Hugo Condorí, un hacedor del desarrollo local


Martín Schorr (Especial para sitio IADE-RE) | El pasado 5 de noviembre falleció Hugo Condorí, el entrañable “Coya”. Para quienes tuvimos la suerte de conocerlo, admirarlo, disfrutarlo y quererlo, Hugo fue un militante inquebrantable.

Desde sus tiempos como dirigente sindical en el Ingenio Ledesma (lo que le valió represalias de todo tipo, incluso largos años de cárcel durante la dictadura), hasta su rol más reciente como dirigente de Apyme, la vida de Hugo puede resumirse en que fue un tipo que nunca claudicó en sus ideales y que siempre militó por una sociedad más justa, más inclusiva y más digna de ser vivida. También recordamos su histórico alegato en el juicio contra Blaquier, con un testimonio que fue clave en el procesamiento de uno de los propietarios de Ledesma por su rol genocida en tiempos de la dictadura militar.

Pero existe una faceta de la vida y la militancia de Hugo que no suele ser tan conocida. Me refiero a su búsqueda incansable por hacer de su querida Jujuy una provincia con una estructura productiva más desarrollada (o menos atrasada). En ese rol, Hugo se ganó el rencor de muchos funcionarios y sectores concentrados del capital que veían en la profundización del rezago provincial el reaseguro para sus réditos individuales. Pese a las numerosas adversidades que tuvo que enfrentar (varias generadas por supuestos “compañeros de ruta”), el “Coya” nunca bajó los brazos y dio un combate, por momentos verdaderamente quijotesco, en pos del desarrollo productivo jujeño.

En una de esas “locuras” tuve la suerte de conocer y de sumarme a trabajar con él y sus dos laderos, Federico Alfaro y Alejandro Carrizo. Además de forjar un vínculo personal y afectivo con los tres mosqueteros, tal como empezamos a llamar a estos personajes increíbles y admirables, la experiencia resultó clave para ver que frente a lo que suelen postular los defensores del “no se puede”, el desarrollo productivo local es algo posible y deseable, sobre todo en provincias con las características y la idiosincrasia de Jujuy.

Corría el año 2006 y Matías Kulfas estaba al frente de la entonces Subsecretaría Pyme (Sepyme). Allí empezamos a diseñar e implementar un programa que fomentaba la asociatividad entre empresas, productores y emprendedores. El objetivo general del programa era que el asociativismo viabilizara el desarrollo local, para lo cual nos focalizamos en uno de los ejes de la gestión de Matías, el “interior del interior”. Fue así que apareció Hugo, con una propuesta de desarrollo que los tres mosqueteros venían elaborando y trabajando desde hacía unos años: la conformación de un polo productivo de la madera en una localidad recóndita de Jujuy, Caimancito.

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Caimancito es un pequeño pueblo ubicado a algo más de 100 km. de la ciudad de San Salvador de Jujuy, en la zona de la yunga y en pleno territorio dominado (en muchos sentidos) por el grupo Blaquier. Por entonces el pueblo tenía cerca de 7.000 habitantes y unas 90 carpinterías, lo cual expresa una marcada especialización productiva en la localidad. En términos generales se fabricaban muebles, aberturas, sillas, camas, flejes, pisos, tirantería de obra, equipamiento rural y otros productos. Sin embargo, por múltiples razones, los productos no lograban alcanzar estándares de calidad satisfactorios, a pesar del gran valor maderable de la materia prima rolliza utilizada y la buena calificación de los carpinteros, oficio transmitido por generaciones.

Las problemáticas que enfrentaban los carpinteros eran diversas y complejas. En primer lugar, el marcado retraso tecnológico del sector: no sólo en términos de tecnologías duras (maquinarias obsoletas para trabajar la madera, algunas de ellas utilizadas con fines multipropósito, con bajos rendimientos y en muchos casos ensambladas por las mismas carpinterías), sino también en términos de tecnologías blandas. Problemas de gestión empresarial, ausencia de registros de administración y costos, falta de organización productiva o lay out de las plantas, ausencia de programas de capacitación y asistencia técnica, inexistencia de diseño de productos, desconocimiento del uso de normas técnicas y nulos sistemas de comercialización.

