Organismos de DD.HH. ante la muerte del genocida Massera

Comunicado de Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo- Línea Fundadora-, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, H.I.J.O.S.- Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio
Hoy se murió uno de los símbolos de la dictadura y de la impunidad: Emilio Eduardo Massera. Vivió impune, pero condenado para siempre por el pueblo argentino y el mundo.

Argentina
Lunes 8/11/2010

Esta noticia nos provocó distintos sentimientos, porque tiene el sabor amargo de la impunidad. No hubiera sido lo mismo si se hubiera muerto cumpliendo condena a prisión perpetua y en una cárcel común. Massera fue uno de los genocidas de quien siempre supimos su nombre, dónde vivía y qué había hecho. No era uno de los miles que aún no se pudieron identificar y procesar. Era una de las caras visibles del genocidio y vivió absolutamente impune, porque recién el año pasado se anuló su indulto, cuando ya estaba declarado inimputable.

Todo lo que podríamos decir ante esta muerte no cabría en un comunicado de prensa. Porque mantuvo sus pactos de silencio intactos, se llevó la verdad sobre el destino de los 30.000 detenidos-desaparecidos, porque sabía y callaba dónde están los 400 hijos de desaparecidos que nacieron en cautiverio y continúan sin conocer su identidad.

Los crímenes que cometió Massera junto a todos los demás genocidas dañaron a la sociedad en su conjunto. Los juicios nos permiten encontrar instancias reparadoras de esos crímenes y hacen que la historia se escriba con la pluma de la verdad, la memoria y la justicia.

A partir de hoy tenemos el deber histórico de recordar para el futuro quién fue Massera y por qué lo condenamos. Se ganó un lugar en la historia: el de asesino del pueblo. Los diarios hablarán de él como lo que fue: un genocida. Nadie le rendirá ningún homenaje.

Massera fue una de las cabezas del plan sistemático de exterminio que se desplegó desde el Estado para implantar un modelo económico, social, cultural y político de horror y exclusión, mediante el aniquilamiento de la población, con cientos de centros clandestinos en el país.

Hoy se murió con todas sus garantías constitucionales vigentes, sin que nadie pretendiera hacer jamás justicia por mano propia, con un juicio en curso en Italia (en ausencia), cuya justicia lo consideraba imputable. Murió con la condena del pueblo, con la sentencia a genocida que toda la población puso sobre su nombre.

Esta muerte nos convoca a seguir exigiendo la aceleración de los juicios a los genocidas. Porque la lentitud de la justicia impidió que Massera cumpliera su condena. Y, si bien hemos logrado enormes avances en los juicios, esa lentitud sigue vigente. Massera no es el primer ni el último genocida que muere por su estado de salud.

Vamos a seguir luchando por Juicio y Castigo YA para todos los genocidas y sus cómplices. Porque este pueblo ya le dijo nunca más al genocidio y se abrazó a la democracia. Seguiremos profundizando la lucha para llevar las banderas de los 30.000 hasta la victoria.

30.000 compañeras y compañeros detenidos-desaparecidos, ¡presentes!

Abuelas de Plaza de Mayo
Madres de Plaza de Mayo- Línea Fundadora
Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas
H.I.J.O.S.- Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio, Regional Capital

Fuente:">http://www.hijos-capital.org.ar/index.php?option=com_content&task=view&i... Página web HIJOS - Noviembre 2010

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Opiniones
El jefe más maquiavélico
Claudio Uriarte*

Fue de lejos el jefe más maquiavélico, torcido, barroco, dúplice, oportunista y complejo que tuvo el engendro de siete años de duración que se llamó a sí mismo Proceso de Reorganización Nacional. También fue de lejos el más ambicioso, y el más inescrupuloso a la hora de tratar de concretar su deseo: conquistar el poder absoluto. Porque el ex almirante Emilio Eduardo Massera quiso para sí mismo mucho más que el rol de represor y estafador por el que hoy se lo recuerda de modo excluyente. Fue el más político de los jefes militares de entonces; la represión y la sangre no eran para él más que escalones para lograr sus ambiciones de máxima, en que se imaginaba nada menos que como un nuevo Perón.

