Integración regional: para que la unidad no termine transformándose en un sueño

Jorge Marchini *
Resulta notorio que la crisis internacional 2007-2008 no fue superada pese a los anuncios recurrentes y equivocados de una pronta, creciente y pujante recuperación de la economía mundial, mientras para América latina se sumaban temores por una coincidencia de factores negativos que están afectando sensiblemente el desarrollo.

Entre ellos, la caída de los precios de los principales productos de exportación (minerales, petróleo, alimentos), una notoria reversión de los flujos de inversión en países que hasta no mucho tiempo atrás resultaban atractivos para inversores y, en buena medida derivado de lo anterior, el recurrente fenómeno de fuga y evasión de capitales locales, generando déficit crecientes en las balanzas de pago y su cobertura con mayor endeudamiento.

La sensible alteración del escenario económico no se debe a dificultades propias de los países latinoamericanos, sino debe ubicarse como una de las consecuencias de la dinámica de los Estados Unidos por la significación de su economía y el rol privilegiado del dólar como principal moneda de transacciones y reserva internacional. Además, las serias dificultades que atraviesa Europa y el menor impulso que reflejaron China y otras economías asiáticas.

La prioridad otorgada a partir de 2008 al salvataje a libro cerrado de grandes bancos y fondos de inversión con fondos públicos, en paralelo a la negativa a reestructurar deudas de países –sobre todo de los periféricos– y consumidores, derivó desde entonces en una recuperación parcial y limitada basada esencialmente en la estrategia de inyección de mayor liquidez financiera, lo que azuzó nuevamente los aspectos regresivos especulativos altamente peligrosos e inestables se expresaron en la economía mundial.
El uso desmesurado de medios monetarios por parte de bancos centra
les para revertir ilusoriamente desequilibrios estructurales y los déficit públicos acosados por el mayor endeudamiento provocados por “salvatajes” y “avales” a los juegos financieros especulativos globalizados muestra nuevamente sus límites y fragilidad, más allá de su perversidad.

Latinoamérica

Ante sus consecuencias económicas y sociales, crecen las tensiones y se manifiestan tendencias y presiones regresivas para los países latinoamericanos (desequilibradoras devaluaciones competitivas, proteccionismo de urgencia, utilización política de la exclusión social y cultural en la búsqueda de chivos expiatorios). En tanto, persiste la confusión en relación con los motivos de la desestructuración y desequilibrios de la economía y las finanzas mundiales que deben ser afrontados. Quedó en el olvido que América latina podría estar “desacoplada” de la crisis internacional. Nuevas circunstancias refieren que la independencia y el aislamiento de la economía mundial fueron apenas ilusorios.

Las instancias de integración regional y subregional continúan siendo las referencias de la potencialidad alcanzable no desarrollada de la cooperación y complementación de América latina. En tanto, es previsible que las disputas y la crisis internacional contribuyan a seguir inhibiendo negociaciones y soluciones multilaterales más amplias. De allí la necesidad de analizar las condiciones, debilidades y alternativas, tanto para fortalecer relaciones intrarregionales como para encarar los desafíos comunes que implica un mundo con enormes cambios geopolíticos en desarrollo.

El conocimiento de las visiones e iniciativas históricas de integración es esencial para revisar el camino recorrido y alcanzar formas más avanzadas y efectivas para lograrla. Es preciso incluir no sólo los aspectos comerciales –como fue tradicional–, sino también comprender, ponderar e impulsar perspectivas más amplias de complementación política, productiva, financiera, cultural y social.

Nuevas dificultades y desafíos

Las políticas económicas apoyadas en la bonanza brindada por un ciclo virtuoso de altos precios de exportación contribuyeron a priorizar nuevas dinámicas económicas y sociales basadas en el crecimiento del consumo (gobiernos con sesgo más antineoliberal) o el ingreso de capitales de corto plazo del exterior (sobre todo para gobiernos con gestiones más aperturistas y atractivas para el mercado internacional). Con la expectativa y confianza de la continuidad del “boom de los commodities” en el largo plazo, se dimensionó en el impulso y exportación de productos primarios afectando /limitando la diversificación de las matrices industriales y productivas.

Organismos internacionales y analistas del establishment contribuyeron a la confusión hasta hace poco, afirmando la existencia de un “surgimiento del sur”, asegurando que la mayor parte de las economías latinoamericanas se habían “desacoplado” de los problemas de las economías del norte, al punto de convertirse, junto con países asiáticos y africanos, en las nuevas locomotoras del crecimiento global.

Se desestimó la amenaza y fragilidad macroeconómica para los países periféricos que podrían acarrear cambios en las políticas y acciones de países centrales y capitales transnacionales, insistiendo permanentemente que no se deberían aplicar controles a los movimientos de capitales ni desarrollar políticas industriales más activas y preventivas para sustituir y limitar la cada vez mayor dependencia de la exportación de pocos productos de baja elaboración y crecientes importaciones de productos finales.

Habiendo cambiado el ciclo no es posible sólo centrar el análisis en lo que no se hizo o se hizo mal si esto no sirve para buscar alternativas superadoras. Es el momento en que nos encontramos y no el que debiera haber sido. Es imprescindible evitar el inmovilismo y reconocer sin demora como punto de partida que las condiciones para la región van cambiando negativamente en el último período. Ante dificultades comunes se impone atender y discutir la recurrente disyuntiva de dos visiones distintivas en relación a las vinculaciones entre nuestros países y con el mundo.

