“Yo siento que Panamá se independizó”

Entrevista a Abner Benaim por Oscar Ranzani
El 20 de diciembre de 2014 se cumplieron veinticinco años de la invasión militar de Estados Unidos a Panamá. Ese día, pero de 1989, George Bush (padre) pretendía quitarle el poder al general panameño Manuel Noriega, el dictador que había tenido vínculos con la CIA, y que terminó entregándose. Noriega fue condenado por Estados Unidos por tráfico de drogas y pasó 24 años en prisión. De la historia también se desprende que el canal de Panamá, un lugar estratégico para los Estados Unidos, estaba “en peligro”.

Y ese fue otro de los argumentos que algunos señalan a la hora de recordar una de las tantas injerencias norteamericanas en territorio ajeno. El cineasta Abner Benaim, que nació en 1971 y se crió en la ciudad de Panamá, recuerda que lo que vio el día de la invasión “fue una versión muy limitada de los hechos”, según comenta en la entrevista telefónica con Página/12, con motivo del estreno en Buenos Aires de su documental Invasión: el primero que se hace en Panamá sobre aquel acontecimiento que cambió el curso de la historia de su país y que llevó 50 mil espectadores a las salas de cine panameñas, una cifra record para un documental en ese territorio centroamericano. El film podrá verse a partir de mañana en el Espacio Incaa Gaumont y los sábados de marzo, a las 20, en el Malba.

“Yo tuve el privilegio de no estar en el barrio donde cayeron las bombas, El Chorrillo, que fue el lugar más bombardeado y baleado, aunque hubo intercambio de fuego en varios sitios de la ciudad”, recuerda Benaim, quien estructuró su documental sin recurrir a material de archivo audiovisual, sino en base a testimonios de gente pobre que vivía en El Chorrillo y también de panameños famosos como el boxeador Roberto “Mano de Piedra” Durán y el cantante Rubén Blades, y de personas que fueron testigos y protagonistas de esos hechos: tanto políticos, militares como civiles. “En el barrio donde yo vivía, Noriega se refugió unos días después. Era el mismo barrio donde quedaba la Nunciatura. Lo que yo veía era el fuego a la distancia y también lo veía por la televisión. Desde el balcón de la casa de mi padre se veía El Chorrillo totalmente encendido, se veían también el aeropuerto internacional y el doméstico donde Noriega tenía su hangar con fuego. Y había helicópteros por todos lados. Realmente era como una película de Hollywood, pero vista desde el balcón. Y lo veíamos también por TV”, cuenta Benaim. “Fue una de las primeras guerras televisadas. Fue como una pequeña práctica de cómo cubrieron los medios en vivo. Entonces, vi la guerra ahí mismo, pero no la sufrí directamente. Y creo que fue una de las razones por las que quise hacer el documental, ya que me fui enterando en los días subsiguientes y en los años posteriores lo que pasó de verdad”, señala el director, que estudió cine en Israel.

–Usted tenía 18 años cuando sucedió la invasión. ¿Cómo marcó ese hecho su manera de entender la política?

–Yo me he dado cuenta de que cada vez que uno ve una noticia desde adentro entiende que las cosas no son siempre como se cuentan. O sea, se ve muy clara la manipulación.

–¿Qué era lo que se contaba?

–Lo que se contaba era la versión oficial de los Estados Unidos. Ellos mandaban comunicados de prensa oficiales con las razones de la invasión. Una de ellas señalaba que se buscaba salvaguardar el libre tránsito del canal de Panamá; otra era combatir el tráfico de drogas, y también salvaguardar la vida de los estadounidenses que vivían en Panamá. En ese momento yo me creí el cuento. Y después, cuando estudié Relaciones Internacionales en Estados Unidos, pude comprobar que los estadounidenses son bastante abiertos, por lo menos en el campo académico, para criticarse. No es que censuran las cosas a posteriori.

–En relación con eso, ¿qué opinión le merece que el mismo país que promovió y apoyó las dictaduras latinoamericanas en los ’70 justificaba en esa época la invasión militar a Panamá como una manera de desterrar a un dictador?

