Falsedades del “desarrollo por invitación”

Gabriel Merino

Un disfraz del proyecto trumpista para someter y controlar a América Latina.

Recientemente ha surgido en Argentina el debate sobre la posibilidad del llamado desarrollo por invitación. Fue el politólogo Andrés Malamud quien conceptualizó de tal manera la apuesta del gobierno argentino actual en su alineamiento total con Estados Unidos, que ya rindió sus frutos con el acuerdo del FMI en abril y con el excepcional rescate antes de las elecciones legislativas de octubre, que evitó un posible colapso.

En realidad, más que del gobierno de Javier Milei, esta parece ser la apuesta de la mayor parte de los grupos de poder y fracciones económicas dominantes en Argentina. Incluso, varios exponentes de los grupos locales, ligados a la perspectiva neodesarrollista, parecen haber renunciado a mantener cierto grado de autonomía relativa.

Malamud es crítico con esa apuesta por lo riesgosa —para él, lo seguro sería apostar a Asia Pacífico e Índico— y por cuestiones ético-políticas —renunciar a la soberanía. Pero entiende que esa jugada tiene una chance. Luego, hace una polémica comparación con la supuesta apuesta de Juan Domingo Perón a una tercera guerra mundial que explica su estrategia de desarrollo “autárquico”, que creo que no resiste un análisis riguroso y es más para la tribuna ideológica.

Volviendo a lo anterior, Malamud no sólo considera que tiene una chance esa “apuesta”, sino que observa que el alineamiento total o de dependencia paracolonial de Argentina con los Estados Unidos —junto al Reino Unidos e Israel— como una estrategia sopesada de desarrollo.

Yo soy más escéptico con esto último. En realidad, más que una estrategia de desarrollo, lo que hay es una voluntad de domino hemisférico por parte de los EE.UU., cuya fuerzas políticas, económicas e ideológicas se despliegan en todo el continente; voluntad que Trump ha acentuado y formalizado con su propio corolario de la Doctrina Monroe. Esto se articula con grupos de poder locales que se mueven más por sus intereses particulares y dependencias ideológico-políticas cimentadas, sin una perspectiva de desarrollo de largo plazo. Pero, más allá de esto, lo que me parece central debatir es la cuestión de si es posible en nuestra región el “desarrollo por invitación” en el actual escenario de transición de poder mundial, con EE.UU. como anfitrión.

¿Qué es el desarrollo por invitación?

Si bien la idea tiene origen en la teoría del sistema-mundo de Immanuel Wallerstein, Carlos Medeiros y Franklin Serrano hacen una buena sistematización de dicho concepto en el trabajo “Patrones monetarios internacionales y crecimiento”. Allí analizan los “milagros” económicos de Alemania y Japón propiciado por EE.UU. luego de la Segunda Guerra Mundial, durante la etapa de la Guerra Fría.

¿Cómo “invita” Washington a estos países derrotados a ser parte de la mesa del centro del capitalismo mundial? a) establece una apertura unilateral del mercado estadounidense para las exportaciones industriales de Alemania y Japón; b) habilita el sostenimiento de tasas de cambio devaluadas de estos países para mantener su competitividad; c) tolera políticas de protección arancelaria y paraarancelaria para proteger sus mercados internos; d) envía misiones de ayuda técnica para mejorar la productividad; e) estimula la expansión de las multinacionales estadounidenses, incluyendo el traslado de segmentos estratégicos, f) otorga créditos blandos, que en muchos casos fueron prácticamente regalados. 

Con estas políticas, EE.UU. establece múltiples mecanismos para evitar las “restricciones externas”, conocidas comúnmente como la falta de dólares que demandan los procesos de industrialización. Además, se viabilizan procesos de industrialización por sustitución de importaciones, pero también de exportación de productos industriales al permitir colocar sus productos en el mercado estadounidense, el cual inmediatamente luego de la posguerra, con gran parte de las economías destruidas, representaba más de 40% de la economía mundial.

