La obsesión de la prensa francesa por la identidad

La sociedad francesa se muestra renuente a asumir su pasado colonial y a aceptar, en la práctica y no sólo en los textos, la igualdad de derechos de los conciudadanos provenientes de las ex colonias. Esa xenofobia inconfesa da lugar, en los medios de prensa dominantes, a un discurso y a un marco de referencia bien determinados que tienden a definir la nación por oposición a un Islam imaginario y nada atrayente. Esa retórica esconde las consecuencias socioeconómicas de ese rechazo atribuyendo a los valores no occidentales, y por tanto no asimilables, la responsabilidad de la marginación de sectores comunitarios. Cedric Housez analiza detalladamente ese discurso que confirma a la vez el fondo racista de nuestra sociedad y la agenda política de un "occidente" que quisiera demonizar al mundo árabe para poder saquearlo sin el menor remordimiento. Cedric Housez Fuente: Voltairenet

La nación es ante todo una comunidad humana formada alrededor de un sentimiento común de pertenencia. Se trata por tanto de un factor subjetivo que depende de cada individuo (¿se siente o no la persona miembro de una comunidad nacional?) y del resto de la comunidad (¿reconoce ésta al individuo como uno de sus integrantes?). A pesar del carácter subjetivo de ese concepto, los medios o los responsables políticos presentan a menudo a la nación como algo objetivo basado, según el caso, en el idioma, la historia, la religión, los valores, en la ubicación dentro de determinado territorio o en ciertos mitos fundadores o en un origen genético mítico. Resulta poco común el poder definir con precisión, entre todos esos elementos, cuáles son los que forma parte de la identidad nacional sin que ello se convierta en motivo de polémica en el seno de una parte de la nación que no se reconoce a sí misma en el criterio establecido o que, por el contrario, lo considera demasiado amplio. Resulta mucho más simple definir lo que no forma parte de la nación para ofrecer así a la comunidad nacional una identidad por defecto, mucho más adaptada al consenso general. Ese negativo de la identidad nacional se conforma mediante estereotipos asociados a los pueblos que forman parte de otras naciones o a minorías que estiman que forman parte de la nación pero que son rechazadas por una parte de la comunidad nacional.

Desde mediados del siglo XX, llegó a Francia una importante oleada migratoria proveniente de sus colonias, y más tarde ex colonias. Los individuos que llegaron así se convierten entonces en parte integrante del país, del cual son ciudadanos, como lo son o lo eran sus padres con bastante frecuencia. Sin embargo, una parte de la población francesa, los llamados franceses "de pura cepa", se niega aún a considerarlos como miembros de la comunidad nacional. Durante mucho tiempo se consideró de buen tono el afirmar que eran las clases populares o medias las que, al no haber asimilado el trauma que representó la descolonización de Argelia y, constituyendo por ello la base electoral del Frente Nacional, rechazaban a ese sector de sus conciudadanos. Los hechos están demostrando que en realidad son las élites políticas, económicas y mediáticas francesas las que obstaculizan hoy el reconocimiento de los derechos de la población francesa de origen africano.

Esa parte de la población se ve frecuentemente estigmatizada mediante un discurso dominante que, aunque respeta los cánones de lo políticamente correcto, establece una oposición más o menos explícita entre "nosotros" (la población francesa supuestamente "de pura cepa", blanca y de origen europeo) y "ellos" (la población francesa proveniente de las antiguas colonias francesas, e incluso la población francesa de ultramar). Ese discurso se basa, en el aspecto mediático, en una construcción de la información que subraya y exacerba las diferencias entre la minoría que constituyen los franceses de origen africano (provenientes del norte África o del África negra) y el resto de la nación y, en el plano político, en una interpretación comunitaria de los problemas políticos y sociales.

