Vendedores de Humo

Mariano Kairuz
Basada en la autobiografía de Jordan Belfort, un corredor de Bolsa que hizo una fortuna en los años ’90 aprovechando las ventajas de la desregulación financiera, El lobo de Wall Street, la nueva película de Martin Scorsese, que se estrena esta semana, protagonizada por su aliado y favorito Leonardo Di Caprio, es el mejor exponente de un género de larga tradición, que surge con L’argent, de 1928, y llega a Capitalismo: una historia de amor, de Michael Moore, sin olvidarse, claro está, de la mítica Wall Street, de Oliver Stone. La de Scorsese es una comedia excesiva y pantagruélica que, en su exageración, desnuda el corazón vacío de un mundo donde nada se produce y donde cada acción tiene consecuencias reales sobre la vida de personas que ni siquiera pisaron el recinto de la Bolsa alguna vez. Amada y odiada por la crítica, la película es, sin embargo, el mejor Scorsese en años: como en sus mejores épocas, vuelve a hablar del egoísmo, la naturaleza salvaje del capitalismo y la fuerza corruptora del poder a través de personajes tan inescrupulosos como irresistibles.

Cinco, seis años después del último, sonoro crac en el centro financiero de Manhattan –con sus ecos todavía sonando en las cabezas de los norteamericanos y, no tan lejanamente, en las de buena parte del resto del mundo–, nos encontramos embarcados al principio de lo que parece ser un nuevo viaje, interminable, en busca del sentido profundo de Wall Street. Recién arranca una travesía que promete y amenaza con extenderse por tres horas y estamos escuchando eslóganes como “acá negociamos con la nada misma”, “el dinero no te compra una visa mejor, te hace una mejor persona”, y puf, todo suena tan cínico y remanido que el asunto parece atrasar dos décadas. O más: parece retroceder hasta los tiempos del Wall Street, de Oliver Stone (1987).

Pero pasaron apenas diez, quince minutos de El lobo de Wall Street, la nueva, polémica, desbordada e intoxicante película de Martin Scorsese, basada en la autobiografía increíble-pero-real del ex corredor de Bolsa y rey de los especuladores-estafadores bursátiles Jordan Belfort, y de pronto todo cobra sentido y empezamos a sentir que estamos, probablemente, ante una obra maestra.

Una escena: el exitoso broker cocainómano Mark Hannah (Mathew McConaughey, absolutamente increíble) se lleva al joven, inexperto Belfort, que acaba de empezar a trabajar para él en la firma LF Rotschild, a almorzar. Hannah ve potencial en Belfort y le ofrece un par de consejos que le serán invaluables. Son consejos de acción y supervivencia. Uno: hay que saber que acá, en Wall Street, no se produce nada, y nadie acá tiene la menor idea de cuánto valen ni qué va pasar –si van a subir, bajar o estancarse– con las acciones que hacemos que compren nuestros clientes. Lo que importa es que compren, y si les va bien, que nunca se lleven el dinero, sino que sigan comprando. Así que nada de pruritos: hay que llevar dinero a casa, y eso es lo único que te tiene que importar. Dos: la única manera de mantenerse andando en este negocio es con merca y putas. Tres: y muchas pajas, al menos dos por día, para mantener el flujo sanguíneo. “Decime, Jordan, a vos te gusta masturbarte, ¿no?”

Son solo unos minutos, lo de McConaughey, luego entona una suerte de canto ritual –con golpes en el pecho, silbidos, sonidos graves y profundos–, un mantra desquiciado que expresa con salvaje precisión el nivel de abstracción al que se debe llegar para poder moverse en ese mundo donde nada se materializa, todo consiste en ser los mejores vendiendo humo. Luego desaparece, pero su espíritu domina todo lo que vendrá. En el transcurso de un almuerzo, Belfort sale convertido en El Hombre Nuevo. Se filmaron muchas películas sobre la especulación financiera –es un género con al menos ocho décadas de historia– y se hacen cada vez más, a la sombra de la última gran crisis. Ficciones y documentales. Esta es la mejor.