En el caso de Japón, también fue importante la compra de insumos para las fuerzas armadas estadounidenses que operaban en el Pacífico, especialmente con la Guerra de Corea 1950-1953, donde se enfrentó a Corea del Norte y China, asistidas por la URSS. Es más, dicha conflagración bélica fue fundamental para que EE.UU. decidiera “invitar al desarrollo” a Japón, en lugar de impedirlo. Observan Medeiros y Serrano: “A partir de la Guerra de Corea en 1950 la estrategia de EE.UU. en relación a Japón cambia radicalmente. Las indemnizaciones de guerra fueron perdonadas, el desmantelamiento de los zaibatsus [grandes conglomerados empresariales y financieros ligados a importantes familias japonesas] fue interrumpido y los pedidos de EE.UU. impulsaron la industria de maquinaria y automovilística. La política de EE.UU. pasó a ser la de construir una dinámica regional en torno a Japón.”

El desarrollo por invitación de los derrotados en la Segunda Guerra Mundial se entiende con relación a imperativos estratégicos, tanto geopolíticos como geoeconómicos: recrear los mercados para los capitales estadounidenses y reimpulsar la economía capitalista mundial con la reconstrucción de posguerra, así como también contener/rodear a la Unión Soviética (y a China) a partir del control de las periferias eurasiáticas y el dominio de tres de las cuatro áreas económicas centrales del mundo.

El caso de los territorios anglosajones de la corona británica (Canadá, Australia y Nueva Zelanda) resulta completamente distinto. Se trata de países que forman parte del centro anglo-estadounidense, desarrolladas como colonias de poblamiento demográficamente escuálidas en inmensos territorios, dedicadas a la extracción intensiva de materias primas. Si Argentina tuviera la misma relación población-territorio (densidad) que Australia, debería contar con sólo 9.330.000 personas, cinco veces menos que en la actualidad. Si, en cambio, la relación población-territorio fuese como la de Alemania, Argentina tendría que tener 659 millones de habitantes.

Pero América Latina no fue invitada, sino al contrario. Washington combatió especialmente la idea haya un centro desarrollado al Sur del continente. Incluso una década antes de  que el presidente Juan Domingo Perón planteara la idea de un Nuevo ABC (Argentina, Brasil y Chile), como unión necesaria para tener la escala económica y política que posibilitara el desarrollo, unos de los padres de la geopolítica estadounidense, Nicholas Spykman, afirmaba en su famoso libro de 1942, titulado La estrategia de Estados Unidos en la política mundial, Estados Unidos y el equilibrio de poder, que  “Los estados del A.B.C. representan una región en el hemisferio donde nuestra hegemonía, si es desafiada, solo puede ser reafirmada al costo de una guerra.”

Asegurar la hegemonía en el “hemisferio occidental” (América del Norte y América del Sur) resulta clave para el ascenso de EE.UU. como potencia mundial y la idea de que exista un centro de desarrollo unificador competitivo es vista como antagónica en dicha perspectiva. Ni siquiera bajo el formato de protectorados vasallos, como Alemania y Japón, habilitados para ser centros económicos, pero como territorios militarmente ocupados y sin autonomía estratégica (centros económicos, pero enanos geopolíticos y geoestratégicos). De hecho, las fuerzas político-sociales que intentaron impulsar proyectos nacionales de desarrollo en la región sufrieron golpes de estado bajo el auspicio de Washington.

El Desarrollismo y la “Alianza para el Progreso” fueron las narrativas latinoamericanas del desarrollo por invitación. Sin embargo, claramente se trataba de otra política, que contrastaba a la descripta anteriormente. En todo caso, la fórmula era la del “desarrollo del subdesarrollo”, con una modernización dependiente, donde las corporaciones multinacionales estadounidenses encabezaban limitados procesos de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) orientados al mercado interno, mientras se restringía la integración regional autonomista y las fuerzas armadas funcionaban dominantemente como fuerzas de represión interna, para garantizar el alineamiento a Estados Unidos.

La invitación al desarrollo supone que, del otro lado, hay alguien a quien invitar. En el caso de Alemania y Japón, se trataba de países que habían ascendido como grandes potencias mundiales y se habían enfrentado en una guerra mundial a las potencias dominantes. Si bien derrotados, se trataba de países desarrollados, con burguesías y elites estatales nacionalistas, que una vez derrotados tuvieron la capacidad y la voluntad de reconstruirse como centros económicos. Por el contrario, las oligarquías latinoamericanas actuaban en sentido contrario buscando sostener la dependencia y el subdesarrollo, al igual que los grandes terratenientes de las plantaciones esclavistas estadounidenses del Sur, parte informal del imperio británico en palabras de Eric Hobsbawm. La dependencia es un fenómeno interno y externo, como el subdesarrollo.