Esa retórica aparece además en un momento en que las élites francesas se separan del concepto de identidad nacional para realzar una identidad europea, e incluso una identidad "occidental". El discurso político-mediático dominante juega así con los parámetros que determinan la identidad según sus propias necesidades, invocando así a veces una identidad francesa supuestamente incompatible con la de los "inmigrantes de la enésima generación" o subrayando -en otras ocasiones- la supuesta identidad "judeocristiana" de Europa, u oponiendo las civilizaciones "occidental" e "islámica" según el modelo que propone el "Choque de Civilizaciones" .

De esa forma, el discurso dominante mezcla un cliché xenófobo (el de la asimilación imposible) y temas de la propaganda de la Guerra Fría que cambian de sentido al cambiar de época. Así sucede con los conceptos de judeocristianismo y de Occidente, antiguamente utilizados en oposición al marxismo ateo y al Este y que se oponen hoy al Islam y al Oriente, sin que nadie sea capaz de definirlos realmente: con toda la seriedad del mundo los geopolitólogos clasifican a Japón en el campo del Occidente judeocristiano.

Durante estos últimos años se incrementaron las movilizaciones surgidas en los años 80: los franceses negros u originarios del norte de África reclamaron la igualdad de derechos ante sus conciudadanos, igualdad reconocida en el plano jurídico pero cuya existencia desmienten los hechos. Esta renovación reivindicativa, cuya expresión mediática más conocida está representada en el llamado de los "Indígenas de la República", se inscribe en un contexto internacional en el que la estigmatización de una identidad musulmana, presentada como unificada y portadora de una amenaza, permite justificar las guerras por los recursos o procesos de recolonización.

Recientemente los medios franceses de difusión se mostraron especialmente interesados por "problemas de sociedad" o propusieron interpretaciones de hechos nacionales e internacionales que permitieron, por asociación, presentar a una parte de la ciudadanía francesa como si no fuera parte integrante de la comunidad nacional e inventar una identidad francesa no republicana sino "occidental". Este subterfugio conduce espontáneamente a la aprobación de ciertas políticas.

El Islam inventado
El Islam es sin dudas uno de los temas sobre los que más se ha escrito en Francia durante los últimos años. La mayoría de las publicaciones de la prensa escrita mainstream le dedicaron espacios especiales. Hay que agregar a ello una interpretación "islamizada" de diferentes cuestiones políticas, nacionales o internacionales. Los medios audiovisuales no se han quedado atrás y los programas de "debate", que tanto gustan en la radio y la televisión, han abordado a menudo el tema.

El Islam es presentado constantemente como una amenaza, como un peligro o como una corriente subversiva; como mínimo como expresión de alteridad, nunca como una creencia privada y legítima o como una libertad cuyo ejercicio garantiza la República laica. Así fue en el caso específico del debate "sobre" el uso del velo islámico en las escuelas, durante los motines de ciertos centros urbanos pobres que tuvieron lugar en Francia en noviembre de 2005 o durante el caso de las caricaturas danesas. Sin embargo, no fue producto de la candente actualidad que los medios de difusión mainstream empezaron a mencionar el Islam. Para comprobarlo, basta con recordar que las tres publicaciones de información general más importantes de Francia (Le Point, L'Express y Le Nouvel Observateur) publicaron durante los últimos seis meses varias series especiales sobre el Islam, sin vincularlas a ningún hecho en particular de la actualidad inmediata y dándole siempre una tonalidad amenazadora.

Le Point publicó un dossier intitulado "Los islamistas y nosotros", que presentaba las mezquitas francesas como terreno fértil para el islamismo, presentado a su vez como el principal vector ideológico del terrorismo.

