Eichmann, otra vez entre nosotros

Días atrás, en un expediente judicial iniciado por la denuncia de la esposa de Adolf Eichmann, fue hallado el pasaporte con el cual el criminal de guerra ingresó a nuestro país en julio de 1950, emitido por la delegación de la Cruz Roja en Génova, Italia. Eichmann fue secuestrado por agentes del Mossad en un suburbio de Buenos Aires y trasladado en avión, nueve días después, a Jerusalén. Dicho secuestro, sin embargo, omitió las formalidades legales propias de un proceso de extradición y resultó, en realidad, una vulneración dura y manifiesta a la soberanía nacional del Estado argentino. Autor: [b][color=336600]Martín Lozada*[/color][/b]

Días atrás, en un expediente judicial iniciado por la denuncia de la esposa de Adolf Eichmann, fue hallado el pasaporte con el cual el criminal de guerra ingresó a nuestro país en julio de 1950, emitido por la delegación de la Cruz Roja en Génova, Italia.

La denuncia de Veronika Catalina Liebel de Eichmann fue formulada luego de la captura de su esposo en Buenos Aires. La presentación quedó radicada en el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Criminal y Correccional Federal número 1 de la Capital Federal, por aquellos días en cabeza del juez Leopoldo Isaurralde y hoy a cargo de Servini de Cubría.

Pasaporte utilizado por Eichmann

El pasaporte fue detectado accidentalmente, en el marco de un trabajo de tesis desarrollado por un estudiante de la Universidad de San Martín. Diez años después de haberle sido otorgado, en mayo de 1960, Eichmann fue secuestrado por agentes del Mossad en un suburbio de Buenos Aires y trasladado en avión, nueve días después, a Jerusalén.

Allí fue formalmente acusado de quince cargos: crímenes contra el pueblo judío, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, cometidos durante el período nazi y en especial durante la Segunda Guerra Mundial.

Dicho secuestro, sin embargo, omitió las formalidades legales propias de un proceso de extradición y resultó, en realidad, una vulneración dura y manifiesta a la soberanía nacional del Estado argentino, amén de una flagrante transgresión a la ley internacional.

Una vez en suelo israelí, se inició un espectáculo tan particular como el propio juicio de Nuremberg, aunque con la sola diferencia de que en esta ocasión el tema principal sería "la tragedia del pueblo judío". Así, según Hannah Arendt, lo había previsto el propio primer ministro israelí, verdadero artífice del secuestro en Buenos Aires y del posterior juicio.

Desde el punto de vista de la acusación, la historia misma debía ser el objeto alrededor del cual habría de girar el proceso. "En este histórico juicio, no es un individuo quien se sienta en el banquillo, no es tampoco el régimen nazi, sino el antisemitismo secular". Esa fue, expresamente, la directriz fijada por Ben Gurión.

En las páginas de su obra "Eichmann en Jerusalén", la propia Arendt se encargó de destacar que, para Israel, la única nota carente de precedentes que presentaba el proceso judicial consistía en "... que por primera vez desde el año setenta de nuestra era, en que Jerusalén fue destruida por los romanos, podían los judíos juzgar los crímenes cometidos contra su propio pueblo".

El final del juicio es bien conocido: el 15 de diciembre de 1961 se dictó el fallo de pena de muerte. Tres meses más tarde se inició el procedimiento de apelación, que dio lugar a una confirmación tajante de la sentencia recurrida. Días después, a pocas horas de la medianoche, el condenado fue ahorcado, su cuerpo incinerado y sus cenizas arrojadas al Mediterráneo, fuera de las aguas jurisdiccionales israelíes.

Quedan para la historia algunas cuestiones puntuales. Entre ellas, la relativa a la personalidad del acusado a la hora de practicarse el juicio. La filósofa alemana afirmó que cuanto más se escuchaba a Eichmann, más evidente resultaba que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar. Fundamentalmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona.

Que inclusive no era posible establecer comunicación alguna con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros y, por ende, contra la realidad como tal.

Y que, a pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un "monstruo". Por el contrario, para todos los allí reunidos resultó difícil no sospechar que fuera en realidad un payaso.

De allí, justamente, que una de las más importantes lecciones de aquel proceso fue la de advertir que un agudo alejamiento de la realidad y tal grado de irreflexión pueden a veces causar más daño que todos los malos instintos inherentes, quizá, a la naturaleza humana.

*Juez de instrucción y profesor de Derecho Internacional Universidad FASTA, Bariloche, Argentina.

Fuente: Diario Río Negro – 07.06.2007