Otro tema importante era la falta de un secadero en la zona y en zonas aledañas, lo que atentaba directamente contra las posibilidades de ofrecer productos de calidad. Además, el secado natural resultaba insuficiente y la mayoría de los emprendimientos terminaban utilizando la madera en verde, ya que les resulta imposible sostener financieramente los seis meses promedio para el estacionamiento de la misma. Esto acarreaba fuertes consecuencias sobre la calidad del producto final, como problemas de fisuras o desprendimientos de los encolados, curvados, etc.

Desde 2004 Hugo y sus mosqueteros habían impulsado un proyecto asociativo con los carpinteros de Caimancito, en la convicción de que la única forma de superar los problemas que los aquejaban pasaba por construir redes y sumar esfuerzos en aras de un desarrollo productivo sustentable que los incluyera a todos. Esta iniciativa resultó de vital importancia para el proyecto, puesto que fue desde Apyme que comenzaron el camino incrementando la confianza y allanando el terreno para que los productores trabajaran asociadamente, algo fundamental para una localidad en la cual nunca se había recibido apoyo oficial de ningún tipo. Como se señaló, a mediados de 2006 la organización tomó contacto con la Sepyme y se empezó un trabajo de largo aliento que, no sin complejidades y problemas de diverso tipo, haría del sueño de los tres mosqueteros una realidad.

Las particularidades de Caimancito lo volvían un caso propicio para el desarrollo de un proyecto asociativo: por sus características socio-culturales; por integrar productores en forma horizontal, similares en tamaño y capacidad económica; por compartir problemáticas similares; porque existía entre ellos la confianza para generar diálogo, intercambio de información y definición de áreas de interés común (lo cual no implicaba que no hubieran disidencias y conflictos); porque había cierto liderazgo empresarial; por el trabajo previo desplegado por Hugo, Federico y Alejandro; y por la presencia de mano de obra artesanal calificada y maderas nobles de buena calidad.

En sintonía con los criterios de intervención del programa de la Sepyme y con la lógica de trabajo de los tres mosqueteros, se trabajó con una lógica “de abajo hacia arriba”, donde los productores identificaban sus necesidades y formulaban activamente un plan de actividades, contando con la permanente asistencia de los técnicos. Con respecto a las herramientas de asistencia de la Sepyme, se buscó flexibilizarlas de manera tal que sea posible dar respuesta a las problemáticas de este grupo. A tales efectos, se adjudicó un “apoyo económico no reembolsable” ajustado a las características y las necesidades concretas del grupo.

La articulación con otras instituciones y organismos fue otro de los ejes centrales del trabajo con este grupo asociativo. A través del convenio de cooperación logrado por el programa con el INTI se logró sumar el apoyo técnico de este organismo al proyecto asociativo de Caimancito. Por otro lado, en la búsqueda de una respuesta a medida de las demandas del grupo, se articuló con los Ministerios de Trabajo y de Desarrollo Social de la Nación, con el fin de complementar instrumentos de política pública para el apoyo del sector.

Como producto del trabajo conjunto con los carpinteros se elaboró un plan de actividades que integró los distintos ejes de intervención para la superación de las problemáticas planteadas y la mejora de la competitividad del grupo. Entre las principales actividades que se desplegaron se destacan: la construcción de un centro de servicios, equipado con un secadero y maquinarias de uso colectivo; el dictado de diversos cursos de capacitación en temas de afinidad común (propiedades de las maderas, secado, diseño y construcción de muebles, gestión de pymes madereras: mercadeo, comercialización, administración, producción, costos; entre otros) y la adquisición de maquinarias para el uso cotidiano de las carpinterías. Como un objetivo a largo plazo se resolvió encarar la construcción de un parque industrial-tecnológico temático (a la fecha este proyecto está en marcha).

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Pocos días antes de fallecer, en una de nuestras habituales charlas telefónicas, habíamos quedado con Hugo que en un próximo viaje a Jujuy iríamos juntos a visitar Caimancito para ver en qué andaba el proyecto de los tres mosqueteros a algo más de diez años de haberse iniciado el trabajo que se reseñó. Lamentablemente con la partida física del querido “Coya” ese viaje conjunto no se podrá concretar. Pero queda lo más importante: el ejemplo que nos deja Hugo acerca de que el desarrollo productivo es algo posible. Para ello, además de voluntad política y conocimiento técnico, lo fundamental es “pecharla” en todo momento y, como decía Hugo siempre, “que nos encontremos todos los que queremos hacer de este país algo más digno para las generaciones venideras”. Hugo dio esa pelea… y demostró que se puede.

 

Buenos Aires, 15/12/2016