El dossier conducía lógicamente a un apoyo, más o menos abierto, a la actual política estadounidense. Pocos meses más tarde, L'Express desarrolló un enfoque muy similar en su serie de trabajos sobre "el auge del Islam en Europa" y presentó la presencia del Islam en la Unión Europea, y por extensión en "Occidente". Una semana después era el Nouvel Observateur, competidor de centroizquierda de los dos semanarios anteriormente citados, el que redactaba un dossier especial de trabajos sobre el Islam en Francia. Aunque menos virulenta que las anteriores, esta última publicación también presentaba el Islam como una amenaza potencial. Los periodistas Marie-France Etchegoin y Serge Raffy abrían sus trabajos con estas inquietantes preguntas, a las que contraponían apenas una cuestión retórica más positiva al final: "¿Debemos temer un aumento del integrismo en nuestro país? ¿Representa el Islam una amenaza para el laicismo, un nuevo opio para los jóvenes desorientados de los barrios periféricos? ¿O resultará, como el catolicismo de otros tiempos, mucho más soluble en la República de lo que parece?". El dossier dedicaba también un texto, muy poco crítico, a las medidas de control de la mentalidad de los musulmanes adoptadas en el Land alemán de Bade-Wurtemberg, innovación política que aplauden los principales teóricos de "la islamofobia", como Daniel Pipes. Esas medidas parten del postulado de que los musulmanes son más sospechosos que otros de estar en contra de los valores democráticos.

De manera general, los medios franceses de difusión presentan el Islam como una amenaza para las leyes de la República, para el laicismo, la libertad de expresión, los derechos de las mujeres y, mediante el terrorismo al que a menudo se le asocia, para la seguridad del país o la de "Occidente" en general. A menudo se asocia el Islam al islamismo, presentado a su vez, gracias a una retórica importada de los círculos neoconservadores de Estados Unidos, como un nuevo totalitarismo comparable al nazismo o al estalinismo. Esa analogía se basa en amalgamas forzadas y en una visión unificada de un fundamentalismo musulmán, y hasta del propio mundo musulmán, reveladora de un desconocimiento total del Islam. Quienes practican tales asociaciones evitan explicar de donde viene el vínculo entre islamismo y fascismo y prefieren la utilización de neologismos -cuyo impacto publicitario es más seguro- antes que una demostración argumentada. Así vemos al ensayista mediático y cronista de Le Point, Bernard Henri Lévy utilizar el término "fascislamista" y al editorialista de Le Figaro, Yvan Rioufol, hablar del "nazislamista". Tales palabras se hacen eco del término preferido del coordinador de los halcones estadounidenses, Frank Gaffney, adepto del epíteto "islamofasciste". Ambos editorialistas no son los únicos que recurren en Francia a estos trucos lingüísticos.

El semanario satírico Charlie Hebdo, actualmente a la vanguardia de los medios franceses en lo tocante a la denuncia del "peligro islamista" y que ya se hizo notar durante el escándalo de las caricaturas danesas, publicó el 1ro de marzo de 2006 un manifiesto intitulado "Ensemble contre le nouveau totalitarisme" [Juntos contra el nuevo totalitarismo], que también acredita la amalgama entre islamismo y nazismo.

La mayoría de los autores de los artículos dedicados al Islam o de los editorialistas que se concentran en ese tema sostienen que ellos no confunden islamismo e Islam o afirman que solamente practican la crítica legítima de una religión. No es nuestra intención asumir la defensa de una religión ni restringir su crítica. Simplemente observamos que muchos de ellos convierten la crítica contra el Islam en un medio sutil, y legal, de llamar al odio y la discriminación contra todo un sector de la población.

En su libro L'islam imaginaire, el periodista Thomas Deltombe analiza cómo el lenguaje mediático dominante y el discurso político han ido construyendo poco a poco un sistema de referencias musulmanas para designar a la población francesa proveniente de las ex colonias. Comentando sobre su propia obra para el sitio Oumma.com, el autor analizó el comienzo de ese proceso con las siguientes palabras: "Durante los años 1980, con el abandono de las interpretaciones marxistas y el surgimiento de la "segunda generación de inmigrantes" en la escena política, asistimos a una primera evolución: los medios tienden a recurrir cada vez más al término "islámico" para referirse a "inmigrantes" que ya no describen, como lo hacían durante el anterior decenio, como "trabajadores extranjeros". En momentos en que la cuestión de la "integración" es tema central del debate, el recurso a una interpretación "islámica" permite perpetuar simbólicamente la marginalización de un sector de la población que nadie puede seguir viendo como "extranjero". " . Poco a poco, según el autor, se va construyendo la imagen maniquea y en blanco y negro de un Islam bipolar que opone "los musulmanes integrados" o "modernos", presentados como una mayoría pero pobremente representados cuando se habla del Islam en los medios, al "islamismo", presentado como minoritario pero sobre el cual se concentra la atención. Y la imagen del terrorista se asocia a la del islamista.