Eso lo define como un marino atípico. Desde el apoyo del almirante Domecq García a las bandas rompehuelgas de la Liga Patriótica de la primera parte del siglo hasta el rol del almirante Rojas como jefe del ala dura de la Revolución Libertadora de 1955, desde la temprana convocatoria antiperonista del almirante Vernengo Lima en los días críticos del “gobierno a la Corte” en 1945 hasta el bombardeo aeronaval de la Plaza de Mayo en 1955 y los fusilamientos ilegales de guerrilleros en la Base Naval Almirante Zar en 1972, la Marina de Guerra argentina siempre había encarnado una sola, ininterrumpida línea de conducta como el arma más consistentemente reaccionaria, y de imaginario más aristocratizante, de las que surcaron el proceso político argentino. Pero Massera, un ambicioso oficial de inteligencia cuyo rol más importante en el legajo de servicios había sido la jefatura del Servicio de Informaciones Navales, vio en 1972 la oportunidad y la aprovechó sin asco: el país giraba a la izquierda, la vuelta de Perón era imparable y en estas condiciones era posible que un joven contraalmirante saltara dos promociones y descabezara a las reliquias sobrevivientes del gorilismo para postularse como el jefe naval con que el peronismo podía tratar y hacer negocios. “Masserita: usted se equivocó de tren –le dijo una vez Perón–: en vez de ir a Campo de Mayo se metió en el de Río Santiago.”

Efectivamente, se parecía mucho más a un militar que a un marino, por lo menos en el campo de las ambiciones políticas. Pero la pertenencia a la Marina, que por naturaleza es un arma aislada del contexto general, en barcos lejanos o en abstractos ejercicios de Estado Mayor, y que además nunca representó más de un tercio de la cantidad de hombres del Ejército, era una limitación efectiva. Massera resolvió superarla ganando implantación territorial. Y, en tiempos de la dictadura, eso significaba multiplicar todo el tiempo el papel de la Armada en la represión ilegal. Por eso fue posible el enorme rol de la ESMA –en cuyas primeras operaciones participó en persona– dentro de las operaciones represivas; por eso Massera pudo concretar una decisión aparentemente absurda como la de abrir un Liceo Naval en una provincia mediterránea como Córdoba.

Durante el tercer gobierno peronista, Massera había convertido a la Marina en el arma más sólidamente identificada con el poder político. Muerto Perón, se consagró a seducir platónicamente a su viuda, a la que halagaba con ramos de flores, cajas de bombones y reverencias. Cuando el gobierno de Isabel empezó a tambalearse, hizo de la Armada la fuerza más cerradamente defensora de su derrocamiento. El golpe del 24 de marzo no fue planeado en el Edificio Libertador, del Ejército, sino en el más discreto Edificio Libertad, de la Marina, donde desde octubre de 1975 habían empezado a multiplicarse unos misteriosos cartelitos con la inscripción “Area restringida”. Todo esto tenía el objeto de negociar de antemano un papel inéditamente protagónico para su fuerza dentro del Proceso que se venía. Lo logró a un grado antes inimaginable, logrando establecer el principio de la subdivisión del poder del Estado en un 33 por ciento para cada una de las tres armas. Ministerios, embajadas, radios y televisiones fueron repartidos de acuerdo a este principio de poder feudalizado. Eso favorecía las competencias y las intrigas internas. Y Massera era un intrigante de primera línea.

Desarrolló una maniobra increíble. Para dentro de las Fuerzas Armadas, era el portavoz de la línea dura; para fuera, era el almirante culto y aperturista de los discursos de estilo literario que decía que “nadie muere por el Producto Bruto Interno”, se oponía a la política económica neoliberal de José Alfredo Martínez de Hoz y desplegaba una incesante actividad internacional con epicentros en el Vaticano y la logia Propaganda 2 de Licio Gelli. Pero lo más llamativo es lo que trató de hacer en sus cárceles. En un momento, Massera logró tener en una discreta prisión domiciliaria naval a Isabel Perón, a los peronistas de “centro” como Lorenzo Miguel y Carlos Saúl Menem en el buque 33 Orientales y a los Montoneros, a los que quería recuperar, en la ESMA, como una parodia carcelaria del Movimiento Nacional Justicialista. Y si para dentro de la Junta representaba a la línea dura, de modo de favorecer la quiebra del Ejército entre los comandantes de cuerpo y Jorge Rafael Videla, para afuera buscaba negociar con los Montoneros las reglas de la posguerra.

