“Hay que mejorar la articulación del sistema científico”


Ana Franchi, la investigadora en Química del CONICET y la UBA habló con TSS sobre los ciclos de crisis y reconstrucción que atravesó el sector de ciencia y tecnología, la situación actual y las políticas que debería implementar la próxima gestión para empezar a recuperar un área desmantelada.

La primera crisis que le tocó atravesar a Ana Franchi como científica fue en los años ochenta. Por entonces, había iniciado su carrera en el CONICET como becaria, en plena dictadura. “Cuando entrábamos, teníamos que llenar un formulario para la SIDE”, recuerda, casi cuatro décadas más tarde. Fue becaria hasta 1987 y en esa época había que renovar la beca doctoral a los dos años y la posdoctoral cada tres meses. “Íbamos al CONICET y un señor te decía ‘vos seguís, vos no’. Los salarios eran muy malos y no teníamos obra social”, cuenta.

Franchi es doctora en Ciencias Químicas y dirige el Centro de Estudios Farmacológicos y Botánicos (CEFYBO–CONICET/UBA), un instituto que también atravesó cambios y crisis. Se creó en 1974 como Centro de Estudios Farmacológicos y de Principios Naturales (CEFAPRIN) y tenía sede en el barrio porteño de Belgrano. En 1982 se mudó a Villa Crespo, en 1989 cambió su nombre y en el año 2005 se fusionó con otro instituto (CIBIERG) para aterrizar en su sede actual, dentro de la Facultad de Medicina de la UBA.

Dado que para entender el presente hay que comprender el pasado, la primera parte de la conversación de Franchi con TSS giró alrededor de las crisis anteriores del sistema científico y de qué formas se fue saliendo de ellas. En tanto, en la segunda parte se abordó el desmantelamiento actual del sistema científico y qué medidas deberían tomarse para reconstruir y mejorar lo que había.

Crisis

Los primeros años del retorno a la democracia no fueron fáciles para ningún área del Estado. En el CONICET, los ingresos a carrera estaban frenados y la hiperinflación de 1989 terminó de complicar la situación. “Nos tuvieron que dar un aumento del 175% por cómo estaban los salarios. Ni hablar de los subsidios para investigar. Mucha gente se fue y no volvió más”, señala Franchi.

“Por primera vez, habíamos tenido un reconocimiento a nuestra actividad a través de la creación de un ministerio”, recuerda la investigadora con respecto a la creación del MINCYT, en el año 2007.

En los noventa, durante los dos gobiernos de Carlos Menem, la situación no mejoró demasiado. La visión de la ciencia y la tecnología como algo casi decorativo se resumió en la recordada frase de su ministro de Economía, Domingo Cavallo, que mandó a los científicos a lavar los platos. “Por eso el gobierno de la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación significó una esperanza para muchos –dice Franchi–. Pero fue un desastre. El famoso ‘plan Caputo’ implicaba el cierre del CONICET y ahí salimos todos a la calle”.

Fue la movilización más masiva antes de las que sucedieron en los años del macrismo, pese a que la planta de investigadores era mucho más reducida que la actual. “Científicos de mucho prestigio, como Eduardo Charreau, salieron a defender el CONICET. En el medio, había unas 400 o 600 personas, no recuerdo bien, que habían sido aprobadas para ingresar a carrera y no entraban. Tomamos el CONICET varias veces. Cuando la Alianza cayó empezaron a entrar a cuentagotas”, cuenta la científica.

En el año 2002, Charreau, quien había sido discípulo del premio Nobel Bernardo Houssay, asumió la presidencia del CONICET. “Yo no coincidía políticamente con él pero defendió la institución de manera admirable y fue inspirador de muchas vocaciones científicas, incluyendo la mía. Sus clases eran maravillosas. Siempre que tenía alguna situación crítica, le decía: ‘Doctor, usted me tiene que ayudar porque yo estoy acá por culpa suya’”, recuerda Franchi y le brillan los ojos.