PANDILLAS DE NUEVA YORK

Jordan Belfort nació a principios de los ’60 y fue criado en el Bronx por sus padres contadores; fingió brevemente que iba a estudiar odontología o alguna otra profesión más o menos respetable, pero enseguida cambió de rumbo para consagrarse a lo que sabía que podía hacer mejor: venderle cualquier cosa a cualquiera. Consiguió empleo en Rostchild –compañía emblemática de lo que los norteamericanos llaman El Viejo Dinero–, pero a pesar de su convicción duró poco: era 1987, y en octubre de ese año tuvo lugar el Lunes Negro que llevó al cierre de la centenaria firma. Rápido de reflejos, encontró un trabajito en una compañía montada en un galpón cualquiera por un puñado de brokers de medio pelo, vendedores de “penny stock”, es decir, acciones valuadas en menos de un dólar, de empresas diminutas, con poco futuro o virtualmente inexistentes. Sabiendo que “inexistente” era la clave de todo el asunto, enseguida Belfort les enseñó a estos perdedores –según la leyenda sobre sí que él mismo puso por escrito– cómo hacer pequeñas fortunas con acciones de centavos, empezando a rascar miles de dólares por operación para incredulidad de sus nuevos empleadores. Un tiempo después se ponía al mando de Stratton-Oakmont, su propia firma de operadores bursátiles, con un equipo de patanes sin moral ni sentimientos, armado y entrenado por él mismo. En 1991, la revista Forbes ayudó a erigirlo en yuppie modelo con un artículo que lo describía como “una suerte de Robin Hood torcido que les saca a los ricos y les da a sus amigos y a su banda de alegres brokers”. La definición no era del todo precisa: lo cierto es que algunos de los “inversores” a los que motivó para que se metieran en negocios más que riesgosos no eran exactamente ricos y solventes y terminaron quebrados y endeudados debido a las maniobras inescrupulosas de Belfort y los suyos, que en esa primera mitad de la década perdida llegaron a hacer 50 millones de dólares anuales, y según la leyenda, una vez, 23 millones en un solo día.

Eventualmente (en 1998) lo agarraron. Sin embargo, acusado por fraude contra el seguro y lavado de dinero, Belfort la sacó bastante barata buchoneando a muchos de sus amigos ante el FBI, y consiguió pasar menos de dos años de pena efectiva en prisión –a mediados de la década pasada–, un castigo ínfimo en relación con la cantidad de gente a la que había estafado y la cantidad de dinero involucrada en sus delitos financieros. Y no sólo eso: fue durante ese tiempo en una prisión de lujo que se parecía a una casaquinta, con cancha de tenis y todo, que, impresionado por la lectura de La hoguera de las vanidades (el libro de Tom Wolfe que describía las desventuras de uno de esos “Masters of the Universe” de Wall Street con los que no le costó nada identificarse), empezó a redactar sus propias memorias en el estilo rápido y furioso de su nuevo ídolo, y a convertir su historia en mito. En entrevistas, habla con presunto candor de sus años en la cresta de la ola: “Hacés todo este dinero, pero no hay nada real vinculado con él. Lo hacés comprando y vendiendo la ingenuidad de otra gente. Hay tal vacío detrás de ese tipo de dinero, que los banqueros y corredores lo llenan con posesiones materiales, y cuando eso ya no alcanza, con drogas”.

Hoy Belfort vive en un modesto departamento californiano y dice haberse reformado. Pero, también afirma, no puede encontrar paz: “Es mi locura personal: aun no sé quién soy, pero sé que ya no soy el tipo que fui. Me mata, porque en el fondo, sé que soy una buena persona. Quiero devolverle todo a todos. Cada mañana me levanto asqueado por todo lo que hice. Sé que tengo estos cadáveres en el ropero, pero, ¿no es posible perderlos?”.

Escrito como una sucesión de escenas estrafalarias en las que, a pesar de sus 500 páginas, no es difícil vislumbrar la estructura de un guión cinematográfico, El lobo de Wall Street (recién editado localmente por el sello Planeta a través de su serie Booket) se convirtió en un bestseller destinado a funcionar como expiación –eso dice al menos Belfort–, pero también como explotación, provocando el escándalo y la náusea de muchas de las víctimas de las estafas de Stratton-Oakmont.

El libro, por supuesto, no tardó en llegar a los lugares correctos: para empezar, cuando aún estaba en galeras, lo leyó el guionista Terence Winter –que trabajó para la serie Los Soprano y hace unos años escribió Boardwalk Empire para Scorsese, un currículum que acentúa los sugestivos vínculos entre los relatos del Wall Street salvajemente desregulado de los ‘80/’90 y la mafia (la leyenda dice que algunos Cosa Nostra llegaron a mandar a su gente a las oficinas de Stratton-Oakmont, para que aprendieran algunas cosas del negocio). Eventualmente también llegó a las manos de Leonardo DiCaprio, que primero consiguió ganarle la carrera por los derechos para la adaptación a Brad Pitt, y luego pasó unos siete años obsesionado con que era una de esas oportunidades perfectas para otra colaboración con su director-aliado, Martin Scorsese. ¿Por qué les llevó tanto tiempo filmarla y estrenarla? En principio, porque, como dicen sus propios responsables, filmar películas sobre el dinero cuesta dinero: hay que poner en pantalla vistas increíbles de Manhattan, Ferraris, yates de cuarenta metros, aviones, helicópteros, escenas en paraísos fiscales, y cientos de extras, incluyendo las prostitutas que desfilaban a diario por las oficinas de la compañía, así como el chimpancé patinador o los enanos para lanzar al blanco –enanos de verdad: personas de baja estatura– en las usuales fiestas decadentistas que tenían lugar en esos mismos boiler rooms desde los que se hacían tantos negocios basados en la nada.