Por un lado, están quienes sostienen que el abismo del subdesarrollo podría superarse realizando la aproximación más directa y estrecha inmediata con los países y regiones más avanzadas del mundo a través de mercados abiertos.

En forma alternativa, la concepción que dio lugar a las iniciativas de integración regional independiente, ponderando la necesidad de unir economías, priorizar las relaciones intrarregionales, cuidar ahorros locales para canalizarlos a las propias necesidades de inversión, fortalecer la capacidad negociadora común con otras regiones y países y romper la dependencia estrecha en la producción y exportación de productos primarios apalancando una diversificación complementaria de infraestructura básica, industrial y de servicios que amplíe y mejore capacidades para brindar trabajo, revertir asimetrías y asentar un desarrollo sustentable.

El camino de una respuesta unitaria e integradora requiere partir del reconociminto de que es mejor afrontar un nuevo marco de circunstancias complejas, unidos y no dispersos. El principal objetivo común debe ser salvaguardar el ingreso y el empleo, y por lo tanto afirmar ante las dificultades en la balanza de pagos el derecho a la utilización de medidas legítimas para racionalizar y sustituir importaciones a través de restricciones selectivas.

Así, se podrán utilizar los recursos más escasos de divisas en las áreas más necesitadas, en particular para las importaciones de bienes de primera necesidad, para garantizar las condiciones de vida de la población cuando no pueden ser sustituidas rápidamente por producción local o regional, para la compra de productos intermedios e insumos necesarios para garantizar el sostenimiento de la actividad económica y el acceso a bienes de capital que ayuden a perfilar, modernizar y reestructurar en forma más dinámica y armónica las economías.

En tanto, en el ámbito financiero, los bancos centrales deben evitar el uso de las reservas para financiar grandes y persistentes fugas de capitales y presiones cambiarias que lleven a una peligrosa “disputa de pobres” a través de una competencia absurda y regresiva de devaluaciones competitivas.

Cuando las condiciones financieras presionan a países periféricos con grandes deudas públicas y privadas y déficit fiscales, se hace imposible restaurar la “confianza”, evitar el rápido vaciamiento financiero y, menos aún, retomar el control y la iniciativa macroeconómica permitiendo que las monedas fluctúen libremente y/o aumentando las tasas de interés.

Tampoco resulta aconsejable que los Estados hagan crecer su endeudamiento para mantener abiertos desequilibrantes flujos financieros de corto plazo (antes, por la entrada masiva provocando revaluaciones de las monedas, y, ahora, por salida abrupta ante una desconfianza creciente generando devaluaciones descontroladas) o a la presión de fondos especulativos “buitre”, que apuntan a ganancias siderales agiotistas en épocas de incertidumbre.

Debe defenderse el ahorro nacional y regional, combatir la evasión y fuga de capitales y las maniobras dolosas con usos y ocultamientos a través de mecanismos de créditos y bancarios, y reestructurar obligaciones y pagos financieros en forma transparente y de acuerdo con su justificación y prioridades combatiendo el robo al patrimonio público. No hacerlo conllevó a dramáticos ajustes antipopulares. Es preciso y posible que las medidas puedan contar con la comprensión y el apoyo regional y la más amplia solidaridad social.

El grado en que las medidas preventivas y/o de emergencia pueden ser aplicadas dependerá sin duda de las condiciones específicas, el debate interno en cada sociedad ante la pregunta elemental sobre quién pagará la crisis, el posicionamiento ideológico y las prioridades de cada uno de los países en sus relaciones internas y externas. De todas formas, en todos los casos el arsenal de medidas intervencionistas debe ser previsto, dejándose de lado la confianza absurda en que “los mercados se ajustarán automáticamente y en la forma más apropiada” que tantas veces se observó en la historia latinoamericana y que provocó tantos daños innecesarios.

La economía regional afronta serias dificultades y tensiones en gran medida no provocados por su propio funcionamiento, sino por las condiciones crecientemente desequilibradas de la arquitectura económica y financiera global no superados sino, por el contrario, profundizadas en los últimos años.

La experiencia recorrida por el proceso de integración latinoamericana en sus avances y retrocesos, puja de proyectos diferenciados, y resultados disímiles dejó enseñanzas que deben ser consideradas a la hora de afrontar nuevas circunstancias y desafíos con un entramado más complejo e incierto que plantea el escenario mundial para las relaciones internacionales

El desafío es encontrar un rumbo consistente y efectivo, para lo cual es preciso analizar particularmente el camino recorrido y evaluar avances y limitaciones de las experiencias e instancias para la integración regional. Tomar enseñanzas de la experiencia es esencial para que no se repitan diferencias enormes en América latina entre expectativas y realidades, lo que resulta vital en un período negativo como el que se abrió. La integración no puede darse el lujo de ser nuevamente sólo un sueño. Es convocada abruptamente por la realidad.

* Jorge Marchini Profesor de Economía (UBA), director de la Sociedad Latinoamericana de Economìa Politica (Sepla) e Investigador de Clacso.

Miradas al Sur - 28 de junio de 2015