Paradójicamente, lo que determinó el inicio de su decadencia fue su temeridad al confrontar con poderes demasiado grandes, a los que no podía vencer a largo plazo. Uno de ellos fue el Establishment. Massera fue responsable sucesivamente de las desapariciones del empresario textil radical y embajador procesista en Venezuela Héctor Hidalgo Solá, de la diplomática argentina Elena Holmberg Lanusse –que empezaba a denunciar sus contactos extranjeros con los Montoneros, incluyendo una presunta entrevista en París con Mario Eduardo Firmenich– y del empresario Fernando Branca, con quien había tenido negocios turbios y de cuya esposa, Martha Rodríguez MacCormack, él era amante. Algunos miembros del equipo económico de Martínez de Hoz, como el ex secretario de Hacienda Juan Alemann, nunca dejaron de sospechar que Massera había estado detrás de una misteriosa ola de atentados dinamiteros realizados contra ellos en 1979, como tampoco dejó de estarlo nunca el radical Ricardo Yofre, subsecretario general de la Presidencia de Videla, ante una bomba en el palier de su casa. Dentro de este revoltijo sangriento se mezclaban promiscuamente móviles políticos, sexuales y de negocios, lo que convirtió a Massera en un personaje muy peligroso a los ojos de muchos de los que reinan pero no gobiernan. E incluso para sus propios camaradas. Un vicealmirante de su Gabinete de Asuntos Especiales me comentó años después: “Que matara por política vaya y pase, pero hacerlo por una cuestión de faldas...”. Quizá sea innecesario recordar que Massera, “El Negro”, era también el Don Juan número uno de la dictadura, disfrutando que el mundo comentara sus romances con modelitos como Graciela Alfano y escritoras como Marta Lynch.

Otro de los dioses desafiados fue el Ejército. Aunque Massera tenía muy buenas relaciones con Guillermo Suárez Mason y otros generales exponentes de la línea dura, desde el desbarranque militar tras la aventura de Malvinas en 1982 el grueso del Ejército empezó a resentir sus intrigas y conspiraciones y decidió acabar políticamente con él. La primera vez que Massera estuvo preso no fue en democracia, sino en los últimos tiempos de la dictadura militar, por orden del juez procesista Oscar Salvi, por la causa de la desaparición de Fernando Branca y, de acuerdo a algunas fuentes, por instigación del Batallón de Inteligencia 601.

Pero el núcleo de su fracaso político radicó en que el cumplimiento de su proyecto dependía de demasiados condicionantes que se cancelaban mutuamente. Dependía de que la dictadura se mantuviera, pero no tanto como para que él quedara en los márgenes de su historia; que hubiera cierta apertura política, pero de modo que sólo pudieran emerger él y su raquítico Partido de la Democracia Social; tras pasar a retiro en 1978 empezó a hablar crecientemente como un político de la oposición, pero dependía al mismo tiempo de los recursos de una Marina que seguía siendo parte de la Junta. La tarea de ser al mismo tiempo la encarnación del Proceso y del Antiproceso fue excesiva, incluso para él. Y cuando la dictadura desapareció en desbande, ya no hubo modo que su “movimiento político” de laboratorio, relaciones públicas, diarios inventados, noche y niebla pudiera sobrevivir en la política de la vida real.

Por eso, incapaz de saciar su sed política, pasó sus últimos años rodeado de un pequeño grupito de amigos y colegas, cada vez más viejos y aislados, para reaparecer algunas veces en público y constituirse en el defensor político de todo lo actuado por la dictadura desde 1976, cuando antes había tratado de surgir como su crítico. Muchas veces amagó con la publicación de sus Memorias, y la mano de muchos escritores fantasma pasó sucesivamente por sus páginas, pero el libro nunca quedó en nada más que fárragos de materiales caóticos e incoherentes, como si algunas cosas se resistieran a ser escritas.

*Autor de Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera. Uriarte murió en julio de 2007. Esta nota permanecía inédita hasta hoy.

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[b]El almirante que mostró la hilacha
Osvaldo Bayer
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Un personaje tan completo como el muerto no vamos a encontrar en toda la historia argentina. Completo en su total decadencia moral, crueldad, ambición fuera de toda medida. Almirante de la Marina de Guerra de la Nación. Massera, a secas.