¿Hoy es posible pensar en un desarrollo por invitación para Argentina y los países de la región?

Immanuel Wallerstein, en su libro sobre la Economía-Mundo Capitalista, distingue entre “aprovechar la oportunidad” y la “promoción por invitación” como modos contrastantes de posibles avances en la periferia o semiperiferia del sistema. El primero, más probable en períodos de contracción, y el segundo, en períodos de expansión. Y esto es bastante claro durante el ciclo de hegemonía estadounidense.

Si en su expansión había más posibilidades, en ciertas regiones geopolíticas, de que ciertos países fueran invitados a desarrollarse, hoy eso cambió. En realidad, ya desde los años de 1980, con el Consenso de Washington y el neoliberalismo dicha posibilidad comienza a cerrarse. En un nuevo escenario, China pudo evitar la implementación de dichas políticas, sostener un proyecto nacional de desarrollo y aprovechar la oportunidad que se presentaba a fines de la Guerra Fría, bajo la reconfiguración del capitalismo global.

En la situación actual de quiebre de la hegemonía, declive relativo estadounidense e ingreso en la etapa de Caos Sistémico o Interregno, las periferias y semiperiferias del sistema tratan (exitosamente en el caso de Asia) de aprovechar las oportunidades que se abren. Un escenario parecido al que se presentó entre 1910/14 y 1945/49, que dio lugar a una etapa de grandes revoluciones nacionales y sociales.

Ahora ya no sólo estamos en un período de contracción, sino que ya ingresamos a la etapa en que comienza a agotarse la financiarización como método para sostener la primacía y se ponen sobre la mesa los dilemas de la sobreextensión imperial. “Los días en que Estados Unidos sostenía todo el orden mundial como Atlas han terminado”, dice la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Trump, que busca transferir los costos y las cargas de la vieja estructura hegemónica.

Una clara expresión de esto es la guerra tecnológica y comercial mediante la cual intenta frenar a sus rivales, especialmente a China, y desacelerar el proceso de desindustrialización estadounidense. Pero ello termina afectando, sobre todo, a sus propios “aliados”. Esto resulta claro en el “Tratado Desigual” impuesto por Estados Unidos a Europa, junto con la presión para que los países de la Unión Europea eleven de forma exorbitante el presupuesto militar.

En contraste, los poderes emergentes buscan evitar estas situaciones. De hecho, la primera reunión de los primeros mandatarios de los países del BRIC se da en 2009, en Rusia, en plena pelea de los emergentes para evitar pagar la crisis, fortalecer su autonomía estratégica relativa y sostener sus proyectos nacionales de desarrollo.

Una vez más se observa que la transferencia de costos y la estrategia imperial de mantenerse a flote sobre los hombros de otros resultan posible, especialmente, en los protectorados y vasallos, semicolonias y colonias. Un ejemplo histórico de esto fue el humillante pacto Roca-Runciman de 1933, el cual permitía a Argentina una cuota de exportación de carne a cambio de la compra obligatoria de carbón británico, la exoneración de impuestos a productos ingleses y el mantenimiento del control británico sobre el transporte público y los frigoríficos, entre otras cuestiones.

La invitación no sería al desarrollo…

En el presente, algo muy similar al tratado Roca-Runciman se cristaliza en el Marco para un Acuerdo de Comercio e Inversión Recíprocos anunciado a fines de 2025 de forma unilateral por el gobierno estadounidense para avanzar en la relación con Argentina, Guatemala, Ecuador y El Salvador. En el caso de Argentina, se le impondrían al país unas 15 concesiones, dentro de las que se incluyen las típicas medidas y leyes antidesarrollo que describe el surcoreano Ha-Joon Chang en su famoso libro “Retirar la escalera”. A cambio, el país obtendría dos dudosas concesiones: compras de materias primas “indisponibles” en EE.UU. y de insumos farmacéuticos no patentados, cuya aplicación concreta en cada caso quedaría a criterio del poder ejecutivo en Washington.

