferencias de género.

Nos enfrentamos, entonces, con la imposibilidad de entender los procesos sociales en que está implicada la jerarquía de género sin adoptar un enfoque dialéctico, que debe analizar, también, la conexión entre las categorías simbólicas y la práctica social. Para ese análisis, es necesario "recortar" dentro del sistema social el subsistema reproductivo (producir personas), es decir, la dinámica de la formación de los individuos que integrarán el propio sistema.

Los estudios habituales de género se abocan a un aspecto de este recorte y, aunque muchos de ellos están cuidadosamente documentados, el problema es que la mayoría se realiza con una visión parcial y con un enfoque empirista. Parcial porque omiten tanto la necesaria interdisciplinariedad que requieren los sistemas complejos en su tratamiento, como la interconexión con una teoría general sobre el sistema.

Y por otra parte ese enfoque, con el recorte que le es propio, lleva a un análisis que no va más allá de la constatación empírica de discriminaciones y desigualdades, sin llegar a abarcar la interacción de la estructura de género con el conjunto del sistema de reproducción social, ni la dinámica de la construcción de la jerarquía social en que está inmersa la jerarquía de género.

Un abordaje con estas limitaciones se traduce en acciones orientadas al logro de reivindicaciones formales, plasmadas a través de leyes específicas que intentan "corregir" esas discriminaciones, desigualdades y determinados problemas puntuales.

A su vez, las reivindicaciones formales, expresadas en mecanismos legislativos "ad hoc", instituciones, etcétera, aunque útiles y necesarias en general, conllevan el riesgo de quedarse en un mero reformismo. Son valiosas en tanto y en cuanto visibilizan algún aspecto del problema y resuelven ciertas situaciones críticas, pero las conquistas formales no constituyen más que paliativos que, en última instancia, pueden operar como enmascaramiento de los problemas de fondo.

Como señaláramos antes, la evolución de los sistemas sociales requiere adaptaciones constantes para la continuidad de su propio funcionamiento. Las reformas legales constituyen básicamente mecanismos de actualización que, en circunstancias históricas concretas, realizan cambios inevitables y les dan la apariencia de transformaciones fundamentales, pero no llegan a cruzar nunca el umbral crítico de un vuelco sustantivo. No producen una verdadera ruptura del orden establecido.

Porque ese es el cambio de fondo necesario: disolver la jerarquía en tanto modelo y raíz misma de todas las discriminaciones y racismos.

Cuestionar un orden social jerárquico sin cuestionar la jerarquía de géneros que lo realimenta no sólo es insuficiente sino que es inoperante. De ahí la necesidad de preguntarnos cómo funciona la relación entre ambos órdenes para su mutua perpetuación.

Se puede combatir las formas "evidentes" de violencia, pero debe entenderse que el objetivo es la desarticulación y erradicación del propio orden jerárquico, que no puede ser pensado como una simple corrección de los "excesos" de violencia, que permita a este orden jerárquico seguir reproduciéndose a sí mismo.

Bibliografía
García, Rolando, El conocimiento en construcción. Barcelona, Gedisa Editorial, 2000.
García, Rolando, Sistemas complejos. Buenos Aires, Gedisa Editorial, 2007.
Kaplan, Marcos, Estado y sociedad. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1978.
Mészáros, István, Más allá del Capital. Caracas, Vadell Hnos. Ediciones, 2001.
Narotzky, Susana, Mujer, mujeres, género. Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1995.
Segato, Rita Laura, Las estructuras elementales de la violencia. Bernal, Universidad Nacional de Quilmes - Prometeo/3010, 2003.

Broide, Beatriz.
Todaro, Susana. Licenciada en matemática aplicada (CAECE). Estudios de posgrado en epistemología. Miembro del Consejo de Redacción de Herramienta.

Una primera versión de este trabajo fue presentada como ponencia en las VI Jornadas Nacionales Agora Philosophica, auspiciadas por la Universidad Nacional de Mar del Plata, septiembre de 2006.

[color=336600]Fuente: Revista Herramienta - N° 36 - Octubre de 2007[/color]

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