Hiroshima hizo querer tener la bomba

Marcelo Justo Fuente: Página 12 [i]Después de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki, eln status de superpotencia cambió por completo. Para ser importante se necesitaba tener la bomba. Eso llevó, y sigue llevando, a la carrera nuclear y la proliferación, dice el especialista Gerard de Groot a Página/12.[/i]

Cuando el 6 de agosto a las 8.15 de la mañana Estados Unidos lanzó una bomba atómica en Hiroshima, cambió para siempre una de las actividades más antiguas del ser humano: la guerra. Durante el medio siglo de Guerra Fría que siguió, la posibilidad de un enfrentamiento nuclear de las superpotencias que acabara con la raza humana fue un fantasma cotidiano. Hoy este peligro está encarnado en los grupos terroristas y su acceso a ingentes masas de plutonio mal custodiado en distintos puntos del planeta. En La Bomba, el profesor de Historia Moderna de la Universidad de Cambridge Gerard de Groot trazó la historia de la aventura atómica desde su nacimiento en los laboratorios de Europa, a principios del siglo XX, hasta la actualidad. En diálogo con Página/12, De Groot se refirió a su impacto histórico y su incierto futuro en esta época de terrorismo global.
–¿Cree que las explosiones de Hiroshima y Nagasaki marcan un antes y después de la humanidad?
–Creo que sí. No ha cambiado el ser humano, que sigue teniendo la misma tendencia de siempre a agredir y dañar. Lo que la bomba cambió fue la capacidad de destrucción que tenemos hoy. Esto crea un cambio cualitativo, que tuvo un efecto paradójico, porque durante décadas esta capacidad de destrucción mutua impidió la guerra. Es decir, la bomba atómica obligó a las superpotencias a resolver pacíficamente sus diferencias. Estas diferencias, comparadas con las que provocaron la Primera Guerra Mundial, eran gigantescas. Y, sin embargo, se resolvieron sin un enfrentamiento nuclear.
–No hay era nuclear sin ciencia. En este sentido, ¿no rompen Hiroshima y Nagasaki con el postulado optimista de la Ilustración, que hablaba de un progreso indefinido de la mano de la educación y la ciencia?
–En cierta medida sí. Pero es interesante observar que el optimismo de la Ilustración sobrevivió a la bomba. Entre los científicos que participaron en la construcción de la bomba había una mayoría que estaban tan enceguecidos por su deseo de conocimiento que no les importaban las consecuencias de su investigación. Había un segundo grupo, más minoritario, que se cuestionaba sobre las posibles consecuencias. En este grupo había algunos que eran optimistas.
–¿Cuáles fueron las consecuencias políticas de este acto?
–La definición de una superpotencia cambió por completo. A partir de este momento, el país que quería tener acceso al status de superpotencia debía tener la bomba. Por eso Stalin estuvo dispuesto a sacrificar a su población para conseguir la bomba. Por eso Francia y Gran Bretaña los siguieron. Y luego China. El corolario inevitable de esto fue la carrera nuclear y la proliferación. El poder de una potencia pasó a depender de la cantidad de armas nucleares que se tuvieran. Esto no tenía ningún sentido a nivel estratégico y militar. Por ejemplo, la bomba termonuclear de los ’50 era tan grande que solo se podía usar en dos ciudades. En el resto del mundo era un total despilfarro de energía. Pero era necesario que cada potencia le demostrara a la otra que podía hacer lo mismo. Algo realmente absurdo, porque el concepto de seguridad por medio de la certeza de una destrucción mutua se podía conseguir con un número reducido de armas. No se necesitaba el arsenal que se montó durante la Guerra Fría.
–En 1970 se firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear. En ese momento cinco países tenían la bomba. Hoy casi el doble de países la tienen. ¿Cree que el Tratado fracasó?
–El Tratado fue un acuerdo entre las potencias nucleares y los países que ya habían decidido que no querían tener armas nucleares. De modo que fue un acuerdo de muchos países para no hacer lo que no pensaban hacer. Los que no lo firmaron fueron los que finalmente construyeron armas nucleares. Casi 30 años después del Tratado, en 1998, Pakistán reveló que había llevado a cabo cinco pruebas nucleares y que esto era necesario por la amenaza que representaba India. Y Corea del Norte e Irán siguen teniendo aspiraciones nucleares.
–Sin embargo, en algunos países tuvo éxito. Toda América latina ha adoptado el tratado que, en los casos de Argentina y Brasil, significó renunciar a sus aspiraciones de formar parte del club nuclear.
–Sí, es cierto. Ahí se notó el poder específico de Estados Unidos en la región para persuadir u obligar a seguir una determinada política. Fue una combinación del consenso internacional que encarnaba el tratado con la fuerza geopolítica de Estados Unidos que permitió ese éxito particular.
–Una de las consecuencias de la Guerra Fría es que la única manera de un Estado de ganar status de superpotencia o ciertos márgenes de independencia es tener armas atómicas.
–En efecto. Si hoy en día un país quiere tener un margen de autonomía, un camino será el de las armas nucleares. Yo creo que es trágico que Corea del Norte o Irán adquieran armas nucleares. Pero entiendo perfectamente por qué las quieren. No creo que sea para usarlas. Las quieren porque han visto cómo funciona la disuasión nuclear. De modo que les sirve para ganar cierto nivel de independencia respecto de Estados Unidos. La disuasión funcionó a nivel de Estados. Planteó incluso algunos razonamientos sorprendentes, como el del general francés Pierre Marie Gallois, que sugería que no debía haber ninguna restricción al club nuclear, porque la mejor manera de asegurar la paz en todo el mundo era que todos tuvieran armas nucleares.
–Muchos perciben a Estados Unidos como parte del problema. No sólo no está reduciendo su arsenal nuclear, sino que está hablando de construir una nueva generación de armas mininucleares para perforar bunkers. Esta proliferación se ha visto también en las guerras de Kosovo, Afganistán e Irak cuando se usó uranio empobrecido.
–Creo que ésta es una política muy irresponsable. El actual gobierno estadounidense quiere crear una diferencia entre armas nucleares peligrosas y útiles. Se rescata a estas últimas como útiles en la guerra contra el terrorismo. En el fondo creo que todavía no hemos comprendido por qué la Guerra Fría y la disuasión nuclear funcionaron como lo hicieron. Sabemos que estas armas no se usaron. A su manera hubo paz. Pero esto no es un ejemplo que se pueda usar para la actual amenaza que plantean grupos terroristas que no dependen de ningún Estado.
–¿Cómo ve el futuro de la era nuclear?
–Creo que estamos en una etapa mucho más preocupante que durante la Guerra Fría, en la que había equilibrio y racionalidad. A menos que resolvamos el tema del terrorismo, pronto estos grupos irregulares tendrán acceso a este tipo de armas. Hay suficiente plutonio en el mundo para que esta sea una amenaza terrible.
–¿Cuán fácil es para un grupo terrorista tener acceso a plutonio y convertirlo en un arma nuclear?
–Un grupo terrorista no necesita una bomba demasiado sofisticada para causar un daño masivo. Este material es tan mortífero que incluso si se tiene un vaso de plutonio y se lo hace explotar en el medio de una ciudad como Nueva York se pueden matar a 20.000 personas. Y volvería a una buena parte de la ciudad inhabitable por mucho tiempo. El gran problema es si el plutonio que tenemos está bien custodiado. Hay mucho plutonio que, en algunos casos, se encuentra en países inestables como Pakistán. Y en otros, como en Rusia, son custodiados por gente que cobra salarios de hambre y que, por tanto, son vulnerables al soborno y la corrupción.