¿Es posible un viraje hacia la sensatez económica?

Ricardo Aronskind


Los intereses dominantes llevan a situaciones sin salida.

Los dos experimentos neoliberales anteriores al actual terminaron muy mal.

Sin embargo comenzaron con una enorme cuota de poder, que auguraba que sus planes gubernamentales podrían ser fácilmente implementados y que alcanzarían a lograr las metas económicas y sociales que se habían propuesto.

Sus resultados económicos finales fueron malos en muchos sentidos, pero especialmente catastróficos en cuanto a la salud del sistema financiero local y a la solvencia externa del país.

Al comienzo de esos experimentos, que se proponían un amplio espectro de cambios económicos, institucionales y legales, era difícil advertir cuales eran sus debilidades y en qué dirección se encaminarían finalmente.

Modernización, eficiencia, competitividad

En la dictadura cívico-militar, según los dichos del principal ministro de economía, José A. Martínez de Hoz, el objetivo era una amplia transformación y modernización de las estructuras productivas, una reducción del tamaño del Estado para ganar en eficiencia operativa y la introducción de prácticas económicas que promovieran la competencia y la competitividad internacional.

En ese momento inicial era difícil prever que, luego de cinco años de gestión, la economía no mostraría signos de crecimiento, la inversión real seguiría sostenida por la obra pública, el único sector económico realmente exitoso en términos de rentabilidad sería el financiero y el país habría acumulado una deuda que se volvería impagable de la mano de las enormes tasas de interés promovidas por el Tesoro norteamericano. También quedaron fuertemente endeudados las empresas y los particulares.

De la prometida modernización y eficientización productiva casi nada se había logrado, debido a que el valor del dólar surgido del manejo monetario y cambiario del Banco Central era tan barato, que cualquier inversión en sectores competitivos con el mercado mundial era un verdadero sinsentido microeconómico. No sabemos cuan serios eran originariamente los objetivos de transformación productiva, sí que fueron sacrificados en el altar de la “libre movilidad de capitales”, reclamada tanto por la banca internacional como por el alto empresariado local.

Cualquier proyecto productivo que haya habido dentro de las cabezas del Proceso, perdió ante el entusiasmo especulativo por el cual la valorización financiera se impuso sobre la inversión productiva. La dinámica financiera que se abría paso en el capitalismo global encontró terreno fértil en buena parte de la periferia, cuyos gobiernos, por distintas razones, ofrecieron sus países para las colocaciones financieras de los excedentes monetarios del norte. El efecto fuertemente distorsivo de esos ingresos masivos de dólares llevó al fracaso estrepitoso de cualquier estrategia productiva. Eran los tiempos de la década perdida para América Latina, según la CEPAL.

Más modernización y más competitividad

Durante el menemismo y su continuación en la breve gestión de la Alianza, también apareció la idea de la transformación productiva, de mejorar la competitividad de la economía, de promover un shock de inversiones. El programa económico que lideró Domingo Cavallo casi no dejó aspectos sin tocar en materia laboral, impositiva, regulatoria, para crear las condiciones propicias para el salto modernizador esperado. Las privatizaciones, hechas a medida de los acreedores externos y de las grandes empresas locales, fueron por el contrario una medida des-alineada con el objetivo de la competitividad externa, porque crearon costos internos elevados.

Para promover mayor competitividad en las exportaciones locales, se llevó a cero el arancel para la importación de bienes de capital (máquinas, equipos), con el objetivo de inducir una renovación del parque productivo nacional. No puede sostenerse que las diversas áreas de esa gestión, incluso la jurisprudencia de la Corte Suprema en cuestiones económicas, no estuvieran alineadas para crear un entorno pro-empresario y facilitar la consiguiente modernización productiva y una inserción internacional más amplia. La apertura económica hacia las importaciones era presentada como un paso necesario hacia la renovación productiva y la promoción de una salida exportadora.

Sin embargo, todo el esquema estructurado con bastante consistencia sucumbió debido a que el tipo de cambio extremadamente atrasado, combinado con la baja drástica de aranceles llevó a un brutal desequilibrio comercial permanente. El comercio exterior deficitario fue compensando centralmente con endeudamiento creciente, que permitió financiar un consumo local volcado a bienes y servicios importados.

La modernización exportadora diversificada nunca llegó. La comunidad financiera internacional acompañó entusiastamente la política económica, hasta que un endeudamiento explosivo combinado con una pobre performance exportadora los convenció de que lo sensato era cortarle el crédito a la Argentina y no seguir arriesgando fondos, cosa que ocurrió durante el gobierno de De la Rúa.

Al comienzo del proyecto neoliberal noventista, los objetivos eran múltiples, entendiendo que al final de las transformaciones emprendidas surgiría un esquema viable macroeconómicamente. Pero un aspecto central de la política —la apertura financiera indiscriminada, el ingreso masivo de capital especulativo, los ingresos de dólares vía endeudamiento propiciado por propios y ajenos— permitió estabilizar asombrosamente durante 11 años el tipo de cambio en el famoso 1 a 1, que encubría un tipo de cambio real ruinoso para la producción y el trabajo nacional.

Ese tipo de cambio, artificialmente sostenido por el Estado con mecanismos extra-mercado, vaciaba de sentido todo proyecto exportador, alentaba la quiebra de la industria y la pequeña producción agropecuaria y premiaba, en cambio, las actividades de servicios volcadas al mercado interno (de altísima rentabilidad) y por supuesto las actividades financieras.