El Islam es por tanto el prisma a través del cual se mira a la población proveniente de las ex colonias francesas, lo que permite estigmatizarla como grupo. Recordemos que esa asociación se hizo tan natural a los ojos de ciertos políticos que cuando el ministro francés del Interior, Nicolas Sarkozy, al desarrollar sus ideas a favor de la "integración" de la población proveniente de la inmigración del norte de África en el programa 100 minutes pour convaincre del canal estatal de televisión, France 2, el 9 de diciembre de 2002, se declaró favorable, entre otras cosas, a la nominación de "un prefecto musulmán".

Hay que señalar que esa asociación entre la población originaria del norte de África y el término "musulmán" no es nueva y que nos remite a la historia colonial. Ese término se utilizó, en efecto, como nombre genérico para designar a los pueblos indígenas en los departamentos franceses de Argelia, denominación asociada a un estatuto de ciudadano de segunda categoría.

¿Historia "Comunitaria" o Historia Universal?
La representación de la población francesa originaria del norte de África, del África negra e incluso a veces la de los dominios y territorios franceses de ultramar, sigue estando marcada fundamentalmente por los clichés coloniales.

Durante más de un siglo, los franceses han sido víctimas de una propaganda estatal que legitima la colonización a través de un discurso esencialista, racista y paternalista que ha dejado una profunda huella en la mentalidad. Además de la imagen de los pueblos colonizados (y de sus descendientes) que se desprende de ese discurso, el periodo colonial sigue teniendo en la historiografía francesa una dimensión ambigua. Se reconocen los crímenes cometidos durante el periodo colonial (aunque de vez en cuando se niegan), pero se minimizan o se asocian a la infraestructura que construyó el ocupante en los países conquistados. Es difícil abordar la colonización sin oír hablar de las grandes realizaciones de la Francia colonial. Ese argumento está profundamente ligado a la ideología colonial ya que no se menciona que la infraestructura se construía en beneficio del colonizador y para facilitar la explotación de las riquezas locales en beneficio de éste y no con la voluntad de facilitar el desarrollo de la población local. La imagen propagandística de un colonialismo bienhechor y portador de civilización sigue, por consiguiente, estando presente.

Además, ese argumento se fundamenta en el postulado que pretende que los pueblos colonizados no habrían logrado desarrollar dicha infraestructura mediante el uso de sus propios recursos, sin una intervención exterior capaz de construirla en lugar de ellos. La lógica paternalista también se mantiene.

Esa lógica sigue estando presente cuando se aborda en los medios el tema de las ex colonias: los problemas de los países africanos o del Medio Oriente raramente se asocian a las consecuencias de la colonización o de un sistema postcolonial que sigue favoreciendo, en la mayoría de los casos, los intereses de las antiguas metrópolis. En la gran mayoría de los casos, los discursos mediáticos y la política dominantes en lo tocante a esos países atribuyen los problemas a causas internas y presentan a los países "occidentales" como portadores de las soluciones.

Finalmente, a Francia le resulta también muy difícil aceptar que muchos de los crímenes de la época colonial fueron cometidos por orden de dirigentes políticos que siguen siendo figuras reverenciadas debido a su acción en las metrópolis. Muchos de ellos siguen estando entre las personalidades históricas preferidas de los franceses y sus crímenes son poco conocidos entre la gente ya que son raramente mencionados en los programas escolares.
La afirmación política de las minorías étnicas en Francia depende de la denuncia de los prejuicios coloniales e incluso del deseo de desmontar el los clichés, generalmente positivos, vinculados a ese periodo histórico. Durante los últimos años hemos podido asistir al desarrollo de un movimiento de opinión cuyo objetivo es lograr que se reconozcan los crímenes que los dirigentes franceses cometieron en las colonias, un reclamo muy mal visto por la mayoría de las élites políticas y mediáticas.