Básicamente eso: era una película cara de hacer, al menos sin tener que sacrificar las escenas capaces de dar una idea de la escala pantagruélica de todo el asunto, como la de Belfort aterrizando su helicóptero, totalmente borracho y drogado, en el jardín de su mansión, o la del naufragio de su yate en plena tormenta, provocado por la urgencia de correr a salvar los millones clandestinamente puestos en una cuenta Suiza mediante testaferros.

La Warner estuvo involucrada durante un tiempo en el proyecto –con, al menos por un momento, Ridley Scott como director designado– pero eventualmente se retiró. Cuando ya estaban por hacerla con un presupuesto menor, apareció una productora independiente, Red Granite, que les dijo a DiCaprio, Winter y Scorsese, tomen, acá tienen 100 millones de dólares, y total libertad. Libertad para hacer esa cosa cada vez más rara en los estudios que es una película adulta. En Estados Unidos eventualmente se sumó Paramount, pero sólo para su distribución.

BUENOS MUCHACHOS

Una de las cosas más extraordinarias de El lobo de Wall Street es que, tal como nos va adelantando lisérgicamente esa escena con Matthew McConaughey, se trata de una comedia. Una comedia bestial, con implicancias trágicas cuando uno se pone a pensar en todo eso que casi no se menciona pero que no hace falta, porque está ahí, apenas debajo de la orgiástica superficie: que las víctimas de los excesos y desmadres de esta manga de bestias vestidas de Armani son personas reales.

El lobo de Wall Street es probablemente el exponente más monstruoso y divertido de un subgénero cinematográfico arraigado en una larguísima tradición, y que obviamente se ha expandido –en ficciones y documentales– en los últimos años, con la última crisis bursátil como fantasma.

Antes que Hollywood, lo hizo el cine francés, con una obra maestra de 1928 dirigida por Marcel L’Herbier, titulada El dinero (L’argent), y que, basada en la novela de Emile Zola, estaba ambientada en la Bolsa de valores de París. Narraba –trasladando la historia del libro desde 1860 a 1920– una historia de conspiraciones especulativas entre banqueros que 85 años más tarde todavía alcanza resonancias tremebundas. Había antecedentes literarios para este fascinante tipo de villanos –como Danglars, el enemigo de Dantes en El conde de Montecristo, quien durante la “ausencia” del protagonista se convierte en un exitoso banquero, vulgar nuevo rico que saca grandes ventajas del mercado financiero capitalizando su acceso a información privilegiada, un tipo de crimen afín al “inside trading” de siglo y medio más tarde–, pero, sugestivamente, a partir del Reaganato se multiplican este tipo de relatos en el cine, con el Gordon Gekko de Oliver Stone –y su ya famoso discurso “La codicia es buena”–, la comedia con Eddie Murphy y Dan Aykroyd De mendigo a millonario (Trading Places, 1983), la menos conocida Rogue Trader (de 1999, con Ewan McGregor como el infame Nick Leeson, el tipo que terminó de llevar a la quiebra a la centenaria Baring Brothers), Boiler Room (2000, con Vin Diesel y Giovanni Ribisi, libremente basada también en la historia de Stratton-Oakmont), la pieza de cámara entre agentes de bienes raíces que se devoran entre ellos Glengarry Glenn Ross, y por supuesto, Americcan Psycho, La hoguera de las vanidades (filmada por De Palma con Bruce Willis y Tom Hanks), las más recientes Margin Call (con Kevin Spacey) e infinidad de documentales, como Enron: The Smartest Guys in the Room, y Capitalismo: una historia de amor (con el que Michael Moore intentó descular para el ciudadano común la trampa de las derivadas y el siniestro proceso de especulación inmobiliaria que había dejado sin hogar a millones en su país), y la lista sigue.

