Vigencia y aporte hacia el futuro

Juan Carlos Junio
Los cooperativistas estamos en días de significativos aniversarios que trascienden al conjunto de la sociedad. La creación del Instituto Movilizador de Fondos Cooperativos (IMFC), el 23 de noviembre de 1958; y los aniversarios del natalicio y la partida de Floreal Gorini, el dirigente histórico más importante de este movimiento social solidario que, entre otras muchas iniciativas, impulsó y creó el Centro Cultural de la Cooperación que hoy lleva su nombre. Vivimos tiempos de relevancia civilizatoria en el mundo, en la región y en nuestro país, de allí que resulta imprescindible reflexionar sobre los aportes que el cooperativismo transformador puede realizar a la principal disputa de época: la batalla por las ideas y los símbolos.

Si repasamos someramente el mundo de hoy, observamos con indignación que las 85 fortunas individuales más grandes del mundo tienen la misma riqueza que 3500 millones de personas, que representan la mitad de la población de la humanidad. Para este innoble propósito, el capitalismo se va metamorfoseando con el fin último de asegurar su tasa de ganancia, desde la irrefrenable actividad especulativa potenciada por el capital financiero –que ya se ha colocado como el factor dominante de la economía mundial–, a la devastadora actividad de los oligopolios multinacionales en la producción de bienes y servicios.

En el plano geopolítico, EEUU asume sin ningún prurito el papel hegemoníco del orden capitalista neoliberal que, en forma creciente y hasta ahora indetenible, va poniendo en riesgo la supervivencia de la especie humana, a la vez que hace de la desigualdad y la injusticia sus atributos estructurantes.

Sin embargo, estas tendencias dominantes se ven impugnadas en todos los planos. La trascendente emergencia de los BRICS, de los otros países del polo asiático o la constitución de Unasur preanuncian el surgimiento de bloques de poder alternativo. En Nuestra América irrumpieron diversos proyectos –que devienen de las tradiciones políticas tanto nacionalistas como cristianas liberadoras del siglo XX y de las socialistas del siglo XXI- contrapuestos al orden neoliberal instituido desde mediados de la década del setenta. En Europa campea la aplicación de fórmulas ortodoxas ya probadas del Consenso de Washington, aunque en sus márgenes – léase Grecia y España– brotan fuerzas políticas –algunas antiguas, otras nuevas– que cuestionan a gobiernos alineados en forma irrestricta al capital financiero.

Este paradigma que cada vez más desnuda los latrocinios y el empobrecimiento de los pueblos, no es un fenómeno de la naturaleza sino que constituye una práctica histórica y social que se sustenta en una visión del mundo, conformando un sentido común de masas y, por tanto, construyendo una cultura hegemónica. Sus valores se fundan en el egoísmo, la competencia, la desigualdad y el interés individual. Por cierto, estas ideas están reñidas con una realidad histórica que demuestra el carácter colectivo de la sociedad y la naturaleza social y política de la Humanidad.

La disputa se da, por tanto, en todos los planos. Frente a la idea del egoísmo salvaje, se afirman las tendencias que reclaman la fraternidad, la igualdad social, la democracia protagónica y participativa, como ejes de la organización social.

El cooperativismo reconoce distintas perspectivas. Nació y se desplegó como un modo colectivo de satisfacer necesidades comunes en la primera mitad del siglo XIX. Desde entonces ha sido una respuesta de la clase trabajadora y luego de otros núcleos sociales, a las condiciones de explotación impuestas por el capitalismo desde su fase inicial de acumulación originaria, que se valió para consolidar el nuevo orden de la "venida del oro americano", o sea del saqueo de las riquezas naturales y del continente invadido. La esencia ideológica del movimiento cooperativo, del que participan millones de ciudadanos, desafía la idea del lucro como motor de la producción y del desarrollo social. En estos días en que se cumple un nuevo aniversario del IMFC y del nacimiento y la partida de Gorini, resulta obligatorio reivindicar la memoria del dirigente que marcó a fuego la impronta del cooperativismo como "un movimiento para la transformación política, económica y cultural". Durante más de medio siglo el cooperativismo de crédito generó un modelo de gobierno y gestión sustentado en la eficacia de la empresa cooperativa para la solución de problemas con el fin de brindar un servicio útil a los socios; a la vez que se comprometía con las iniciativas populares, asumiendo su parte en la construcción de un proyecto colectivo. Sus creaciones –como el Centro Cultural de la Cooperación– constituyen una expresión de sus esfuerzos para ayudar a parir un nuevo tiempo.

Desde el campo de la historia hay un debate abierto acerca de cómo leer el pasado. Algunos recurren a las efemérides para congelar las herencias proponiendo lecturas adocenadas, respetuosamente cristalizadas y estériles. Cuando leemos la historia del movimiento cooperativo como parte de las tradiciones mundiales de transformación de la realidad lo hacemos con un sentido y un compromiso hacia el futuro. Tenemos la convicción de que los proyectos de emancipación que atraviesan a Nuestra América necesitan de la valoración crítica del pasado como soporte del presente, para construir un futuro digno de ser vivido. En estas efemérides cooperativistas, y afirmados más que nunca en nuestros sueños e identidades fundantes, nos convocamos a nuevas invenciones sin dejar de pisar firmemente la tierra que nos alberga.

El acervo cultural que aporta el movimiento cooperativo trasciende el campo de la propia cultura solidaria para integrarse a nuevos modos de gestión coordinados con los Estados en la realización de políticas públicas y la creación de un modelo de desarrollo, capaz de satisfacer las necesidades de nuestros pueblos y sustentado en los principios loables de solidaridad, justicia social y distribución equitativa de la riqueza.

Tiempo Argentino - 21 de noviembre de 2014