Las dos caras de Obama

Marcelo Zlotogwiazda
El restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Cuba es un hecho de suma relevancia histórica y realza un perfil progresista que Barack Obama ha venido delineando, con iniciativas tales como la reforma del sistema de salud, su postura a favor del matrimonio igualitario, y el impulso a una reforma migratoria que el Partido Republicano obstruye en un país donde el precandidato presidencial Donald Trump quiere deportar a los indocumentados y construir un muro en la frontera con México financiado con el aumento de lo que les cuesta la visa a los mexicanos. Pero Obama tiene otro perfil en el que se expresa la tradición dominante de los Estados Unidos, que impone reglas y también resiste reformas que reclama la mayoría del mundo. Un caso muy reciente afecta directamente a la Argentina, un país muy perjudicado por la fuga de dólares que realizan individuos y compañías multinacionales. Las estimaciones sobre el dinero que está fuera del sistema varían entre 200.000 y 400.000 millones de dólares, es decir, entre dos y cuatro veces lo que se invierte por año en infraestructura, máquinas y equipos.

El mes pasado se realizó en Addis Abeba, capital de Etiopía, la tercera Conferencia Internacional sobre Finanzas para el Desarrollo organizada por Naciones Unidas, en la que, liderados por Estados Unidos, los países desarrollados lograron bloquear la propuesta impulsada por el Grupo de 77 países (incluye a la Argentina) más China para crear una comisión intergubernamental con el objetivo de reducir la elusión de impuestos que las grandes compañías multinacionales realizan mediante distintas maniobras.

Uno de los mecanismos utilizados con mayor frecuencia es el de los precios de transferencia, mediante el cual las compañías manipulan los valores a los que se abastecen de sus propias filiales en distintos países del mundo de manera de desviar ganancias hacia el lugar que menos impuestos cobre. Se calcula que alrededor de la mitad del comercio mundial se realiza entre filiales de una misma multinacional, y según un reciente informe de la UNCTAD (Conferencia de Naciones Unidas para el Comercio y Desarrollo) la pérdida de recaudación que provoca que las multinacionales desvíen ganancias por diversas prácticas asciende para el conjunto de los países en desarrollo a unos 100.000 millones de dólares por año.

El perjuicio para la Argentina es superlativo. En la investigación “La manipulación de los precios de transferencia” que realizó Verónica Grondona bajo la supervisión de Jorge Gaggero, se indica que la estimación sobre el tamaño de la “fuga de dólares por vía de precios de transferencia y contrabando de exportación representaría entre el 7 y el 9 por ciento del total de importaciones y exportaciones del país”. Eso es bastante más de 10.000 millones de dólares por año.

En la conferencia de Addis Abeba, la batuta de Estados Unidos frenó la iniciativa de la mayoría y logró que todo lo atinente a nuevas formas de regulación de la fiscalidad de las corporaciones multinacionales en la era global siga en manos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), una institución controlada por las principales potencias y donde las grandes compañías tienen mucho más peso de lo que tendrían sobre una comisión creada en el seno de Naciones Unidas.

Dos de los que se quejaron airada y públicamente de lo que hizo Estados Unidos en Etiopía fueron Joseph Stiglitz y José Antonio Ocampo. No es casualidad, ya que tanto el Premio Nobel de Economía como el ex secretario general de la Cepal y ex secretario general adjunto de Naciones Unidas vienen trabajando en el asunto como miembros de la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Corporativa Internacional, un ámbito creado este año por un conjunto de organizaciones sociales entre las que figuran ActionAid, Christian Aid, Oxfam, Tax Justice Network y el Consejo Mundial de Iglesias, entre otros, y cuenta con el apoyo de la fundación socialdemócrata alemana Friedrich Ebert.

En un artículo titulado “Una derrota para la cooperación tributaria internacional”, Ocampo escribió que “liderados por Estados Unidos y el Reino Unido –sede de muchas de las multinacionales implicadas en el escándalo LuxLeaks– los países desarrollados lograron bloquear un muy necesario avance en la gobernabilidad global”. El escándalo LuxLeaks reveló cómo las autoridades de Luxemburgo acordaron secretamente con centenares de las más importantes multinacionales del mundo (Disney, Pepsi, Abbott, Amazon, Deutsche Bank, Heinz, Procter & Gamble, por ejemplo) esquemas tributarios para que se radicaran en ese país y desviaran ganancias desde otros lugares.

Ocampo agrega que “a pesar de la frustración de Addis Abeba, el reclamo para una reforma del sistema impositivo internacional no va a ser silenciado. Por el contrario, va a sentirse cada vez más fuerte en la medida que los países desarrollados insistan en una resistencia contraproducente a toda negociación y provoquen un tsunami de medidas unilaterales por fuera del control de la OCDE”.

Por su parte, en una columna publicada en el portal ProjectSyndicate, Stiglitz se refiere a las reformas que recomendó la Comisión Independiente que él integra (entre otras propuestas, que todo impuesto se cobre en el lugar donde se realiza la actividad), y en relación a que las modificaciones se concentren en la OCDE señaló con ironía: “Estados Unidos y otros países avanzados han estado impulsando cambios muy pequeños para que les sean recomendados al club de los países que conforman la OCDE. En otras palabras, eso supone que los países de donde salen los políticamente poderosos evasores y elusores de impuestos van a diseñar un sistema para reducir la evasión”.

Stiglitz concluye que “las nuevas realidades geopolíticas demandan nuevas formas de gobernanza global, con más voz para los países en desarrollo y emergentes. Estados Unidos prevaleció en Addis Abeba, pero también se mostró ubicado en el lado equivocado de la historia”

Revista Veintitrés - 20 de agosto de 2015