EUA, en un balance de fuerzas más que inestable

Marcelo Cantelmi
La ofensiva militar de Barack Obama en Siria cubre dos dimensiones que pueden constituir una paradoja. Es el mayor ataque lanzado hasta ahora contra la banda del ISIS –que es el principal y más letal enemigo del régimen pro-iraní de Bashar Al Assad– a quien Washington pretende derrocar-. El hombre fuerte de Damasco celebró, con cierta ingenuidad, esa aparente contradicción por el beneficio que espera en el balance de fuerzas de la guerra que se libra en el país. Pero, sus socios estratégicos, Irán y Rusia, se tomaron la cabeza contra una ofensiva a la que le adivinan objetivos que posiblemente excedan la narrativa de la Casa Blanca. Hay razones para la suspicacia. El ataque a territorio sirio se hizo sin aviso ni acuerdo con el régimen, salvo que se tome de ese modo la advertencia que sí existió de EE.UU. a Damasco para que no toquen a sus aviones de guerra.

Es cierto que hay quienes suponen que esta extensión de los bombardeos contra el grupo yihadista que controla amplios espacios de Siria e Irak conviene a los intereses de Assad, que dejó primero arteramente crecer a la banda yihadista para advertir demasiado tarde el tamaño del monstruo que se le había instalado. Ahora ese armado se repite. Lo que sus aliados ven, en especial Irán, es una superposición explosiva de intereses en la alianza occidental. Es elocuente el dato de que sólo en la primera noche, EE.UU. descargó sobre Siria más bombas que todas las que lanzó durante las más de 160 incursiones a lo largo de semanas de fuego sobre Irak.

En esa línea, Henry Kissinger, cuya voz no es sólo la suya, acaba de precisar de qué va todo esto en opinión del real establishment mundial: “Las fronteras de 1919 están colapsando. Eso le da a Irán un poderoso nivel estratégico -dijo- Y por eso es un problema mayor que el ISIS. El ISIS es un grupo de aventureros con una ideología muy agresiva. Pero tienen que conquistar mucho territorio antes de ser una realidad estratégica permanente.

Confrontar con ellos es mucho más manejable que hacerlo con Irán”.

La alianza que constituyó la Casa Blanca incluye un manojo de importantes enemigos regionales de la dictadura siria y, por cierto, de su tutor iraní. Entre ellos, todos reinos, destaca Arabia Saudí que libra una crónica guerra fría con la teocracia de Teherán. Ese choque no abreva sólo en las diferencias religiosas entre estos contendientes como se supone en Occidente.

La corona de Riad es wahabita, la variante estricta del sunnismo islamista que profesaba entre otros Osama Bin Laden y que, como hace el ISIS, corta cabezas, lapida mujeres o encarcela a quien se atreva a hacer oposición política.

Irán, en cambio, es shiíta, la minoría en esta religión, que considera al sunnismo “una piedra en la garganta del islam”. Pero lo que palpita en el trasfondo es mucho más que una disputa religiosa en una región marcada por décadas de inestabilidad y guerras.

Un ejemplo de ese pragmatismo lo brinda la corona de Bahrein, otro de los aliados militares de la ofensiva norteamericana y donde Washington tiene el asiento de su V flota con la que vigila el Golfo Pérsico.

En 2011, en plena oleada del fenómeno de la Primavera Arabe, que fue la irrupción de las masas en demanda de cambios republicanos en esos países, una preocupada Riad envió un gigantesco ejército a ese principado medieval vecino. Lo hizo forzando un tratado binacional de defensa para sofocar una enérgica rebelión que unía a shiítas y sunnitas en la Plaza de la Perla, en la capital Manama, contra la nobleza y sus privilegios.

El episodio dejó una enseñanza respecto de hasta dónde se está dispuesto a llegar en la región para impedir que una alternativa republicana releve a esas autocracias vetustas.

Como se sabe, el ISIS nació en Irak tras la invasión de EE.UU. de 2003, pero se multiplicó en la insurrección de Siria que comenzó en 2011. Allí operó como una fuerza brutal contra el régimen y, de igual modo, contra los rebeldes que, como en Bahrein, pretendían imponer formas democráticas. Es ese lugar vertical el que da vida y poder a este grupo que funcionó como el brazo armado de intereses objetivos claramente enemigos de Damasco y de Teherán. Pero también se erigió en una traba a cualquier salida “popular” y a sus efectos dominó en la región. La banda logró luego un grado de peligrosidad que enfureció a quienes la habían puesto en la incubadora. De ahí las sospechas de que la actual ofensiva contra el ISIS sólo pretenda ponerle la cadena pero no necesariamente matar al perro.

La ausencia de Turquía, miembro de la OTAN, en este armado es otro dato sugestivo. Ankara enfureció con The New York Times, que reveló cierta displicencia premeditada en el control de los yihadistas. Ese país desespera porque esta crisis le brinda fuerza nueva a sus enemigos kurdos que buscan crear su propia nación en el norte iraquí y en el noreste de Siria. Es una cuestión intolerable que deja al ISIS como un mal menor, aunque esa banda pretenda disputarle a Ankara el liderazgo sobre todo el mundo sunnita. El lugar de Turquía en este tejido también lo revela la forma en que negoció, con ayuda de Qatar y un ex vicepremier iraquí, férreo enemigo de Irán, la liberación por parte del ISIS de 49 diplomáticos secuestrados a cambio de medio centenar de milicianos retenidos por otra banda ultraislámica.

Se necesita más que voluntad para negociar en esos submundos.

Estas observaciones revelan que la campaña militar no acabará con la amenaza terrorista y puede enervar las tensiones en la región. Vale el dato repetido de que no basta con ataques aéreos. Si la intención es combatir con éxito al integrismo, se debería sumar a Irán y despachar tropas en tierra.

En Siria esas son las del régimen, no hay otras, salvo que EE.UU. envíe las suyas, cuestión que no conviene descartar.

Lo cierto es que si entran Damasco o Teherán se cae la alianza que forjó Obama con los reinos árabes. Esa fragilidad deja a la vista otra pérdida: la operación en Siria perforó una estrategia que la amenaza terrorista había insinuado en Irak sobre el enfriamiento de antiguas rivalidades para enfocarse en un enemigo superior y común. La peor tragedia es que ese rompecabezas de intereses bloquea la única fórmula que podría acabar definitivamente con esta barbarie oscurantista. Se trata del desmonte de las razones sociales que la hacen posible. Eso es con democracia, derechos individuales, inversiones y la construcción de un futuro que hoy como antes sigue cancelado.

Clarín - 27 de septiembre de 2014