En 1998, la diputada radical de izquierda de Guyana, Christiane Taubira, propuso a la Asamblea Nacional una ley tendiente a reconocer la trata y el esclavismo como crimen contra la humanidad. La ley fue adoptada en mayo de 2001. Sin embargo, el debate que abrió no ha terminado en el plano mediático y retoma, en 2005, un vigor que no había conocido nunca antes.

El 23 de febrero de 2005 un grupo de diputados de la mayoría parlamentaria obtuvo la adopción de una enmienda que elogiaba "el papel positivo de la presencia francesa en ultramar, específicamente en el norte de África". Aquella ley provocó una reacción indignada de Argelia seguida de la cólera de las organizaciones que militan por la igualdad de todos los ciudadanos franceses. A esto vino a agregarse la reaparición del pedido para reconocer al esclavismo como un crimen contra la Humanidad, apoyado, podría decirse que lanzado, por la acción mediática del humorista Dieudonné. Finalmente, la publicación, en momentos en que se aproxima la conmemoración del bicentenario de la victoria de Napoleón en Austerlitz, del libro del historiador y filósofo Claude Ribbe, Le Crime de Napoléon, sobre el restablecimiento del esclavismo por Napoleón Bonaparte, en 1802, y las masacres que las tropas francesas cometieron contra los negros sublevados, puso al rojo vivo la actualidad mediática sobre la cuestión de la historia de Francia.

La denuncia de los crímenes coloniales y de la esclavitud fue globalmente criticada en los medios mainstream que la presentan como una expresión política comunitarista, o como una manifestación de hostilidad contra "los franceses". Los que manejan ese argumento excluyen así a la población negra o árabe de la comunidad nacional francesa. También descalifican una reivindicación republicana de igualdad, calificándola de "comunitarista" mientras que la negación evidente de la Historia en la que ellos mismos incurren es la expresión de un comunitarismo blanco.

Historiadores como Max Gallo u Olivier Petré-Grenouilleau, quienes ponen en tela de juicio la presentación de la esclavitud como un crimen contra la Humanidad, fueron convidados a numerosos programas de televisión o repetidamente entrevistados por la prensa escrita. Petra Grenouilleau recibió incluso el Premio del Senado al Libro de Historia de 2005 por su trabajo en el que compara la esclavitud de negros que practicaban los árabes con las deportaciones masivas de esclavos organizadas por las potencias europeas.

Ambos historiadores, con el apoyo de los círculos sionistas, criticaron que las movilizaciones a favor del reconocimiento de la esclavitud como crimen trataran de comparar la trata y la esclavitud de africanos con la Shoah. La crítica se convirtió rápidamente en una acusación de antisemitismo contra esos movimientos cuyo objetivo sería, según sus detractores, no tanto que la esclavitud sea reconocida como un crimen sino restarle importancia al genocidio judío.

Al mismo tiempo, recobró fuerza la retórica según la cual "Occidente" tendría que dejar de pedir perdón por su pasado colonial -tesis tradicional de la extrema derecha. Ciertos pensadores sionistas o atlantistas se unieron a esa denuncia del "complejo colonial" luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Estos círculos deploraban una falta de movilización de Europa contra el "peligro islamista" y la atribuían al recuerdo avergonzado del pasado colonial. En Francia, el ensayista Pascal Bruckner fue uno de los principales apologistas de la denuncia del complejo europeo de culpa al afirmar que "Occidente" debería evacuar ese trauma y unirse contra "el islamismo". Según Bruckner, el "complejo colonial" lleva a los movimientos franceses de izquierda a ser demasiado tolerantes con "los islamistas". Refiriéndose a la Red Voltaire, llegó incluso a declarar que al poner en tela de juicio la versión bushiana del 11 de septiembre estábamos castrando a nuestros lectores y abriendo la puerta a las hordas islamistas para que cometieran un nuevo genocidio. El rechazo del "complejo colonial" fue ampliamente retomado por los autores franceses que, durante el año 2005, publicaron varias obras denunciando la complacencia de una parte de la izquierda francesa hacia los "islamistas" y el nacimiento de una corriente calificada como "islamoizquierdista".

