Inflación oligopólica II

Pablo Manzanelli y Martín Schorr
Pablo Manzanelli y Martín Schorr responden a las críticas a un artículo de ellos publicado hace dos semanas en este suplemento por parte de otros dos economistas heterodoxos, Eduardo Crespo y Alejandro Fiorito.

El debate debe ser afrontado “con rigor metodológico y sustento empírico”.

En los comentarios efectuados por Eduardo Crespo y Alejandro Fiorito (C y F) el domingo pasado en este suplemento a nuestra nota del 10 de marzo subyacen dos aspectos cuestionables. Primero, la utilización de las recetas de la teoría económica para interpretar los fenómenos económicos concretos sin mediación alguna. Segundo, la proliferación de “errores de interpretación” sobre nuestras investigaciones (no sólo en cuanto al contenido teórico, sino también a los alcances de los datos empíricos). A continuación se desarrollan los más relevantes.

1. C y F sostienen: “Las unidades de menor tamaño tienden a ser desplazadas de los mercados por las continuas reducciones de precios relativos sectoriales impulsadas por unidades mayores”. De allí concluyen que las empresas de mayor tamaño colocan precios inferiores al resto como estrategia para ganar mercados. Y afirman: “La concentración del capital va acompañada por mayores tasas de ganancia para las empresas que pueden colocar barreras a la entrada de nuevos competidores, pero no por mayores niveles de precios”.

Es ampliamente sabido que los oligopolios tienen una productividad más elevada que las firmas de menores dimensiones, y que ello les permite alcanzar un precio inferior al promedio sectorial. Pero el precio de “exclusión” es circunstancial, dado que una vez expulsados a los competidores la finalidad consiste en apropiarse de ganancias extraordinarias (por eso el nivel de precios en los mercados oligopólicos suele ser superior al de los atomizados). Para ello, como afirman Sylos Labini y Possas, la estrategia persigue sostener las barreras al ingreso en los mercados en los que operan por diversas vías: las economías de escala (producción, distribución, técnicas), las ventajas absolutas de costos (métodos de producción, insumos y/o equipamientos, privilegios institucionales) y/o las ventajas de diferenciación (marcas registradas, patentes de diseño, innovación de productos). Por tanto, su única “herramienta” no es el precio, menos en un escenario de reducida competencia efectiva como el que caracteriza a la muy concentrada industria local.

Tal es así que en el período 2001-2010 los precios mayoristas de las industrias oligopólicas se incrementaron el 8 por ciento por encima del promedio industrial (que subió más del 300 por ciento). Aunque no les parezca “importante” a C y F, entre esos años la contribución de las ramas altamente concentradas a la variación media de los precios industriales fue del 64,8 por ciento, mientras que la de las ramas con estructura de oferta de mediana y escasa concentración fue de apenas el 22,2 por ciento y el 13 por ciento, respectivamente. Incluso, en la fase 2007-2010 (de aceleración del proceso inflacionario), las ramas altamente concentradas explicaron el 63,6 por ciento de los aumentos de precios, mientras que las ramas con estructura de oferta de mediana y escasa concentración alcanzaron a explicar el 23,5 y el 12,9, respectivamente. Así, los duros datos de la realidad, que son los que se deben evaluar y explicar, contradicen los razonamientos teóricos (atemporales) de C y F.

2. Otra crítica de C y F es que en nuestra investigación no se hace “referencia empírica a los costos que debió enfrentar cada sector”. Y apuntan que si los costos en los mercados oligopólicos subieran por encima de sus precios podrían haber tenido un “rol deflacionario”.

No existen estudios empíricos que identifiquen la evolución de los costos en los distintos mercados industriales. Pero no es un dato menor que los márgenes de ganancia de los oligopolios fabriles hayan sido sumamente elevados durante la posconvertibilidad (33,1 por ciento), y tampoco que hayan mantenido el elevado nivel de rentabilidad tras la profunda caída del costo laboral en 2002 (el margen de ganancia fue del 30,2 en 2010, muy similar al 30,8 alcanzado en 2002). Así, resulta altamente improbable que los oligopolios locales hayan manifestado “un rol deflacionario”.

De hecho, en otra investigación aplicada del Area de Economía de Flacso se llegó a un hallazgo interesante. Estudiando los precios relativos del sector de bienes de capital (rama escasamente concentrada) se advirtió que los precios mayoristas del mismo aumentaron muy por debajo del de sus insumos críticos. Resulta que los principales proveedores de materias primas son grandes oligopolios con larga tradición en elite empresaria local (Aluar, Acindar, Siderar, Siderca), cuya rentabilidad media fue del 22 por ciento, mientras que la de la industria de bienes de capital alcanzó el 7 en 2005-2009.