“Gordon Gekko es una suerte de icono de hombre de negocios emblemático”, dice Scorsese. “Los vendedores de Glengarry Glen Ross, de Mamet, son los tipos del fondo del barril, tratando por todos los medios de hacer sus operaciones, ganar sus comisiones y mantenerse a flote. Mark Zuckerberg en Red Social, es un tipo con un plan. Jordan es algo más: no tiene otro plan que el de hacer todo el dinero posible lo más rápido posible. Ingresa en este mundo, lo domina con brillantez, la pasa bárbaro durante un tiempo y las cosas se le van de las manos. Jordan consiguió esquivar cada obstáculo y regulación y luego, por las drogas o por su mera adicción a la riqueza, no pudo detenerse. Lo que me interesaba era el cuadro en el que esta historia transcurre, el alcance de la acción, el territorio que cubre, las actividades, los espacios y las interacciones. Y luego está esta área lateral, la tierra de nadie en la que uno se transforma en un genuino criminal que les produce un gran daño a muchas personas sin necesariamente darse cuenta. ¿Es esto, esta historia de ascenso y caída, algo esencial a nuestro país? No estoy tan seguro, pero es un tipo de narrativa que está presente todo el tiempo. Lo que me pregunto es si, dada la naturaleza del capitalismo de libre mercado, donde la regla es alcanzar la cima a cualquier costo, es posible tener un héroe de la industria financiera.”

LOBO ESTA

Y a esta altura, también, El lobo de Wall Street ya es una de las precandidatas más obvias para la próxima entrega del Oscar, a pesar de que la crítica norteamericana se debate desde hace unos días entre abrazarla con admiración y detestarla (aunque siempre sin dejar de concederle cierta maestría formal en la ejecución de algunas escenas). Sus detractores la acusan de ser vacía, estruendosa, celebratoria de criminales que han estado destrozando el ideal de Norteamérica por décadas. Cosas así han dicho algunos de los críticos de cine más reflexivos y en general interesantes de los medios estadounidenses más influyentes, lo cual vuelve todo el asunto sorprendente, porque el tema es más viejo que la mismísima noción de relato: el tema es la más deliberada y arriesgada interacción de forma y contenido. El lobo de Wall Street es estruendosa, escandalosa y amoral, es una orgía de ruido y furia –y montañas de coca y pastillas, y desnudos como no se veían en el cine de estudios desde hace un tiempo, una bacanal, se ha dicho, caligulesca, que remite al cine de los ‘70– esencialmente vacía porque no hay nada detrás de todo eso, más que la intención de mostrar un mundo por lo que era, lo que es. No hay nada y a la vez está todo: la naturaleza humana, intrínseca, monstruosamente egoísta, la naturaleza salvaje del capitalismo, la fuerza corruptora del poder. Así, enunciados de manera explícita, suenan ya un poco huecos y trillados, pero no dejan de estar ahí: son tópicos comunes a buena parte del cine de Scorsese.

Entre quienes lo apreciaron se cuenta la revista inglesa Empire, que hace un paralelo esencial sobre el “núcleo moral” de los films del director: “Como en los mejores films de Scorsese, hay un antihéroe que empuja los límites de nuestra simpatía –así lo hicieron Jake La Motta (en Toro salvaje), Rupert Pupkin (en El rey de la comedia), Travis Bickle (en Taxi Driver)–, pero Jordan Belfort probablemente sea el peor de la manada. Y ése es el genio de la película, no solo en la puesta en escena de Scorsese sino también en la actuación de Di Caprio: que tres horas en compañía de un hombre que explota a los pobres y se regodea en una riqueza obscena simplemente pasen de largo”. Más abajo agrega: “Scorsese no está señalando con su dedo a Wall Street, sino que nos está apuntando a nosotros, ofreciendo un espejo al mundo jodido en el que estamos viviendo”. Menos celebratorio, pero igualmente conciente del truco “amoral” de Winter-Scorsese, el reseñista de The Hollywood Reporter dice: “El acercamiento ensayado por el guión de Winter le provee al espectador lo que parece ser un acceso privilegiado a individuos que uno aborrecería en la vida real, pero que, encarnados en la pantalla por actores carismáticos, se vuelven fascinantes, por cómo consiguieron salirse con las suyas por tanto tiempo”.

