¿Qué industria necesitamos?

Leandro Mora Alfonsín


La pandemia demostró la importancia del sector industrial, clave para abastecerse de insumos críticos en la crisis sanitaria y, por lo tanto, un vector de soberanía nacional. Argentina, que cuenta con una industria relativamente desarrollada, debe recuperarla de la crisis generada por el macrismo. Y debe también repensarla en función del nuevo paradigma ambiental, no sólo como imperativo ético sino también como una oportunidad para impulsar el crecimiento.

Una enseñanza que deja la pandemia con la que aun lidiamos es que no es trivial el hecho de tener una industria con capacidad de respuesta a los desafíos de un contexto que se volvió cambiante y desconocido. No da lo mismo tener o no tener industria.

Transcurrido más de un año desde la irrupción del coronavirus, los bienes sensibles a la emergencia sanitaria (24 productos identificados por la Organización Mundial de la Salud que los Ministerios de Salud y Desarrollo Productivo de Argentina extendieron a 68, de los cuales 51 se fabrican en el país) incrementaron su nivel de producción para responder a las necesidades del sistema de salud. La complementación con el sistema científico-tecnológico permitió el desarrollo de tests y afrontar el desafío de producir y envasar vacunas, un bien escaso a nivel internacional y objeto de una disputa geopolítica que ha mostrado como en pocas oportunidades los grados de libertad asociados al nivel de desarrollo industrial relativo y la soberanía que eso conlleva.

Esto ilustra la importancia de la industria en el aparato productivo de Argentina, un país de desarrollo intermedio con tradición industrial, más allá del peso de su sector primario. Como sostiene Matías Kulfas en el libro La industria argentina en su tercer siglo: el destino del país “estuvo y estará ligado a la capacidad para utilizar con mayor intensidad el conocimiento y la transformación industrial”.

Esta consideración es central al tomar en cuenta que el desarrollo argentino debe incluir a más de 45 millones de personas, en regiones diversas y con distintas trayectorias productivas. Contar con una estructura productiva diversa, que conjugue las actividades de base natural con las tecnológicas, del conocimiento e industrial, es fundamental para mejorar la inclusión laboral de calidad y las condiciones de competitividad sectorial y regional. Tener industria es tener oportunidades. La industria explica el 20% del empleo formal privado en el país, paga salarios 16% superiores al promedio y presenta mayores niveles de formalidad que el resto de las actividades. A su vez, el sector industrial explica el 56% de la inversión en investigación y desarrollo privada, siendo así el que más aporta en innovación.

Pese a ello, entre 2015 y 2019 Argentina fue uno de los países que más se desindustrializó. El producto industrial se contrajo 13,5% en ese período, con todos los sectores achicando su nivel de producción. El PBI industrial per cápita retrocedió 17,5%, se perdieron 144.000 puestos de trabajo formales y el 8,4% de las industrias cerró. Revertir este proceso en el marco de los desafíos y restricciones del entorno pandémico requiere de una política industrial activa, que hoy se despliega y muestra resultados. La industria se muestra en recuperación: creció 3,1 en los primeros cinco meses de 2021 con respecto al mismo período de 2019, y el empleo industrial lleva 11 meses consecutivos de expansión.

Ahora bien, así como no es trivial tener o no tener industria, tampoco lo es el tipo de industria a consolidar. La sola idea de desarrollo implica la sostenibilidad del bienestar, donde la cuestión ambiental se vuelve basal. Como sostiene el politólogo Federico Zapata, la democracia argentina ha logrado avances en la ampliación de derechos, pero enfrenta límites para la consolidación de un modelo de acumulación que sostenga el desarrollo económico. En este sentido, la conciliación de la agenda productiva y la agenda ambiental es uno de los vectores a profundizar. Esto implica conciliar el desarrollo sustentable con el sostenible; es decir, preservar los recursos naturales para el beneficio de las generaciones presentes y futuras sin dejar de satisfacer las necesidades económicas, sociales y de diversidad cultural de la actual generación.

La democracia argentina ha logrado avances en la ampliación de derechos, pero enfrenta límites para la consolidación de un modelo de acumulación que sostenga el desarrollo económico.

También implica entender el mundo en el que estamos insertos. El aprovechamiento inteligente y cuidado de los recursos naturales en su enajenación productiva y comercial es una prioridad en la agenda de política industrial global y en las preocupaciones de ciudadanos y gobiernos. Bajo este marco, no solo debemos pensar nuestros pasos a seguir para garantizar estos cuidados ambientales. También es algo a tener en cuenta si queremos ser protagonistas de una nueva fase global, donde las políticas industriales con perspectiva ambiental serán el norte de prácticas y estándares que implicarán barreras comerciales y productivas; rezagos de aquellos enclaves productivos más contaminantes, y diferenciales de conocimientos, tecnologías, capacidad de innovación y niveles de productividad entre los países que desplieguen políticas activas en este sentido respecto de los que no.

