Paseo socrático / Frei Betto

Frei Betto pasea por las librerías de los shoppings de Brasil. Dice que allí contempla los objetos de consumo, los objetos de deseo en las vidrieras de los negocios. Betto pasea como algunos siglos antes de Cristo lo solía hacer Sócrates. Un acercamiento humano al mercado y las mercancías. Palabras para reflexionar sobre los valores del mundo que nos rodea y del que formamos parte. Autor: [b][color=336600]Frei Betto*[/color][/b] [size=xx-small][b]Artículos relacionados:[/b] .El imperio del consumo / Eduardo Galeano[/size]

Cuando en agosto visité la admirable obra social de Carlitos Brown, en Candeal (Salvador), le escuché contar que en su infancia, transcurrida en la pobreza, no supo qué era el hambre. Había siempre un poco de harina, frijoles, frutas y hortalizas.

“Quién trajo el hambre fue la heladera” dijo. El electrodoméstico impuso a la familia la necesidad de lo superfluo, refrescos, helados, etc. La economía de mercado centrada en el lucro y no en los derechos de la población, nos somete al consumo de símbolos. El valor simbólico de la mercadería se ubica por sobre su utilidad . De modo que así el hambre a que se refiere Carlitos Brown es ineluctablemente insaciable.

Es propio del humano – y en eso también nos diferenciamos de los animales - manipular el alimento que ingerimos. La comida exige preparación, creatividad y la cocina es el laboratorio culinario como la mesa es misa en el sentido litúrgico.

Para un gato o un perro la ingesta de alimentos es un atavismo desprovisto de arte. Para los humanos, comer exige un mínimo de ceremonia: sentarse a la mesa cubierta por un mantel, usar cubiertos, presentar los platos con esmero y sobretodo disfrutar de la compañía de otros comensales.

Se trata de un ritual que contiene signos indelebles. Me parece inhumano comer de pié o solo, sirviéndose directamente el alimento de la cacerola.

Marx ya se había dado cuenta de la importancia de la heladera. En los “Manuscritos económicos y filosóficos” (1844) constataba que “el valor que cada uno tiene a los ojos de los demás es el valor de sus respectivos bienes” . Por lo tanto el hombre en sí no tiene ningún valor para nosotros. El capitalismo deshumaniza de tal modo que ya no somos solo consumidores sino también consumidos. La mercancías que me visten y los bienes simbólicos que me rodean son los que determinan mi valor social. Desprovisto o despojado de ellos, pierdo valor y estoy condenado al mundo ignominioso de la pobreza ya la cultura de la exclusión.

Para el pueblo maorí de Nueva Zelanda, todos las cosas y no solo las personas tienen alma. En algunas comunidades tradicionales de África también se encuentra esa interacción entre materia y espíritu. Pero si nos dicen que un aborigen rinde culto a un árbol o a una piedra, lo miraremos seguramente con desdén. Pero ¿cuantos de nosotros no rinde culto a su automóvil, a un determinado vino guardado en la bodega, a una joya?

Así como un objeto de asocia con su dueño en las comunidades tribales, en la sociedades de consumo ocurre lo mismo pero más sofisticadamente.

No se compra un vestido, se compra un Gaultier, no se adquiere un automóvil sino una Ferrari; no se bebe un vino sino un Château Margaux. La ropa puede ser lo más horrorosa posible, pero si trae la firma de un famoso modista cualquier gata despreciable se transforma en Cenicienta.

Nos hallamos consumidos por las mercaderías en la medida en que esta cultura neoliberal nos hace creer que de ellas emana una energía que nos cubre con una unción bendita y que pertenecemos al mundo de los elegidos, de los ricos, del poder. Porque la avasalladora industria del consumismo imprime a los objetos un aura, un espíritu que nos transfigura cuando los tocamos. Y si nos vemos privados de ese privilegio, el sentimiento de exclusión nos causa frustración, depresión, infelicidad.

No importa que la persona sea imbécil. Revestida de objetos codiciados es elevada al altar de la adulación por la envidia ajena. Ella se transforma también en objeto con todos sus pertrechos y con todo lo que carga, pero no es ella: bienes, cifras, cargos, etc.

La palabra comercio deriva de “com mercé” con trueque. Hoy en día las relaciones de consumo están desprovistas de trueque, impersonales, mediatizadas por las personas.

Antes el almacén, el negocio, la mercería, establecían vínculos entre el vendedor u el comprador y constituían también un espacio de relaciones de vecindad como todavía sucede en las ferias.

Actualmente el supermercado suprime la presencia humana. Allí está la góndola abarrotada de productos seductoramente envasados. Allí la frustración causada por la falta de convivencia se halla compensada por el consumo de lo superfluo. “Nada podría ser mayor que la seducción – dice Jean Baudrillard – ni siquiera el orden que la destruye”. Y esta seducción logra su máximo en las compras por Internet. Sin dejar la silla el consumidor recibe en su casa todos los productos que desea.

Voy con frecuencia a las librerías de los shoppings. Cuando paso por delante de los negocios contemplando los venerables objetos de consumo, los vendedores se acercan para preguntarme qué necesito: “No, gracias estoy haciendo solamente un paseo socrático” y me miran intrigados, entonces les explico: Sócrates era un filósofo griego que vivió algunos siglos antes de Cristo. A él también le gustaba pasear por las calles comerciales de Atenas donde asediado por vendedores como ustedes, solía responderles: “Estoy solo viendo cuantas cosas existen que no necesito para ser feliz”.

*Carlos Alberto Libanio Christo, "Frei Betto". Nació en Belo Horizonte, Minas Gerais, Brasil. Ingresó a la orden de los dominicos a los 20 años. Además de periodismo estudió teología, filosofía y antropología. Sigue vinculado al convento de los dominicos de São Paulo, en el que conserva su celda. Participa en los retiros que promueve la orden y ejerce de alguna manera la actividad pastoral. Frei Beto formó parte durante dos años del gobierno del presidente Luis Inacio Lula da Silva (como coordinador del "Programa Hambre Cero"). Abandonó el cargo a fines de 2004 por "falta de vocación" y por la "necesidad de recuperar su libertad intelectual".

Fuente: RadioLivre.org – 18.04.2007

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