Corsarios financieros

Ana María Vara
Cuando hablamos de paraísos fiscales, surgen imágenes de lugares remotos, exóticos y exclusivos: las playas de las Islas Caimán o las Bermudas, los palacetes de Mónaco y Luxemburgo, las bóvedas de los bancos suizos. Pensamos en estrellas de Hollywood o en espías, o narcos, o en dictadores o estafadores de alto vuelo. En fin: sitios y personajes peculiares, anomalías. La gran virtud de Las islas del tesoro. Los paraísos fiscales y los hombres que se robaron el mundo es poner en evidencia que lo que parece singular es, en realidad, general: que la rareza forma parte del sistema.

En fin, que los habitantes de las "islas del tesoro" de las que habla el periodista británico Nicholas Shaxson no son piratas sino corsarios: bandidos al servicio de algún reino que recibe buena parte de sus beneficios, mientras se declara incompetente para controlar sus trapisondas.

"Más de la mitad del comercio mundial pasa, al menos en los papeles, por los paraísos fiscales", revela Shaxson. La definición que ofrece es amplia, y proviene de su trabajo en la ONG Tax Justice Network: "Lugar que procura atraer negocios ofreciendo instalaciones políticamente estables que ayudan a personas o entidades a eludir reglas, leyes y regulaciones establecidas en otras jurisdicciones".

El fenómeno es de una magnitud que merece no ya la breve corrección de "guarida", en lugar de "paraíso" -un error de traducción que se arrastra por la confusión entre las palabras "haven" y "heaven", en inglés- sino una terminología más abarcadora. "Mundo extraterritorial", dice Shaxson, y lo que describe se parece bastante a una realidad paralela. Son lugares donde no llegan las leyes. No solo los impuestos: tampoco la regulación financiera, la legislación penal o el derecho hereditario. Y donde no se hacen preguntas.

El recorrido de una banana por el mundo real y el virtual es un buen ejemplo. El camino de la banana es de por sí bastante simple: la recoge un trabajador al servicio de una transnacional en Honduras, la compra una gran cadena de supermercados, la vende una sucursal de Londres. Pero las ganancias generadas son más elusivas. Shaxson imagina la recomendación de los contadores de la transnacional: la red de ventas podría manejarse desde las islas Caimán y los servicios financieros desde Luxemburgo. La marca podría estar localizada en Irlanda, la logística en la isla de Man, sus "competencias de gestión" en Jersey y la filial de seguros en Bermudas.

Esta compleja red permitiría sacar provecho de la legislación más benigna en cada lugar y generar transacciones que permitieran "trasladar las ganancias a un paraíso fiscal con bajos impuestos y los costos a los países con altos impuestos, donde los gastos pueden deducirse de la suma por la que corresponde tributar", en la síntesis del autor. Está claro que ni Honduras ni sus trabajadores tienen chance de quedarse con una porción justa de los ingresos generados.

El ejemplo permite a Shaxson hablar del mundo extraterritorial como nuevo sistema colonial. De hecho, Eva Joly, la jueza francesa del affaire Elf -un vasto esquema de corrupción que involucraba al establishment político de París, hacia donde se descubrió drenaban las ganancias del petróleo de Gabón, con la complicidad local- concluyó su trabajo con la siguiente reflexión: "Me ha llevado mucho tiempo entender que el uso de esas jurisdicciones [los paraísos fiscales] se vincula a la descolonización. Es una forma moderna de colonialismo".

No sorprende, entonces, que el centro del mundo extraterritorial sean la city londinense y Wall Street, en ese orden. Shaxson traza un mapa de las tareas que distintos paraísos fiscales cumplen en función del conjunto y cómo el dinero termina alimentando esos grandes centros financieros. Y, con datos respaldados por el Banco Mundial, explica también que los narcos y el terrorismo usan los mismos mecanismos que las grandes empresas: bancos pantalla, trusts o fideicomisos y empresas fantasma.

El extraterritorial es un mundo que ayuda a los grandes a hacerse enormes y a disfrutar los beneficios de vivir en sociedad (seguridad, salud, educación, infraestructura) sin retribuir de manera equitativa, mientras aumenta la carga impositiva en las espaldas de quienes no pueden acceder a él. Por eso es una de las causas de la creciente desigualdad, que hoy afecta no sólo a los países en desarrollo sino incluso a la tierra de las oportunidades, Estados Unidos.

También contribuye al riesgo financiero global, en tanto fue precisamente en este mundo paralelo donde tuvieron lugar muchas de las transacciones esotéricas, derivatives incluidos, que contribuyeron a la crisis iniciada en 2008. Además de encubrir las redes delictivas entendidas en sentido clásico.

Para los argentinos, el libro tiene un bonus track: Shaxson dedica un capítulo a los hermanos Vestey, legendarios "evitadores" de impuestos que fueron el centro de varias investigaciones en Gran Bretaña y que son los mismos que desenmascaró Lisandro de la Torre por aquí. Sí, estas maniobras llevan ya un siglo. Y se terminaron de consolidar en los acuerdos de Bretton Woods tras la Segunda Guerra Mundial.

Las islas del tesoro salió en inglés en 2011 y desde entonces no ha enfrentado desmentidas. Hace poco el mismísimo Paul Krugman lo elogió en una de sus columnas, al referirse a la crisis de Chipre, guarida preferida de los capitales rusos. Extraordinariamente informado y escrito con buen ritmo y un tono de indignación que representa la huella del compromiso del autor, es un trabajo clave para entender cómo funciona realmente la economía mundial.

ADN Cultura - La Nación - 2 de mayo de 2014