3. Esto nos conduce a una omisión recurrente en los comentarios de C y F, dado que abordan el conflicto distributivo de modo “simplista”, circunscribiéndolo a la contradicción principal entre trabajo y capital.

Al respecto, vale una referencia clásica de Kalecki (lamentablemente olvidada en muchos manuales): “Las variaciones del grado de monopolio no sólo tienen importancia decisiva en la distribución del ingreso entre trabajadores y capitalistas, sino en ciertos casos también en la distribución del ingreso entre la propia clase capitalista. El aumento del grado de monopolio ocasionado por la expansión de las grandes empresas da lugar a que las industrias en que éstas predominan absorban una proporción mayor de los ingresos totales y las demás industrias una parte menor, es decir, el ingreso se redistribuye de las empresas pequeñas a las grandes”. Aquí radican las preocupaciones teóricas de nuestro trabajo: la captación de las importantes traslaciones de ingresos que operan en el plano inter-capital industrial. Se trata de un enfoque interesante, alejado de la ortodoxia, que permite dar cuenta de la considerable heterogeneidad estructural de la industria argentina.

4. Finalmente, C y F intentan poner en tela de juicio la hipótesis de la “reticencia inversora” de las grandes firmas industriales: “Esta conclusión resulta asombrosa por enmarcarse en una economía cuya industria se duplicó en el período en consideración”, y argumentan que la inversión se ajustó a la demanda agregada y que el margen de ganancia (siempre en términos agregados) se mantuvo “entre decreciente y estable”. Terminan sosteniendo que la hipótesis apela a un “síndrome cultural” de la burguesía local.

Primero, en nuestro enfoque la “reticencia inversora” de las grandes firmas refiere a una baja reinversión de los beneficios, en términos relativos, en un contexto de expansión económica y altas tasas de ganancia. El “síndrome cultural” no parecería involucrar a estas variables estructurales.

Segundo, las utilidades sobre el valor agregado de los oligopolios manufactureros alcanzaron el 33,1 por ciento en el período 2002-2010, mientras que la inversión bruta sobre el valor agregado fue de apenas el 11,1. Incluso, con el agotamiento de la capacidad ociosa, el margen de ganancias alcanzó el 33,4 por ciento y la tasa de inversión bruta el 10,7 en 2005-2010. En este último período la reinversión neta de las ganancias alcanzó el 10,2 por ciento en estas industrias. Ello, incluso, a pesar de que varios de estos grandes conglomerados fabriles fueron receptores de los beneficios asociados a las políticas de promoción industrial. La contrapartida de ello fue una plétora de capital remitida al exterior por distintos mecanismos.

Tercero, esto no quiere decir que no haya aumentado la inversión en la industria, como tampoco que las grandes firmas industriales no hayan invertido nada. Significa, en cambio, que se han limitado a invertir lo necesario para reponer el desgaste del capital y en una medida por demás reducida (más aun considerando sus ganancias) a ampliar la capacidad productiva. En ese escenario, atendiendo a las diferencias de magnitud de la inversión respecto de las pymes, las empresas líderes han logrado mantener su posición en el mercado y las barreras a la entrada (y, por ende, el nivel de concentración industrial), pudiendo ejercer el “price leadership”.

Por consiguiente, el elevado crecimiento del producto manufacturero durante la posconvertibilidad ha sido impulsado por la enorme capacidad ociosa existente tras la crisis de la convertibilidad, y una vez agotada la utilización del stock de capital disponible, se puede afirmar que no fueron las grandes corporaciones industriales las que traccionaron su expansión a través de la formación de capital. De hecho, esa puede ser una de las causas (sumada a los impactos de la crisis mundial) por la cual la industria desaceleró su ritmo de crecimiento a partir de 2007 (entre 2002 y 2007 la tasa anual acumulativa fue del 10,3 por ciento, mientras que en 2007-2010 fue del 4,5 anual). Y también un factor de importancia para reflexionar sobre la escasa diversificación de la matriz industrial en la última década.

Resulta sumamente fructífera, no sólo para los economistas, la discusión sobre una problemática tan crucial como la inflación, máxime cuando está atentando contra el poder adquisitivo del salario y la distribución del ingreso. Y cuando su complejidad para nada se agota –vale aclararlo nuevamente– en su componente oligopólico. Pero para que esta discusión se convierta en un verdadero debate de ideas heterodoxo, es indispensable dejar de lado las acusaciones infundadas y los “errores de interpretación”, y afrontarla con rigor metodológico y sustento empírico.

Página/12 - 24 de marzo de 2013