Llama la atención que, a pesar del alineamiento total del gobierno argentino con la administración Trump y de la importancia de Milei en la estrategia de “anclar el hemisferio occidental” a Washington, Argentina no haya siquiera conseguido que le rebajen los aranceles al ingreso de acero y aluminio. Esto habla de la situación complicada de la industria estadounidense y de la necesidad que tiene de acaparar su propio mercado nacional ante la falta de competitividad global. Una tendencia que va a profundizarse.

En este escenario, el tipo de relación que se plantea ya pudo observarse en fructíferas presiones de EE.UU. para frenar las asociaciones las inversiones de China en Argentina. Durante las negociaciones con el FMI en 2023 en Washington (bajo la administración Biden) no se oponían a que Argentina utilizara el swap de 18.500 millones de dólares en pleno estrés financiero. Tampoco objetaban el comercio con el gigante asiático —algo lógico, ya que en todo caso buscan mediarlo con sus propias compañías. Pero se oponían a que China accediera al “control de la Hidrovía” (en referencia a la licitación para la administración de la vía troncal Paraná-Paraguay, la vía de navegación comercial más importante del Cono Sur), le vendiera aviones a la Fuerza Aérea argentina y armamentos en general (que otorgarían un poder de disuasión real y autonomía con respecto a la OTAN), o construyera centrales nucleares en el país o desarrolle un puerto en Tierra del Fuego junto a socios locales, entre varias cuestiones. Estados Unidos no ofreció ni una central nuclear alternativa, ni aviones de última generación, ni desarrollo de 5G, ni grandes obras de infraestructura, ni nada por el estilo. Apenas se dispuso a flexibilizar la negociación con el FMI para pagar un inmenso crédito otorgado al gobierno de Macri, que le fue dado para llegar de forma competitiva a las elecciones de 2019, garantizar la fuga de capitales y subordinar en términos (geo)políticos al país.

El rescate al gobierno de Milei en octubre de 2025 tuvo el mismo sentido. Algunos confunden los salvatajes o rescates financieros como una forma de desarrollo por invitación. Sin embargo, nada está más alejado de eso. Como analizan Medeiros y Serrano, “la IED [inversión extranjera directa], a no ser que esté en expansión continua y directamente conectada con la expansión de las exportaciones (o sustitución de importaciones), no genera efectos de largo plazo positivos para la balanza de pagos.” Estos tipos de financiamientos, en lugar de apaciguar la restricción externa al crecimiento, provoca una fuerte expansión de la fuga de capitales, impulsada por la realización de ganancias de la especulación y arbitraje financiero, como el llamado carry trade (que en criollo es la llamada bicicleta financiera).

Además, en las actuales condiciones, las inyecciones financieras actúan como las calorías vacías de la comida chatarra: llenan, pero no nutren. Otorgan sobrevida a esquemas de financiarización que destruyen a los diferentes sectores productivos, yendo desde los menos competitivos a los más competitivos.

La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE.UU. confirma la prioridad en asegurar el dominio “hemisferio occidental” y reforzar la Doctrina Monroe (bajo el corolario Trump) de hegemonía continental, como parte del repliegue relativo global estadounidense. “Tras años de abandono, Estados Unidos reafirmará y aplicará la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio nacional y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”. Este “Corolario Trump” de la Doctrina Monroe formaliza el pasaje de un imperialismo informal a uno más claramente territorialista, que va de la mano de una mayor militarización continental, lo que resulta clave ante la imposibilidad de ofrecer incentivos materiales (palos sin zanahoria o dominación sin hegemonía).

Resulta entonces completamente ilusorio creer que, bajo estas condiciones tan contrastantes a las del ciclo 1945-1970, sea posible un modelo de “desarrollo por invitación”. En realidad, es más un camino hacia la profundización del subdesarrollo, bajo condición de “patio trasero”. Más que una invitación al desarrollo es una “invitación” a pagar los costos del declive, que significa una «invitación» a la periferialización. Otra posibilidad es la que abren el BRICS+ y el mundo emergente. En dicho marco resulta posible aprovechar la actual oportunidad histórica, siempre y cuando exista una fuerza político-social capaz de impulsar un proyecto y una estrategia nacional-regional de desarrollo. El problema es que resulta cada vez más evidente que existe una gran divergencia dentro del Sur Global entre los que ascienden y quienes declinan. Y la región en la última década se encuentra claramente dentro de los segundos.

 

Fuente: Tektonikos - Enero 2026

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