La guerra comercial EUA-China y la batalla por la Red 5G

Oscar Ugarteche, Armando Negrete


A mediados de enero de 2018, el presidente de EEUU le declaró la guerra comercial a China con el anuncio de la imposición arancelaria del 20% para importaciones de lavadoras y del 30% para paneles solares. En marzo, aplicó un gravamen a las importaciones de acero de 25% y de aluminio de 10%. A partir de entonces, desde abril, EEUU y China se encuentran enfrascadas en la mayor guerra comercial de la historia.

A mediados de enero de 2018, el presidente de EEUU le declaró la guerra comercial a China con el anuncio de la imposición arancelaria del 20% para importaciones de lavadoras y del 30% para paneles solares. En marzo, aplicó un gravamen a las importaciones de acero de 25% y de aluminio de 10%. A partir de entonces, desde abril, EEUU y China se encuentran enfrascadas en la mayor guerra comercial de la historia. Con represalias tomadas por China a cada agresión. En diciembre de 2018, en el marco del G20 en Buenos Aires, los dos países acordaron una tregua de 90 días a las agresiones arancelarias e iniciaron pláticas para negociar un acuerdo.

El tema de fondo es que el déficit externo estadounidense crece incesantemente desde hace dos décadas. Desde que China abrió su comercio internacional en 1990, EEUU decidió utilizar outsourcing y fabricar en zonas de procesamiento exportador en China para abaratar costes. Todo indica que los chinos realizaron ingeniería de reversa a los productos que se fabrican en dichas zonas y han logrado desarrollar una tecnología propia; fue el mismo camino que utilizara primero Japón y luego Corea del Sur. La consecuencia es, sumada a su política educativa, que ahora China está a la cabeza de la innovación tecnológica mundial. El ejemplo es la red 5G

De abril de 2018 a febrero de 2019 se han librado cuatro rondas de alzas arancelarias entre ambos países, y el impacto ha resultado contraproducente para el agresor. Las exportaciones estadounidenses a China han disminuido 13%, entre febrero y noviembre de 2018, mientras que las importaciones han aumentado 16%, en el mismo periodo (ver gráfico). Los saldos estadounidenses son: un incremento del déficit comercial; una prolongación de la bajada de la competitividad comercial; y una disminución de su productividad, provocada por el aumento de los precios de los productos intermedios importados. Las empresas estadounidenses compran sus partes y piezas en China, ahora gravadas por el gobierno americano, mientras que los chinos gravan productos finales que, finalmente, podrían dejar de importar.

Seguido al decreto de la tregua arancelaria se iniciaron rondas de negociación. La primera reunión entre el representante de comercio de EEUU, Robert Lighthizer, y el vice primer ministro chino, Liu He, se sostuvo en Washington, el 30 y 31 de enero de 2019. La segunda reunión de negociaciones se llevó a cabo en Beijing, el 14 y 15 de febrero, y el ánimo, según las declaraciones del ejecutivo estadounidense, parece más positivo. Aún se espera una última reunión a la última semana de febrero. El umbral acordado es el 1 de marzo. Si a la fecha no se ha llegado a ningún acuerdo comercial, EEUU advirtió que procederá a elevar del 10% al 25% por ciento los aranceles sobre importaciones chinas, equivalentes a 200 mil millones de dólares adicionales.

Las exigencias estadounidenses centrales son: un incremento en las importaciones de China de productos estadounidenses; aumentar la protección a la propiedad intelectual; poner restricciones a China en la inversión en tecnología; fortalecer la regulación en la transferencia de tecnología; atender la protección y regulación cibernética; y en menor medida temas relacionados con agricultura, subsidios y serviciO. En el corazón de esto están la pérdida de la competencia tecnológica y la caída de la productividad de la economía estadounidense. Estas exigencias son imposibles de cumplir porque China tiene una política productiva desde hace décadas y entiende que, en el mercado libre, el más fuerte gana. Ellos son ahora los defensores de esto.

Una expresión de la condición real de la pérdida de competitividad estadounidense son los juicios y ataques contra la empresa china de telecomunicaciones Huawei. La detención de Meng Wanzhou su CFO, e hija de Ren Zhengfei, presidente dueño de la empresa, por supuesto comercio ilegal con Irán, robo de tecnología y violación de los derechos de autor, es en realidad un intento por bloquear la venta de la red 5G, en el mercado desde octubre de 2018. Esta tecnología corresponde a la quinta generación de la red de internet, de la conectividad inalámbrica de los objetos y de las telecomunicaciones. Su implementación permite una conectividad 100 veces mayor que 4G, lo que revolucionará el internet de las cosas. La 5G es un nuevo paradigma tecnológico al que EEUU ha llegado tarde con la empresa AT&T.

En el caso Huawei, EEUU ha boicoteado el 5G con misiones a los países que están considerando su compra, y ha conseguido, en nombre de la seguridad nacional americana, que Alemania, Inglaterra, Australia y Nueva Zelanda no le compren a Huawei. AT&T debe sacar su 5G pronto mientras que en China ya está operativo. Los nuevos celulares Huawei ya son para la red 5G. Lo más probable es que EEUU continúe el acecho a la economía china y de Huawei específicamente. El problema de fondo es: ¿hasta dónde va a llevar EEUU su falta de competitividad y retraso tecnológico, acusando al resto de sus propios problemas? ¿Hasta cuándo va a culpar al resto del mundo de su sobre-consumo?

Oscar Ugarteche, investigador titular, IIEc-UNAM, SNI / CONACYT, coordinador del obela.org.

- Armando Negrete, IIEc-UNAM, miembro del obela.org

 

América latina en movimiento (ALAI) - 20 de febrero de 2019