Los visitantes

Eduardo Aliverti
Se deja constancia de que estas líneas son escritas unas horas antes de la final contra Alemania, pero al firmante le parece que ni el resultado del partido ni el desempeño de nuestra Selección pueden alterar la opinión que aquí se vuelca. Y es que, aunque parezca mentira, en estos días argentinos se produjo algo aún más emblemático que la ya mítica actuación de Javier Mascherano: llegó a Buenos Aires una task force de los fondos buitre.

La traducción literal es “fuerza de tareas” y se admiten acepciones como “destacamento”, “fuerza de choque”, “grupo de comandos”, “grupo de trabajo”, “grupo especial de operaciones” y “pelotón”. Pero lo más singular es que los huéspedes son el Grupo de Tareas Estadounidense para la Argentina (ATFA, por su sigla en inglés). Quizá se les haya advertido sobre la inconveniencia de presentarse con esa nominalidad. Colegas de este diario ya escribieron sobre el tema. Los Grupos de Tareas eran las pandillas militares y de fuerzas de seguridad que se dedicaban al secuestro de personas, su alojamiento en campos de concentración, torturas y eventual desaparición. Los GT estaban divididos en nomencladores que indicaban a cuál dependencia pertenecían. GT1 y GT2, por ejemplo, correspondían al Ejército. Y hubo un Grupo de Tareas 3.3.2, que remitía al Servicio de Inteligencia Naval y que tuvo la particularidad de ser explícito en cuanto al apoyo que recibía de la Marina. Según consta en el Nunca Más, entre otras probanzas, el propio Emilio Massera asistió a la conformación de esa patota y dictó una conferencia inaugural a los oficiales designados, exhortando a “responder al enemigo con la máxima violencia, sin trepidar en los medios”. Massera participó en los primeros operativos clandestinos del grupo, con el nombre de guerra “Negro”. O “Cero”, que le dio título al libro de Claudio Uriarte. Era una docena de asesinos que aumentó su actividad hasta llegar a una autonomía operativa que reportaba directamente al comandante en jefe de la fuerza, a través del director de la ESMA. Estaban segmentados en tres áreas: Inteligencia, Operaciones y Logística. Este brevísimo recordatorio de uno de los organigramas con que se las gastaba el terrorismo de Estado no pretende sugerir que las señoras y señores de la American Task Force Argentina, desembarcados aquí mientras Sergio Romero amargaba a los holandeses, son un clonado de genocidas. En todo caso, podría decirse que, a tantos o tan pocos años vista, implican los mismos intereses. Antes por vía del terror y ahora, entre otras delicias, por la de atildadas conferencias de prensa, cenas con periodistas de medios amigos y costosísimas solicitadas en los principales diarios del país. Previamente a ello, fallos judiciales con sede en el centro del Imperio. Puede que esta argumentación suene incursa en consignismo. Pero como decía Hemingway: si quieres escribir que el sol entró por la ventana, escribe que el sol entró por la ventana. Consideraciones de prosa aparte, la task force que llegaron a Argentina representa la misma cosa, la misma valorización financiera del capital, el mismo patrón de provecho que aquellos que por masacre expresa contra toda rebeldía social dieron el golpe en 1976. De hecho, si estamos de acuerdo en que la historia de los buitres es inseparable del endeudamiento atroz perpetrado hace decenas de años, no hay refutación rigurosa contra esa articulación de intereses.

La propia prensa del establishment local debió aceptar, derechamente, que esta organización buitresca es un grupo de lobby financiado por Elliott Management, el titular de NML Capital. Es el núcleo duro de los inversionistas y bufetes de abogados que le ganaron los juicios a Argentina en Nueva York. Los adictos a la ferocidad del capital especulativo debieron reconocer que, compadreadas al margen, sus mercados insisten en apostar a que finalmente habrá arreglo. Si el Gobierno es acusable de hacer jueguito para la tribuna, a través de algunos discursos subidos de tono que apelan a la negociación patriótica, igualmente los buitres y sus voceros dibujan más fintas que golpes certeros. Sigue ocurriendo, mientras tanto, que no sólo es la Bolsa de Comercio local la que refleja optimismo, con la suba de acciones de las empresas cotizantes: los bonos y cupones argentinos que se comercializan en el exterior tienen salud intacta. El dato más paradójico es que el riesgo-país ya se redujo un 20 por ciento en lo que va de julio. Estamos hablando del costo de Argentina para salir a tomar deuda en el exterior. Algo o mucho no es como nos lo dice la prensa opositora, si viene cayendo nada menos que ese índice. Es el mismo que a comienzos de siglo se había transformado en un icono de una amenaza enloquecedora. ¿O se esfumó el recuerdo del riesgo-país cuando De la Rúa transitaba sus últimas horas como presidente? El 19 de diciembre de 2001 pasó los 5 mil puntos, ratificando el record mundial de países-grandes empresas en peligro. Hoy está por debajo de los 600, que es el nivel más reducido en casi tres años. De ahí en adelante, hay el derecho ideológico de colegir que, si esas gentes están confiadas, significa que nada bueno nos espera. Pero eso no debe confundirse con que la arquitectura económico-financiera de Argentina es capaz de desbarrancarse, a imagen y semejanza de aquel momento terrible, porque lo desmienten los propios indicadores del mercado internacional de la timba. Diferenciemos entre el posicionamiento político y la realidad de los números macro. Es el Grupo de Tareas el que vino a señalar que Kicillof acaba por ser un ministro irresponsable, carente de asesores técnicos. Pero a la par de mandobles retóricos como ésos demandan al gobierno argentino que se siente a negociar porque ellos están dispuestos, tras que su coro de parlantes mediáticos se cansara de advertir que ya no había negociación posible después del fallo de la Corte Suprema de los EE.UU.

