Corrigiendo a Bretton Woods

"Llegará un momento en que el nuevo orden financiero mundial se adecuará a las nuevas realidades de la economía multipolar."
En 1944, la conferencia de Bretton Woods donde nacieron el FMI y nuestro sistema monetario internacional basado en el dólar. estuvo signada por un enfrentamiento entre EE.UU. y el Reino Unido, representados por los economistas Harry Dexter White y John Keynes, respectivamente. El Reino Unido quería un sistema en el que la liquidez mundial fuese regulada por una institución multilateral, mientras que EE.UU., por intereses propios, prefería un sistema basado en el dólar. Debido a su poder financiero y económico, EE.UU. ganó la pulseada. Keynes no logró imponer su idea de conferirle al FMI la facultad de crear una nueva unidad internacional de reservas como alternativa al dólar. Y tampoco pudo cerrar un acuerdo sobre medidas que obligasen tanto a países deficitarios como superavitarios, y tanto al emisor de la moneda internacional como a sus usuarios, a hacer ajustes.

El fantasma de este último fracaso nos persigue hasta hoy. Los países con superávit externo crónicos, como China, y los países cuyas monedas se usan en todo el mundo, como EE.UU., no sufren la misma presión que otros países que corrigen sus políticas cuando surgen desequilibrios económicos.

En marzo, los líderes del G20 reunidos en Nanjing, China, prometieron ocuparse de este problema.

Le encomendaron al G20 desarrollar una serie de indicadores destinados a señalar cuándo un país, incluidos EE.UU. y China, está en riesgo de crisis. La idea es contar con un proceso que garantice que cuando se enciendan luces de alerta, el país en cuestión sea obligado a corregir sus políticas.

Lamentablemente, esos indicadores de peligro son mejores para reflejar la crisis pasada que para prevenir la siguiente. La naturaleza del riesgo financiero cambia constantemente de modos difíciles de detectar con indicadores que miran hacia atrás como los que desarrolló el G20. En cualquier caso, el único procedimiento para actuar en función de tales indicadores es la "presión del grupo", que difícilmente da resultados.

La otra política de moda que, en definitiva, resultará impracticable es transformar los créditos del FMI conocidos como Derechos Especiales de Giro (DEG) en una moneda internacional rival del dólar. El problema es que los DEG no se usan ni para transacciones extrafronteras ni como una unidad en que se denominen bonos internacionales.

Eso significa que no hay mercados privados para DEG, y crearlos implicaría un largo y arduo proceso.

Además, para que los DEG se convirtiesen en una verdadera moneda global, el FMI tendría que ser autorizado a emitir más en caso de crisis, algo como lo que hizo la Fed de EE.UU. cuando les dio a bancos centrales extranjeros US$120.000 millones en créditos de emergencia tras el colapso de Lehman Brothers. En otras palabras, el FMI debería contar con las facultades de un banco central mundial. No parece probable que Ron Paul, presidente liberal de la comisión de asuntos bancarios del Senado, quien duda de que EE.UU. siquiera necesite un banco central, esté dispuesto a aceptar esto.

En cambio, lo que, en última instancia, va a reemplazar al sistema financiero monetario internacional basado en el dólar es un sistema tripolar organizado alrededor del dólar, el euro y el yuan. Pese a los lamentos en Europa por su futuro, el euro no va a ningún lado. Y China, por su parte, trabaja intensamente para internacionalizar su moneda y avanza más rápido de lo que la mayoría de la gente ve.

Como resultado, el mundo estará en mejor situación. La existencia de alternativas del dólar significará que los emisores de monedas de uso internacional sentirán la disciplina del mercado antes y en forma más consistente. Cuando EE.UU.

vuelva a dar señales de caer en el exceso financiero, no recibirá financiamiento externo tan fácilmente como antes. Después de todo, los bancos centrales que quieren reservas en divisa extranjera tendrán otras opciones que no sea adquirir dólares, de modo que los extranjeros no le darán a EE.UU. tanta cuerda con qué ahorcarse.

El resultado será un mundo financiero más seguro. Después de todo, la raíz de la crisis financiera de 2007-2009 fue la peligrosa falta de coherencia entre una economía mundial multipolar y su sistema financiero y monetario aún dominado por el dólar .La buena noticia es que esto cambiará en el transcurso de la próxima década, restableciendo la sintonía entre los arreglos monetarios internacionales y las realidades económicas. La mala noticia es que diez años es mucho tiempo. Si la historia reciente sirve de guía, la salvación podría estar todavía a tres crisis de distancia .