Lo cierto es que al consolidarse un esquema cambiario y financiero que promovía el endeudamiento para colocar fondos en el mercado local en actividades que no tenían proyección exportadora, se creaban las bases para la crisis bancaria, el derrumbe productivo y el default externo que ocurrirían indefectiblemente.

La repetida pulsión financiera

En ambos casos, el proyecto de transformación, modernización y eficientización productiva sucumbió arrastrado por los negocios financieros de corto plazo, y nadie en el poder hizo nada para que eso no ocurriera.

En ambos casos el grueso del poder económico local, los acreedores financieros externos privados o multilaterales, las multinacionales que se apropiaron de los activos estatales y los gobiernos de los principales países occidentales apoyaron ese rumbo económico.

En ambos casos los principales funcionarios no ignoraban las necesidades del mundo productivo, ni las reglas de equilibrio externo que toda buena conducción macroeconómica debe cumplir para garantizar previsibilidad y estabilidad.

Sin embargo avanzaron decididamente en la desregulación financiera, estimulando la conexión sin trabas entre el modesto mercadito financiero doméstico y el océano financiero internacional, y dejaron que la inundación de dólares financieros impactara brutalmente sobre todo el esquema “modernizador, eficientizador y competitivo”, haciéndolo trizas.

Hace falta simplemente prudencia para entender que los procesos de endeudamiento alocado no conducen sino a crisis externas violentas. No hace falta ser un genio de las finanzas públicas para entender que el Estado no debe ser endeudado, poniendo en riesgo las prestaciones sociales básicas, para que suministre al “mercado” los dólares que este no es capaz de conseguir produciendo riqueza. Ni hace falta ser matemático para comprender que el endeudamiento público no es infinito, y que el sector externo no puede equilibrarse siempre con dólares prestados, sino que debe sostenerse por sí  mismo, mediante la única política viable en el mediano plazo que existe que es sostener e incrementar la capacidad exportadora.

¿Y ahora qué?

La tercera gestión neoliberal también habla de producción, modernización y competitividad. Pero al mismo tiempo, y ante todo, avanzó en la apertura indiscriminada al capital internacional, al cual atrae con las jugosas tasas que ofrece la deuda externa y el endeudamiento del BCRA vía LEBACs.  Es decir, el gobierno inunda con dólares prestados el mercado, con lo cual mantiene un tipo de cambio que desincentiva una salida exportadora, mientras espera el milagro de la inversión productiva que no llega.

No entramos a discutir siquiera la viabilidad de una estrategia exportadora en el actual contexto proteccionista mundial, o la posibilidad de replicar cualquier modelo exitoso sin un Estado fuerte y eficiente.

La pregunta del millón es si, una vez puesto en marcha el mecanismo económico favorito del neoliberalismo local, que es el juego en torno a la llegada de dólares, su apropiación y su salida del país, hay alguna posibilidad de que alguien dentro del poder, dentro del gran empresariado local y de la derecha económica e ideológica, sea capaz de poner el freno a tiempo e introducir algún grado de racionalidad macroeconómica, financiera, productiva y comercial que detenga la marcha de la economía hacia el despeñadero.

¿Es capaz la actual dirigencia política y económica, en función de su propio proyecto de país, de introducir cambios que hagan sustentable macroeconómicamente su modelo?

Recientemente Carlos Melconián mencionó que debería distinguirse entre el dólar común y el dólar para turismo, que debería estar más caro para no estimular la salida masiva de divisas. Tratándose de un hombre que pertenece al espacio neoliberal, sorprendió con una propuesta que, a pesar de ser totalmente insuficiente dado que el agujero de divisas es enorme, toma nota del descalabro potencial al que lleva dejar las principales palancas económicas del país libradas al movimiento caprichoso del volátil capital financiero internacional.

Comprender esa lógica básica lleva a sacar conclusiones que implican, indefectiblemente, acotar los grandes negocios, fáciles y rápidos, que hoy se están haciendo en la Argentina, afectando a actores sumamente influyentes en el gobierno nacional.

Ex profeso no hemos planteado aquí cuestiones distributivas, de inclusión social, de condiciones de vida y de trabajo, o temas ambientales, ni tampoco cuestiones vinculadas a la soberanía o a la integración regional que no forman parte de la agenda de la derecha local.

¿Podría un nuevo equipo neoliberal controlar el festival financiero, evitar la bomba de tiempo que las anteriores gestiones, con hombres de probada confianza del neoliberalismo y del capital financiero de la talla de Martínez de Hoz, Alemann, Cavallo o Roque Fernández no lograron impedir? ¿Serían hoy capaces de promover las capacidades productivas y exportadoras existentes en nuestro país, resguardándolas del mecanismo de arrasamiento al que llevan los experimentos de desregulación financiera? ¿Pueden, a semejanza de sus colegas chilenos, establecer pautas económicas que garanticen una inserción internacional viable, basada en la producción o extracción de riqueza y no en endeudamientos explosivos?

¿O por el contrario, los sectores económicos en que está  apoyado el gobierno de Cambiemos no permitirán ningún viraje racional que afecte su rentabilidad de corto plazo, y todo el experimento acabará en el mismo pozo que los anteriores?

Simplemente queremos plantear la pregunta: ¿hay en el neoliberalismo argentino del siglo XXI espacio para la más elemental de las racionalidades económicas, o el entramado de intereses dominante necesita y provocará situaciones sin salida para la economía y la sociedad?

 

El cohete a la luna