Si es por preocupaciones papelescas de países centrales, más convendría fijarse en la caída del banco portugués Espirito Santo, que provocó un cimbronazo en las Bolsas europeas. La región que comanda Alemania, con su ajuste fiscal a flor de piel, habrá de arreglárselas para corregir la enorme distancia entre su discurso extorsivo y una banca de fiesta impune que ya supo explotar en España, Grecia y otras periferias. Desde el próximo noviembre, el Banco Central Europeo (es decir: los alemanes, y no precisamente Neuer, Klose, Kroos, Lahm y compañía) se hará cargo de supervisar en forma directa a los bancos de la zona. Ya no más los organismos de control, que no controlan nada. Lo cierto es que el hecho pasó casi inadvertido para la prensa argentina. Entre los buitres y Boudou, se concentran en una visión aldeana de la realidad que más les importa por sus intereses corporativos que por el verdadero alcance estructural de los hechos en cuestión. Para ser otra vez reiterativo, respecto de esta columna en las últimas semanas: ni la suerte judicial del vicepresidente, ni la actitud que observe Cristina frente a ello, ni las circunstancias posibles de la batalla contra los buitres serán lo que determine el rumbo oficial. Efluvios del Mundial aparte, y siendo nuevamente redundantes, es la marcha de la economía doméstica lo que establecerá el diktat de corto y mediano plazo. Los buitres y Boudou, o viceversa en el orden de eventual importancia, están alrededor y no en el centro de lo que vaya a pasar. El núcleo lo da cuánto de disposición y habilidad tenga el kirchnerismo para tripular dificultades externas y deficiencias propias. Cuánto será capaz de sostener políticas de Estado activas en asuntos como conservación de fuentes laborales y creación o mantenimiento de empleo formal; inflación; aseguramiento de expectativas favorables en la producción y distribución de riqueza; acierto en el candidato que elija o en la fortaleza ideológica para mantenerse en el tiempo aun a costa de una derrota electoral; sustentabilidad de Cristina en el liderazgo del espacio. El oficialismo tiene a favor muchos años de gestión demostrada –que cada quien conceptuará, pero sin poder argüir que no está avisado– y una oposición que persiste en invitar a que el bueno por conocer sea más dudoso que el malo conocido. En contra está el desgaste de esos muchos años; una guía unipersonal sin probabilidades de reelección; quizá la falta de memoria en torno de desde dónde se viene y una artillería mediática adversa, pronunciada, perforadora (aunque, de ser por esto último, también la hay desde 2008; sin embargo, el Gobierno se mantiene desde entonces con un piso de votos que lo conserva en rol de primera minoría global y numéricamente imperturbable).

Al periodista le resulta atractiva cierta semejanza contradictoria entre los análisis mayoritarios del match contra Holanda y el juzgamiento convencional de la actitud gubernamental frente a los buitres. El equipo que dirige Sabella fue aplaudido por haber desplegado una estrategia digna de alto ajedrez, sabiendo adelantarse a las movidas del adversario, así haya sido a costa de un juego estéticamente feo, amarrete en el ataque, tan envolvente como conservador, acorde con la necesidad de no suicidarse yendo al palo contra palo; sin desmarques de las piezas ofensivas pero conducente a la probabilidad de un resultado feliz, ante un rival que a la primera distracción podía pintarle la cara. Esa misma concepción táctica, aplicada al análisis de cómo se actúa frente al potencial buitre, es rotulada de irresponsable hacia derecha y de bajada de pantalones hacia izquierda.

Una vez más, el fútbol actúa como metáfora. Igual que el nombre de nuestros visitantes.

Página/12 - 14 de julio de 2014