La presentación de un Islam militante, enemigo de la democracia, que trata de imponer sus valores a "Occidente" y la denuncia de la movilización a favor del reconocimiento de los crímenes del colonialismo acabaron por dar lugar a una base argumental: la población proveniente de la inmigración africana desea imponer sus valores ("islamistas") y su interpretación ("comunitarista") de la Historia a la comunidad nacional francesa.

Se trata del enfoque que el periodista de Le Nouvel Observateur Claude Askolovitch, conocido como crítico constante de los vínculos entre movimientos altermundistas y organizaciones musulmanas, desarrolló en la publicación mensual L'Histoire en septiembre de 2005. En un largo artículo dedicado a las dificultades de la enseñanza de la Historia en los establecimientos de la enseñanza secundaria y la enseñanza preuniversitaria francesas, el periodista dedica la mayor parte de su reflexión al peso que constituía la presencia de jóvenes musulmanes en las clases, acusándolos de rechazar las lecciones de la Shoah, los enfoques históricos en lo tocante a Mahoma y de cometer actos de violencia antisemita.

"La inseguridad": ¿Por qué nos odian?
Además de la Historia y de los valores franceses, la población francesa proveniente de la inmigración africana es presentada como una amenaza para la seguridad de los demás franceses.

Los medios franceses de difusión han dado a menudo un enfoque comunitarista a los crímenes comunes. La insistencia en el origen, aunque sea lejano, del autor de un acto delictivo si el individuo es de origen africano es desgraciadamente una práctica periodística frecuente que demuestra que para muchos periodistas, o al menos para los jefes de redacción, la precisión en cuanto al origen de un delincuente o de un criminal es una información o un elemento de apreciación pertinente que le permite al público una mejor comprensión del hecho. Sin embargo, esa práctica es raramente comentada y vendría raramente acompañada de una teorización que permitiera justificarla. Se trataba, a pesar de ello, de la presentación paralela de un acto delictivo y de un origen, o sea, de un intento de explicar el acto antisocial mediante la etnia del autor. Durante mucho tiempo, sólo la extrema derecha trató de afirmar claramente la existencia del supuesto vínculo.

Hoy, esa asociación es clara y está siendo legitimada en ciertas publicaciones mainstream.

En su libro Le ministère de la peur Pierre Tevanian analiza cómo los empresarios que se dedican a la seguridad pública, los políticos y los medios de difusión fueron disociando progresivamente la delincuencia de los problemas sociales para conferir poco a poco a la primera un carácter étnico insistiendo en referencias lexicales provenientes del vocabulario colonial. Hoy por hoy, se ha llegado al término de ese proceso y el vínculo racista entre violencia y orígenes étnicos está siendo asumido.

Es así como los disturbios que se produjeron en noviembre de 2005 en los barrios periféricos de Francia fueron presentados como violencia de origen étnico. Ciertos editorialistas denunciaron entonces grupos islamistas, bandas criminales formadas sobre bases étnicas e incluso la supuesta incapacidad de la población musulmana para "integrarse", como causa de los desórdenes. Meses más tardes, con el apoyo de una campaña muy oportuna, el ministro francés del Interior, Nicolas Sarkozy, se declaraba favorable a la creación de un fichero nacional que recogiera los orígenes étnicos de los delincuentes, medida violatoria de los principios constitucionales.