Traicionó, como otros tantos uniformados en nuestra historia desde 1930, a su juramento pronunciado al recibirse de guardiamarina de ser fiel a la Constitución Nacional. Pero, claro, ante tantos otros ejemplos desde Uriburu, en ese ’30, ya casi sólo sería un delito argentino. No, lo feroz de su conducta se puede sintetizar en una sola palabra: la ESMA. Para qué más. Basta ver la celda mínima donde estuvieron tiradas en el piso durante seis meses las tres primeras Madres de Plaza de Mayo. Arrojadas luego desde un avión, vivas, al río. Almirante Massera, esa fue su máxima acción de guerra como almirante. Almirante argentino.

La ESMA: una fábrica del máximo horror a lo Massera. Sí, esa expresión va a quedar para siempre en la historia: Torturar a lo Massera, hacer desaparecer a lo Massera, robar niños a lo Massera.

Y su ambición, sus negocios, su afán de figuración, su ansia de poder: quería ser presidente, millonario, estanciero, empresario, propietario de todo lo que tenía a su alcance. Y llegó sólo a ser un infame y corrupto traidor a todo principio de ética, de humanismo, de grandeza. Eso sí, cuando entraba en una iglesia era el primero que se arrodillaba y santiguaba. Completo. ¿Dónde aprendió todo eso? ¿De sus padres, en la Escuela Naval, en los cursos de oficiales, en su conocido fervor católico?

Massera. Un vocablo que quedará para siempre entre los próceres de la picana eléctrica, invento argentino. Una galería interminable que empieza con el comisario Polo Lugones, el coronel Falcón, el teniente coronel Varela... y la lista sería interminable en esta historia argentina que comenzó con aquellos increíbles hombres de Mayo. Los nombro: Belgrano, Moreno, Castelli, Monteagudo. Y nace la pregunta desesperada: ¿qué nos pasó a los argentinos? Desde aquel Mayo a ese marzo del ’76 en que iba a empezar la marcha hacia la desaparición del respeto a la vida. Comienza la “desaparición” llamada ya la “muerte argentina” en los diccionarios de ideas afines. Para siempre. Videla, Massera, Agosti, Viola, Galtieri, y cien, mil más, todos los que obedecieron, y sus civiles: Martínez de Hoz y los ministros que juraron por “Dios y por la Patria” y sus embajadores y sus soplones y rufianes.

¿Qué más podemos escribir de este ser que acaba de morir: de sus negociados, sus veleidades, sus calenturas, su sonrisa siempre cínica? ¿Para qué? Si basta con nombrar lo que ya nombramos: la ESMA. Está todo dicho. El templo de la infamia más perversa de la historia humana. Un sinónimo de Auschwitz. Los argentinos, sí, tenemos nuestro Auschwitz. Y nuestro Himmler. Uno, silencioso, de mirada con el dejo de desprecio a la vida; el nuestro, ruidoso, de carcajada sonora, de darte el golpecito amigo en la espalda, del abrazo. Aquel, sombrío como un cuervo sin sotana; el nuestro siempre sonriente, amistoso, un galán con espada al cinto y gorra cargada de perversidades.

Sí, ya sé, me van a decir que me están faltando los adjetivos. No, me sobra el dolor, pensando en los últimos minutos de Rodolfo Walsh en la ESMA, y en todos los Rodolfo Walsh y las Azucena Villaflor que cayeron en las manos de ese verdugo sucio y voraz.

Permítaseme este escrito donde trato de hacer un resumen de los sentimientos que me provoca esa figura y la de todos los serviles que le hicieron la venia y le dijeron: “Ordene, mi almirante”.

Nos quedará para siempre el dolor. Rodolfo, Azucena. En nombre de los miles.

Ojalá exista el infierno para el almirante de la muerte, los negociados y la corrupción.

Lo merece. Allí con Roca, Falcón, el Polo... y tantos otros. Una galería argentina. En contraposición con la otra galería argentina. La de los Héroes del Pueblo, los Hijos del Pueblo, como les cantaba la gente humilde de principios del siglo pasado a quienes daban todo por una vida mejor. Los que creían en un mundo de la mano abierta contra los que siempre propiciaron la ESMA.