–Bueno, eso es casi un modelo a seguir por los Estados Unidos. Y no sólo por ese país: casi todas las grandes potencias lo usan. Consiste en poner en el poder a quienes les conviene y en el momento que no les conviene lo sacan y ponen otro. Y eso fue lo que pasó en Panamá y en Latinoamérica: por alguna razón práctica servían los dictadores y en el momento en que les dejaron de servir los quitaron. Yo creo en la política realista. No creo en el humanismo ni en ese tipo de teoría de que las naciones se mueven por ideología. Por lo menos, no a nivel de relaciones internacionales. Y Estados Unidos es uno de los más prácticos del mundo en ese sentido. Hacen lo que les conviene para prosperar ellos. Y pueden hacerlo porque son fuertes.

–A partir de esa invasión, ¿Panamá se dividió entre los que apoyaban a Noriega y quienes aceptaban la injerencia de Estados Unidos?

–No para siempre como algo totalmente polarizado. En el momento hubo un problema de percepción que mostraba solamente esas dos opciones: o estabas con Noriega o estabas con la invasión. Y en el momento parecía que ésas eran las dos opciones que podías tener. Hay una tercera que yo aprendí a tener con los años: no estoy con un gobierno militarista y dictador ni tampoco estoy con una invasión. Entonces, quedas quizás en un lugar un poco más ingenuo y te dicen: “¿Y, entonces, con qué estás? Porque no estás con la realidad”. Bueno, te toca buscar una tercera alternativa que consiste en que cada pueblo arregle sus problemas sólo, como pueda. Y si no le gusta un dictador, que hagan algo al respecto. Es difícil saber y es algo hipotético pensar qué más se podía hacer.

–¿Habla de una rebelión popular?

–Sí. O de un cambio también democrático. O de poner presión. Hay tantas opciones, pero no tiene que ser algo violento. Sí algo que venga de adentro. Puede venir con ayuda externa, pero esa ayuda no tiene que ser violenta y desenfrenada. Pero ése es el problema. Lo que pasó en Panamá fue como si yo te dijera: “Ven, ayúdame en mi casa que tengo un ratón”. Y tú vienes como un bulldog y destruyes la casa.

–¿Y para usted qué significó Manuel Noriega en la historia de Panamá?

–Cuando uno crece en esas circunstancias parece la norma. Me acuerdo que ni siquiera me daba cuenta de que era algo negativo, hasta que empezaron los casos a ser más y más cercanos a mí. Cuando empiezas a escuchar que alguien fue torturado, que conoces al primo del otro y cuando sale en el periódico que uno fue decapitado y que no encontraron la cabeza, ves que la cosa está mal de verdad y dices: “Uy, ¡está todo mal!” Pero eso no fue hasta los últimos años de Noriega. Antes de eso, parecía como un gobierno más, dentro de ese mundo. Panamá y los países de Latinoamérica eran casi todos controlados por gobiernos militares. Era la norma.

–¿Qué cambió en su país después de veinticinco años de esos hechos?

–Mucho, ha cambiado muchísimo. El ’89 es una fecha importante, pero la próxima que sigue es el año 2000, cuando Estados Unidos en efecto entregó el canal de Panamá a los panameños. Y desde entonces van otros quince años que no son sólo post-invasión sino post-entrega del canal y salida de los norteamericanos. Cuando yo crecí, Panamá era un país dividido. En el medio tenía una parte que no era de Panamá. Para llegar de un lado al otro de mi país tenías que pasar por el check point, por barreras con policía militar americana, y tenías que tener un carnet para entrar. Y la zona del canal era como un país adentro de Panamá. Nosotros crecimos con eso como si fuera normal. Hubo un movimiento en los ’50 y los ’60 con muertos y todo para sacar esa idea de que Estados Unidos se iba a quedar ahí para siempre. Y finalmente se firmó el tratado en 1977, pero se cumplió en 2000. O sea que todo eso hay que tomarlo en cuenta para ver qué pasó con Panamá. Y lo que yo siento que pasó con Panamá es que finalmente se independizó. Formalmente y legalmente era independiente desde 1903, pero de facto estaba con Estados Unidos como si fuera su papá o su mamá, hasta el 2000. Entonces, yo lo veo como que puede ser un país de ciento y pico de años o de quince años, que lo hace muy interesante porque ahora está formándose la identidad.

Página/12 - 4 de marzo de 2015