Qué política industrial

Veinte años atrás, hablar de política industrial era mala palabra en los círculos internacionales. Si bien los casos exitosos tanto de países desarrollados como de aquellos que redujeron brechas en el último cuarto del siglo XX mostraban (y aún muestran) un hilo común de políticas industriales activas, la discusión mainstream giraba en torno al consenso de que “la mejor política industrial es la que no existía”, bajo la idea de que los mercados se ajustaban perfectamente y bastaban para definir las mejores trayectorias productivas y económicas.

La crisis financiera global de 2008/9 marcó un cambio en esta consideración, reorientando a los Estados en la planificación de políticas para el desarrollo. Y esto no solamente ante el evidente fracaso que la desregulación puso en evidencia, sino ante la necesidad de consagrar agendas que tengan mayor profundidad en el cuidado de aspectos del bienestar considerados hasta ese momento de “segunda generación”, como es el caso del cuidado ambiental.

Un breve repaso por el mundo muestra que los países desarrollados y las potencias emergentes exhiben una expresa y formal política productiva donde la industria es protagonista: Estados Unidos (Manufacturing USA), China (Made in China 2025), Corea del Sur (Digital New Deal), Reino Unido (New Industrial Strategy), Japón (Industrie Value Chain), Australia (Next Wave of Manufacturing), India (Make in India), Italia (Impresa 4.0) o España (Industria Conectada), entre otros, dejan claro que la industrialización es un norte a perseguir y no un mero capricho anquilosado.

Estas estrategias industriales están concebidas en el marco de una agenda global donde el cambio climático y la sostenibilidad del crecimiento económico son prioridad. El Acuerdo de París de 2015 logró el compromiso de cada país firmante para limitar el aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, en un marco de responsabilidades comunes pero diferenciadas (recordemos, como sostiene Daniel Schteintgart, que el 55% de las emisiones acumuladas de CO2 las explican Estados Unidos, la Unión Europea, Reino Unido, Canadá, Japón, Corea del Sur y Australia) (1). Estos compromisos se replican en dichas políticas industriales con metas y acciones concretas.

Estados Unidos ha puesto como eje central de la recuperación económica nacional el “Green New Deal”, articulando una política de reducción de emisiones de carbono que, a su vez, genere trabajo y reduzca costos para empresas y usuarios. A modo de ejemplo, el “American Jobs Plan” de Joe Biden financiará desde el Estado infraestructura con criterios de eficiencia energética. Incluye una inversión histórica en energía limpia e investigación en innovación climática. En materia comercial, apunta a la aplicación de una tarifa de ajuste de carbono a los países que no están cumpliendo con sus obligaciones climáticas y ambientales.

En igual sentido, el Pacto Verde Europeo contempla penalizar las importaciones de productos con alto contenido de carbono. El alcance de la medida se limitaría, en principio, a los sectores de la energía, el cemento, el acero, el aluminio y los fertilizantes.

Por su parte, China, líder mundial en generación de electricidad con tecnologías renovables, se propuso alcanzar el pico de emisiones de carbono para 2030 y la neutralidad para 2060. Siendo el primer emisor global de gases de efecto invernadero (explica cerca del 25% del total), el gigante asiático apunta a que el 40% de su electricidad provenga de fuentes nucleares y renovables para 2030. Además, lanzó un nuevo libro blanco de energía y apuesta a la cooperación Sur-Sur en materia de cambio climático.

En este contexto, los compromisos asumidos por Argentina a nivel internacional constituyen una oportunidad para que el sector productivo transforme sus procesos y, fundamentalmente, para impulsar la agregación de valor a partir de la oferta de productos y servicios insertos en este paradigma. El lanzamiento, por parte del Ministerio de Desarrollo Productivo, del Plan de Desarrollo Productivo Verde (PDPV), constituye un puente al futuro sostenible de nuestra industria, en la medida en que busca congeniar sostenibilidad macroeconómica con la ambiental y social, poniendo a disposición, en una primera etapa, 10.000 millones de pesos en planes y programas.

Esta obligación no deriva solo del hecho de ser firmante del Acuerdo de París. Como señala Ariel Schale, “el Green New Deal estadounidense y la reconversión verde china suponen una competencia por los mercados de trabajo y su inserción internacional”. No es una opción incorporar la perspectiva ambiental a la política industrial. Es una obligación tanto ética (para cuidar nuestro entorno) como económica (para no quedar afuera de los mercados).