Hay otras críticas elogiosas y el promedio da un saldo a favor para Scorsese-WInter-DiCaprio, pero sin embargo muchos de los reseñistas estadounidenses saltaron con sus colmillos moralistas sobre la yugular del trío. Lo dicho: la acusan de no ahondar en el tema de la salvaje explotación de clase, aunque hay una escena bastante temprana en la que una de las empleadas de la compañía recibe un bono de 10 mil dólares por dejarse rapar en público, en la oficina, para diversión de todos, mientras se anuncia que los diez mil serán aplicados en un implante de siliconas –un retrato del ambiente machista y abusivo de los boiler rooms que no requiere mayores comentarios–. La acusan de no estar diciendo “nada revelador con temas familiares como el hambre de poder, riqueza, status y el deseo excesivo de poseer todo”, de ser más ruido que sustancia, de “no indagar nunca bajo la piel de estos cretinos y de conseguir que su fotografía en movimiento, su edición, y su banda sonora danzante conspiren casi para que nos gusten” (revista Time Out). Finalmente, David Denby, de The New Yorker, termina siendo uno los críticos más feroces del film: aunque le concede algunos momentos grandiosos cree que en definitiva la totalidad de la película es “maniática y forzada, como si Scorsese estuviera empeñado en hacer la película más delirante de todos los tiempos”, que nos la vende con el mismo discurso agresivo que usan sus protagonistas, que “es irrefrenable, ensordecedora, de mala muerte, y en ultima instancia, no iluminadora”, que comete el error de tomar por verdadero todo lo que cuenta Belfort y que en última instancia es “falsa”, porque “se supone que es una denuncia de comportamiento desagradable, inmoral, corrupto, y obsceno, pero está hecha en un estilo tan exultante, que se convierte en un ejemplo de cine desagradable y obsceno”.

En otras palabras, que muchos críticos terminaron reclamándole a la película que hiciera lo que normalmente se les exige a las películas que no hagan: juzgar a sus personajes, bajar línea, sermonear un poco, así sabemos que toda esta podredumbre le parece esencialmente mala. Que no deje tamaña responsabilidad en manos del espectador.

Scorsese dijo sobre el asunto lo esperable, lo que puede decantarse de algunas de sus mejores películas: “Creo que todos, bajo determinadas circunstancias, somos capaces de cometer actos despreciables. Y es por eso que, a través de los años, en mis películas han aparecido personajes a los que no les importa lo que la gente piense de ellos. Intentamos ser todo lo verdaderos posibles al respecto y quizá, de algún modo, ver en ellos partes de nosotros que no nos gustan”. Y: “Es una vieja historia, la de parecer demasiado celebratorio al describir a personajes fascinante pero funestos. La gente puede llevar su identificación con los libros y las películas hasta lugares realmente alarmantes. Alguna gente puede simplemente quedarse con el aspecto divertido, pero si estás mostrando un mundo específico en una película, y querés mantenerte fiel a ese mundo, por oposición al recurso de mostrarlo desde una distancia, vas a tener que hacerlo atractivo e interesante. Y de hecho, la gente que protagoniza esta historia era entretenida, y la pasaron muy bien hasta que los agarraron”.

Sugestivamente, el que posiblemente dio la clave de lectura más interesante paa resolver esta tensión narrativa (contar sin celebrar ni condenar, divertir sin encandilar y nublar el juicio) fue el comediante Jonah HIll, que interpreta a Donnie en la película, el socio y mejor amigo de Belfort en su emprendimiento y sus tropelías irredentas. “Martin Scorsese es extraordinario en muchas cosas, y una de ellas es mostrar gente haciendo cosas que son moralmente corruptas y volverlas muy disfrutables de ver. De algún modo hace que te pongas de su lado, y los adores: es cool y excitante hacer cosas malas. Hay gente que no llega a ver la oscuridad de todo esto. El propio Belfort me dijo inclusive que había gente en Stratton que disfrutaba de dañar a otros”. Pero, para entender el riesgo que asume el film, dice, hay que entender que se trata de cine adulto. “Spring breakers se estrenó cuando estábamos haciendo esta película. Yo soy un gran fan de Harmony Korine; pero vi Kids cuando tenía unos once años, y ni le presté atención a la subtrama sobre el sida, simplemente quería ser como esos chicos. Ahora tengo 29, vi Spring Breakers y salí pensando: Dios, esta generación está tan jodida. Realmente me deprimió la película, pero me di cuenta de que si hubiera tenido 14 años hubiera salido del cine gritando ¡vámonos de vacaciones de primavera, spring break para todos! Del mismo modo, si hubiera visto El lobo de Wall Street a los 13, hubiera salido excitado del cine con toda la locura en pantalla, diciendo: ¡vamos corriendo a hacernos corredores de Bolsa!”

Página/12 - Suplemento RADAR - 29 de diciembre de 2013