Reconstrucción

“Cuando llegó Néstor (Kirchner) al gobierno y nombró a los científicos en su discurso de asunción no lo podíamos creer. Después de lo que habíamos atravesado, nos parecía insólito que un presidente nos valorara en un contexto de crisis”, dice franchi. Una de las medidas fue el aumento de salarios y de las vacantes para ingresar al CONICET. Llegó un momento en que, debido a las fugas de cerebros previas, no había suficientes doctores. Para responder a esa demanda, entre 2005 y 2011 se quintuplicaron las becas doctorales y posdoctorales, y se triplicaron los ingresos a carrera.

“En una segunda etapa, ya con Cristina (Fernández), hubo una fuerte inversión para la ampliación y construcción de nuevos edificios. También se apostó a la federalización y se crearon muchas unidades ejecutoras en las provincias. También se impulsó el Plan Raíces para recuperar a los científicos que habíamos perdido”, destaca.

“Considero que el investigador no puede hacer de todo para seguir trabajando”, sostiene Franchi.

Franchi resalta la apuesta por iniciativas tecnológicas de envergadura en el área nuclear y el proyecto Arsat, que convirtió a la Argentina en uno de los diez países del mundo con capacidad de fabricar un satélite geoestacionario de telecomunicaciones. “Cuando se lanzó el Arsat, festejé como si hubiéramos salido campeones en un mundial de fútbol. Eso también crea patriotismo y vocaciones científicas, es una muestra clara de que nuestro trabajo no es solo sacar papers, sino contribuir a mejorar la vida de la gente”.

Destrucción

Esta semana se cumplió un año de la degradación del Ministerio de Ciencia a Secretaría. Más allá del recorte presupuestario, ¿en qué afectó esta medida en particular?

Nos afectó como investigadores que, por primera vez, habíamos tenido un reconocimiento a nuestra actividad a través de la creación de un ministerio, que es algo que siempre habíamos reclamado. Ni siquiera fue una cuestión presupuestaria, porque la inversión ya venía bajando en los años anteriores. Incluso, dentro de esa estructura quedó la misma cantidad de gente y, según dijeron, los ministros que pasaban a ser secretarios iban a mantener sus salarios. Entonces, sacar los ministerios de Ciencia, Trabajo, Salud y Cultura fue más que nada un guiño al FMI. Fue un castigo casi ideológico porque sacaron los ministerios creados por Cristina y los que creó Perón.

En medio del ajuste presupuestario se habló mucho sobre las cosas que hacen los investigadores para poder trabajar, como ir a un programa de televisión, recaudar entre ellos para comprar equipos y encargarse de las tareas de limpieza por el recorte del personal. Al mismo tiempo, surge la disyuntiva de hasta dónde el científico tiene que hacer de todo para seguir trabajando. ¿Qué piensa al respecto?

Si bien muchas veces tengo que comprar el alimento para los animales de laboratorio o adelantar dinero para un proyecto porque se retrasan las partidas, a pesar de que con la devaluación nunca recuperás todo, considero que el investigador no puede hacer de todo para seguir trabajando. Hacemos ciencia en un país periférico, con subsidios que aún en los mejores tiempos no se asemejan a los de los países más desarrollados, con salarios que están por debajo de lo que gana un profesional en una empresa. ¿Encima tenemos que bancar con plata de nuestro bolsillo? Si hacemos esas cosas, además de reemplazar de alguna manera el trabajo a otra persona, dejamos de producir. Aunque también entiendo que hay investigadores que dependen de eso para avanzar en la carrera y no les queda otra.

De todos los aspectos de la crisis actual, ¿qué es lo más preocupante?

La pérdida de recursos humanos, porque no solo los perdemos, sino que no inspiramos a que otros quieran entrar. ¿Cómo hacemos para decirles que apuesten a que esto va a estar mejor y va a durar, si cuando estaba funcionando cayó en picada? También hay que tener en cuenta que ahora hay una infraestructura más grande que hay que mantener y recuperar. Y todo esto habrá que hacerlo en un país donde la mitad de los chicos son pobres. No hay dudas de que eso es prioridad, pero sin desarrollo científico tampoco habrá un despegue autónomo del país. Los problemas de pobreza y de salud no se resuelven solo con presupuesto, también es necesario el trabajo de los cientistas sociales. Si los chicos no tienen vacunas y no comen, ¿qué hacemos primero? Lo mismo para implementar proyectos como Vaca Muerta o de minería: ¿Cómo hacemos para que en vez de exportar materia prima sea una oportunidad para el desarrollo científico, sin generar, a su vez, un terrible impacto ambiental y en la población? Tenemos muchas deudas en el sistema científico, no todo se hizo bien. El federalismo es una de ellas, también la articulación entre sectores y lograr una mayor equidad de género.

