No es la fuerza, es la cultura

 

Las diferencias biológicas existen pero no explican por qué los chicos juegan al fútbol y las niñas con muñecas. Tampoco que las mujeres perciban salarios más bajos que los varones o que en la mayor parte del mundo jamás haya habido una gobernante de sexo femenino. Las desigualdades, dicen Alejandro Grimson y Eleonor Faur, se explican por motivos culturales antes que por diferencias hormonales. Adelanto de Mitomanías de los sexos de Siglo XXI.

Para ellas, ni Justicia

A pesar de que las mujeres son mayoría dentro del Poder Judicial, donde ocupan un 55 por ciento de los puestos, siguen sin poder llegar a los cargos más altos. La cultura patriarcal y los estereotipos de género son dominantes y mantienen el límite que impone el llamado “techo de cristal” que dificulta el ascenso. Las trabajadoras judiciales se concentran en los cargos de secretaria y son cada vez más a medida que se baja en el escalafón, hasta las funciones administrativas. En las Cortes y Superiores Tribunales de todo el país acceden al 22 por ciento de los lugares, 33 por ciento llegan al cargo de camaristas y hay 44 por ciento de juezas de primera instancia. En el fuero federal –de alcance nacional y, a veces, de gravitación política– la proporción es más baja, con 24 por ciento de camaristas y 34 por ciento de juezas. Estos son algunos de los datos que surgen del Mapa de Género, un relevamiento que desde 2009 repite todos los años la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema. En base a este y otros estudios se diseñan estrategias en busca de cambios y una mayor inserción de mujeres en los niveles jerárquicos.

Equidad de género, mercado de trabajo y sindicalismo en Argentina

En las últimas décadas, se evidenciaron en nuestro país importantes avances en la inclusión de la perspectiva de género en la legislación, las políticas públicas y la normativa de regulación de las relaciones laborales. A su vez, se crearon organismos especializados en temas de género y aumentó la participación femenina en los sindicatos a partir del aumento en la inserción laboral de las mujeres y de la sanción de la ley de cupo femenino. A pesar de ello, aún se está lejos de una inclusión significativa de la perspectiva de género en la política sindical y en los ámbitos de negociación colectiva.

Mujeres y mujeres. De la discriminación de mujeres por parte de otras mujeres

Hace unos años se publicó un texto en el que Bidart Campos y Guido Risso compilaron trabajos doctrinarios en distintas ramas del Derecho bajo el título: “Los Derechos Humanos del siglo XXI. La revolución inconclusa”. Con esa última frase de tres palabras, los compiladores acertaron en dos señalamientos ineludibles: a)que el paradigma sobre el que se asentó la lucha por la juridización de los derechos humanos implica un cambio revolucionario frente a toda ideología fundante tanto de criterios de solución economicista, como de políticas discriminatorias por motivo de sexo, clase, credo, o pensamiento; b)que este cambio radical en el eje de sustentación de las políticas públicas no concluye con la sanción de un sistema de normas en tal sentido, sino que, de consuno, éste es un elemento instrumental de cambios concominantes –presentes y a futuro- en las decisiones políticas y en el espacio social. En ambos planos se establecerá la lucha por concretar lo normado constitucionalmente en materia de DDHH frente a un concurso de paradigmas opuestos y a un consenso manipulado sobre el riesgo de desestabilización que el referido cambio de situación impone a intereses y certezas propias de un orden de ideas para las que el nuevo paradigma resulta revulsivo.

Victoria Ocampo (1890-1979): cruces entre feminismo, clase y elite intelectual

Este artículo se propone recorrer tres aspectos de la biografía de la escritora Victoria Ocampo (1890-1979), conocida como la fundadora y directora de la revista Sur de Buenos Aires. En primer lugar, sus preocupaciones en torno a las concepciones de lo femenino. En segundo lugar, su membresía a los sectores social y económicamente acomodados. Por último, su concepción de elite intelectual –“aristocracia del buen gusto”– que desarrolló a través del proyecto Sur tanto revista como editorial.
Ocampo mantuvo conexiones personales con los distintos movimientos feministas que surgieron a lo largo del siglo XX, a pesar de que su única participación explícita en ellos fue el breve paso por la presidencia de la Unión Argentina de Mujeres entre 1936 y 1938.