No es una opción incorporar la perspectiva ambiental a la política industrial. Es una obligación tanto ética (para cuidar nuestro entorno) como económica (para no quedar afuera de los mercados).

 Argentina: entre lo potencial y lo mandatorio

La industria sostenible puede constituirse en uno de los motores de crecimiento para una Argentina signada por décadas de inestabilidad macroeconómica, generando nuevos puestos de trabajo de diversas cualificaciones y mejorando la inserción internacional de productos de alto valor agregado que generen divisas netas. El Plan de Desarrollo Productivo Verde busca impulsar la economía circular, la producción sostenible para mejorar la competitividad y la industrialización sostenible de los recursos naturales (2).

Estos ejes nos invitan a pensar sobre dos aspectos entrelazados.

En lo que refiere a nuevas oportunidades, Argentina tiene un enorme potencial para desarrollarse en las energías renovables no convencionales (sobre todo eólica). El hidrógeno verde, además de ser fundamental para descarbonizar nuestra matriz energética, constituye una oportunidad exportadora, donde, más allá de la generación primaria, hay capacidad para lograr una densidad de cadena, con proveedores locales e incorporación de tecnología. La movilidad eléctrica es otro aspecto presente en la agenda de hoy que determinará la inserción argentina en una cadena global de valor clave como la automotriz. En la industria alimenticia hay enclaves de desarrollo de productos con base biotecnológica que pueden dar respuesta a la demanda global de alimentos en el marco del cambio climático (3).

En cuanto a la conversión de actividades industriales, hay consideraciones ambientales tanto de oferta como de demanda, donde el eje es el trabajo en materia de calidad. En la oferta, fortalecer los sistemas de gestión ambiental (SGA) dentro de las industrias. Esto implica gestión de residuos, gestión del agua consumida, emisiones gaseosas y consumo energético. Un SGA basado en normas internacionales (por ejemplo, la ISO 14001) despliega tareas de formación, inspección y gestión de riesgos que permite a una industria controlar todas sus actividades, servicios y productos que pueden causar algún impacto sobre el medio ambiente. La calidad como pilar de la política industrial debe promover marcos normativos, herramientas para su adaptación y mejora continua de infraestructura de laboratorios.

Por el lado de la demanda, la reconversión industrial exige incidir sobre los productos consumidos, no solo con concientización cultural, sino delimitando estándares de calidad sobre los productos a ser comercializados. Un ejemplo de esta línea de acción es promover la eficiencia energética de los hogares, tanto en consumos de servicios como en el recambio de electrodomésticos más eficientes.

La oferta y demanda sostenible se conjugan con el paradigma de economía circular, según el cual el valor de los productos y los materiales se mantiene por tanto tiempo como sea posible. Se minimiza el uso de los recursos y la generación de residuos, y cuando un producto alcanza el fin de su vida útil se lo reutiliza para crear más valor. Una política de economía circular requiere repensar productos y servicios empleando principios basados en la durabilidad, la reutilización, la reparación, la sustitución, la mejora, la restauración y la reducción del uso de materiales. Esto va más allá del reciclaje.

Tener industria

 La confluencia de estos objetivos en una estrategia unificada, participativa, consensuada y articulada entre sector público y sector privado es un primer paso. El desafío es que perdure y se amplíe. El debate ambiental sobre el desarrollo no puede estar atravesado por grietas o dogmatismos. Debemos entender a la transición verde de nuestra estructura productiva tanto desde el prisma ético y como un motor del necesario e impostergable crecimiento económico que nuestro país debe lograr.

Tener industria es una decisión política. Decisión que descansa no solo sobre la atención de las urgencias resultado de cuatro años de severa crisis industrial, sino de una mirada estratégica acerca de qué tipo de industria queremos para cuidar nuestro entorno y para ser protagonistas de un mundo que va firme en una dirección sostenible.


1. https://www.eldiplo.org/notas-web/el-circulo-cuadrado/

2. https://www.infobae.com/opinion/2021/07/13/un-plan-de-desarrollo-productivo-verde-para-la-argentina-del-siglo-xxi/

3. https://panamarevista.com/el-desarrollo-sustentable-no-es-un-oximoron/

- Leandro Mora Alfonsín, Director Nacional de Desarrollo Regional y Sectorial en la Secretaría de Industria, Ministerio de Desarrollo Productivo. Es economista. Docente UBA, UCES y UNGS. TW e IG: @lmoraalfonsin

 

 Le Monde diplomatique - julio de 2021

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