“Mandar a alguien joven a hacer ciencia a una mesada vacía es mandarlo al muere”, dice Franchi.

Asignaturas pendientes

Con respecto a esas deudas, en la cuestión de género, ¿cuáles son los principales problemas que enfrentan las científicas?

Si bien hay un 53% de mujeres como investigadoras de CONICET y un 60% de becarias, sabemos que la mayor parte de las tareas de cuidado recaen en ellas, el cuidado maternal no está resuelto. Las becarias ni siquiera tienen un plus por guardería y gozan de licencia por maternidad desde hace pocos años, a partir de la gestión de Dora Barrancos en el directorio del CONICET. Actualmente, hay un 23% de mujeres en el rango de investigadores superiores, un 25% de directoras de institutos y solo una mujer en el directorio del organismo. Hay 60% de egresadas universitarias pero apenas un 11% de rectoras. En algo tan meritocrático como la ciencia los cupos espantan. Pero parece que sin cupo no llegamos, porque tenemos mayoría de mujeres desde 2007 y eso no se traslada a los lugares de decisión.

En cuanto a impulsar una mayor federalización, ¿cómo se resuelve?

Creo que no puede ser solo una decisión del CONICET, tiene que haber una articulación con las provincias. Mandar a alguien joven a hacer ciencia a una mesada vacía es mandarlo al muere. Como todo junto no se puede hacer, tal vez habría que privilegiar a algunas provincias, fortalecerlas, y cuando eso ya haya empezado a activarse, seguir con otras. Si puedo ofrecer un lugar donde alguien puede crecer, donde va a tener un cargo en una universidad, donde la provincia va a ayudar en el acceso a la vivienda, va a ser más tentador. La federalización tiene que ser por premio y no por castigo. Para lograr eso, tiene que planificarse de forma consensuada con provincias y municipios.

¿Cómo aceitar la articulación entre el sector público y privado? En los años en que había una inversión sostenida daba la impresión de que había muchos proyectos tecnológicos pero el resultado no fue el esperado.

Primero hay que mejorar la articulación del sistema científico. En el gobierno anterior hubo un proyecto de crear un instituto donde se sentaran los presidentes de todas las instituciones (y yo sumaría a los rectores) para pensar proyectos comunes. Con respecto a la transferencia, la tecnología necesita de la demanda. Y para que haya demanda tiene que haber una decisión del Estado pero también un conocimiento por parte de las pymes y empresas de que nosotros podemos contribuir a resolverles problemas. Crear nuevas empresas del estilo de Y-TEC es una opción. También habrá que cambiar algunas formas de evaluación. Si un investigador va a la empresa y tiene que aprender ese lenguaje, y además tiene que publicar papers, no va a andar. Otra posibilidad es que haya un área de asesoramiento a pymes con investigadores y técnicos, para que el empresario pueda acercarse a consultar.

Si las políticas de ciencia vuelven a ser prioridad, ¿por dónde habría que empezar a reconstruir el sistema?

Yo creo que lo salarial es fundamental porque hoy los más jóvenes no pueden pagar un alquiler. No solo los becarios, los investigadores también están muy apretados. Y si los más grandes también ganan poco, lo que ven hacia el futuro no va a inspirar a nadie. La otra parte es el mantenimiento de los institutos y la mejora de los subsidios para investigación.

Hasta hace unos años, la fuga de cerebros era un fantasma del pasado que podía volver, pero todavía se veía como algo más de mediano plazo. ¿En qué medida está sucediendo?

Vemos una fuga de cerebros y lo único que retiene un poco eso es que el entorno internacional no es tan bueno como en otros momentos para irse. Pero igual los mejores consiguen algo y se van. Si bien es muy importante que vayan a hacer posdoctorados afuera, tienen que tener la opción de poder volver a un sistema sólido que les ofrezca ciertas garantías. De los que se fueron a hacer posdoctorados de mi instituto, por ahora ninguno tiene intenciones de volver. Eso es lo preocupante.

 

UNSAM (TSS) - 5 de septiembre de 2019