Durante los motines de noviembre de 2005, cierto número de editorialistas, comentaristas o expertos mediáticos lanzaron también la idea de que los hechos de violencia no solamente tenían móviles étnicos o religiosos sino que eran la expresión de un odio hacia la República Francesa como institución, o sea de un rechazo hacia "Occidente". Philippe Val presentó a los amotinados como hordas antisemitas. Alain Finkielkraut, en una entrevista que se hizo célebre publicada en Ha'aretz ", denunció también el supuesto antisemitismo de los amotinados y afirmó que la violencia estaba dirigida contra la identidad judeocristiana de Francia. Durante los meses anteriores, el ensayista había dedicado parte de sus numerosas intervenciones en la prensa mainstream a denunciar el desarrollo de un "racismo antiblanco" entre los jóvenes negros y árabes franceses luego de las agresiones ocurridas durante las manifestaciones de los estudiantes de la enseñanza media que se registraron en febrero y marzo de 2005.

Los mismos argumentos sobre la existencia de una violencia racista, y sobre todo antisemita, aparecen en los comentarios mediáticos sobre la muerte de Ilan Halimi, joven francés judío fallecido después de haber sido secuestrado durante un rapto de delito común .

Concientes de que la prensa actuó precipitadamente y fue demasiado lejos en ese caso, algunos entrevistados invitados a un programa estelar de la televisión estatal France 5 sobre la ética de los periodistas recordaron que el hecho de que los criminales fueran antisemitas no implica que el crimen mismo tuviese un carácter antisemita. Sin embargo, afirmaron, como si fuera evidente, que la fe musulmana de los criminales era prueba de sus prejuicios antisemitas.

No sólo los hechos de violencia en Francia son atribuidos mayoritariamente a grupos clasificados por su origen étnico sino que pueden también ser presentados como una expresión de odio racista. En pocas palabras, se les analiza según un enfoque similar al que prevaleció después de los atentados del 11 de septiembre de 2001: como una declaración de guerra del mundo musulmán al odiado "Occidente" judeocristiano y democrático.

Además, como los franceses provenientes de la inmigración son asociados al Islam, que a su vez se asocia con el terrorismo, esos franceses pueden convertirse en una amenaza al convertirse en vectores del terrorismo en Francia.

¿A qué conduce la definición en negativo?
Como puede verse, se atribuye públicamente a la población francesa proveniente de las ex colonias una serie de defectos que la alejan simbólicamente del resto de la comunidad nacional: ante la tentación del islamismo y al desarrollar sistemas de valores incompatibles con los valores republicanos, esa parte de la población sería incapaz de integrarse a una comunidad francesa "de pura cepa" y estaría tratando entonces de transformarla según su propia imagen mediante la influencia o la violencia. O sea, esa parte de la población quisiera crear en Francia y Europa una "Eurabia". Claro está, los medios dominantes raramente trazan un retrato tan crudo y otorgan a menudo la palabra a franceses negros o de origen árabe presentados como modelos. Pero el hecho mismo de presentarlos como modelos los convierte en excepciones. Incluso si no siempre se hace un retrato explícitamente racista de los franceses árabes o negros, ¿qué retienen los lectores de los análisis sucesivos que asocian esa parte de la población francesa a los "inmigrantes", obligatoriamente "musulmanes", por consiguiente, tentados por "el islamismo" y por tanto hostiles? Y sobre todo, ¿qué pensar de las representaciones intelectuales de quienes poco a poco van creando ese retrato a través de sus artículos?

Ese retrato permite establecer una imagen invertida de la identidad francesa según los medios dominantes. Es la imagen de una Francia perteneciente ante todo a "Occidente", conjunto cultural judeocristiano y democrático cuya acción es globalmente bienhechora para el mundo. Como la población proveniente de África no logra "integrarse" a Francia, hay que llegar a la conclusión de que las diferencias culturales entre el mundo "musulmán" y el mundo "occidental" son muy importantes y, sobre todo, que las civilizaciones son globalmente impermeables. Francia está amenazada por su carácter occidental.

Esa imagen de Francia la aleja de su ideal republicano y la convierte en aliado "natural" de Israel y Estados Unidos en la "guerra" que libran contra el "terrorismo islámico".