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El amor vence
José Pablo Feinmann

Hizo pintar –en paredes de Mar del Plata, por ejemplo– leyendas de un cinismo memorable: Ganar la paz, decía una. La otra era peor: El amor vence. Galimberti, que lo conocía bien, decía: “Cuando Massera quiere hablar con alguien, lo secuestra”. Desde la picana pensaba llegar al poder absoluto. Tenía pinta y sonrisa como para imaginarse un nuevo Perón. Era un megalómano delirante. Durante el Juicio a las Juntas, desafiante, dijo a la audiencia, a los jueces, a los periodistas, a todos: “A ustedes les queda la crónica, a mí la Historia”. Tenía razón. Por desgracia, Massera pertenece a la historia de nuestro país, a su historia más profunda, a su lógica más perversa. Y más todavía. Pertenece, Massera, al gran Museo de Horrores de la Humanidad. Como el genocidio argentino, del que fue uno de sus más señalados protagonistas.

En Los hundidos y los salvados, Primo Levi marca a los asesinos de este país como imitadores de los criminales alemanes. Dice: “Sus imitadores en Argentina y Chile”. Eso fueron Massera y todos los restantes capitostes de la masacre: imitadores de Himmler, de Goering, de Hess, de Eichmann. Tenía razón Massera esa tarde ante el tribunal que lo juzgaba: no tanto en el primer sentido de su afirmación (“A ustedes les queda la crónica”), pero sí en el segundo: “A mí la Historia”. Sí, le queda la Historia. Ingresó, con pleno derecho, a la historias de las grandes masacres del siglo XX. Y del lado de los masacradores.

Pero hay algo más en el Almirante: a la masacre le añade la crueldad. La ESMA –de la que era jefe absoluto, amo y señor de la vida y de la muerte–- era un campo de concentración y exterminio. Pero, al ser un campo de recabamiento de información, era un campo de torturas. La tortura le fue más esencial a la ESMA que a Auschwitz. El detenido que ingresaba en Auschwitz, el que cruzaba ese portón en que había un cartel que decía El trabajo os hará libres, iba, sin duda, a morir, tarde o temprano habría de morir, pero muchos no fueron torturados, porque Auschwitz no era un centro de acumulación de información. La información, su búsqueda, su urgente necesidad de posesión para atrapar a los otros, a los ligados al detenido antes de que pudieran escapar, era propia de la ESMA. La ESMA era, en primera instancia, un centro de búsqueda de información, es decir, un centro de torturas. Además, la tortura era parte de un esquema prefijado que se proponía quebrar al detenido. Y era tan terrible que muchos, luego de pasar por ella, preferían morir antes que volver. Fue, como Drácula, un empalador. Llenó de cadáveres el Río de la Plata. Gritó (junto a Videla y Agosti y todos los enfervorizados hinchas que desbordaban el estadio de River Plate) los goles de la Selección Argentina, los goles de Kempes, el matador. Con cada gol argentino, más poder para Massera. Más poder para que secuestrara, torturara, violara, prohibiera, le dijera al mundo que éste era el país de las maravillas y que, aquí, se vivía en medio de la alegría y el respeto por los derechos humanos.

Que ahora se muera no sirve para nada. Todos, alguna vez, nos vamos a morir. Massera ya hizo en nuestra historia todo el daño que podía hacer. Lo pidió un pueblo que quería orden y él le dio ese orden. Una de las primeras publicidades televisivas de la Junta decía: Orden, orden, orden, cuando hay orden el país se construye de arriba abajo. En esa búsqueda de orden, siempre exigida por los argentinos, hay que encontrar la explicación de la existencia de monstruos como Massera. Si alguien, hoy, le desea el Infierno, se equivoca. Si Massera va al Infierno lo van a recibir como a un héroe. Al cabo, él es uno de sus creadores. El creador de una de las figuras más perfectas del Infierno, la ESMA. ¿Podríamos entonces desearle el Cielo, ese lugar donde un Dios justo le señalaría sus culpas? Ocurre, sin embargo, que el Cielo y ese Dios justo no existen. ¿Cómo habrían de existir si existió Massera?

Fuente:">www.pagina12.com.ar]Fuente: Página 12 - 09.11.2010