Hay recursos para superar el conflicto

David Kullock (para Clarín)

Los gobiernos de Argentina y Uruguay deben asumir los errores cometidos y afrontar una negociación que contemple la compatibilidad entre preservación ambiental y desarrollo socio-económico.
El conflicto que se ha desatado en torno a la instalación en la zona de Fray Bentos de las mal llamadas papeleras, asume ribetes cada día más insólitos, absolutamente ajenos al espíritu y sentimiento de hermandad que siempre primó desde la conformación de ambos países. Resulta más sorprendente aún, dado que recorremos un momento histórico en el cual gobiernan, tanto en Argentina como en Uruguay, sectores políticos que parecieran coincidir, luego del período neoliberal, en volver a poner la proa de su gestión en dirección a la calidad de vida de la mayoría de sus habitantes.

Rastrear en el origen y desarrollo del conflicto sólo nos permite encontrar errores en el accionar de ambas partes, dado que, entre otros aspectos, no ha sido feliz la inexistente o escasa consulta uruguaya, como no lo es el virtual bloqueo vial argentino. Tampoco es conducente, porque nos llevaría a un laberinto sin salida, una discusión sobre la mayor o menor validez de las demandas y los intereses en juego: que si actividades, inversiones y empleo industrial en el Uruguay; que si actividades, inversiones y empleo en el sector turismo en la Argentina.

Pero lo que resulta más insólito aún, es que ambas demandas se planteen como cuestiones excluyentes, después de más de 30 años de desarrollo de un pensamiento ambiental que, desechando posturas maniqueas, ha marcado las estrategias básicas requeridas para una gestión social integrada.

Ya se han puesto amarillos los documentos en los cuales se planteaba que no hay preservación ambiental sin desarrollo socio-económico, ni desarrollo socio-económico sin preservación ambiental.

Ya en los años 70 se postulaba que los problemas ambientales no eran cuestiones ecológicas ni sociales, sino que se originaban por inadecuados manejos de la interfase entre las demandas sociales y las ofertas ambientales, y que dicha interfase estaba mediada por posicionamientos políticos y culturales, y podía ser conducida apropiadamente a partir de tecnologías que conciliaran los intereses en pugna.

Atento a esta rememoración y parafraseando a J. L. Borges, podríamos postular que la única forma de resolución de la situación laberíntica creada, es salir por arriba, lo cual significa definir y asumir una estrategia que no sólo solucione el conflicto, sino que sea señera en el futuro para otras situaciones similares.

Al respecto, es oportuno recordar que el ámbito del Río Uruguay ya fue espacio, décadas ha, de una actuación que resultó ejemplar. En ocasión de la construcción de la represa de Salto Grande, el estudio de impacto ambiental entonces realizado, fue modelo de reflexión y guía, tanto para el emprendimiento binacional en sí mismo, como para el desarrollo microrregional que lo acompañó. No en vano obtuvo un premio internacional de jerarquía.

Vale aclarar que sus autores no fueron famosos expertos internacionales, sino profesionales locales inteligentes y probos que aún actúan en la gestión pública, con la misma calidad que entonces y sin el hábito ni la necesidad de efectuar declaraciones altisonantes, tal como las que se han pronunciado últimamente y que sólo han servido para oscurecer el panorama.

Después de tanto camino recorrido, ya no son admisibles postulaciones tal como el "no a las papeleras". Existen los recursos técnicos y debemos contar con la voluntad política necesaria, para que ambos partes, bajo la consigna del "no a la contaminación", se aboquen a trazar soluciones conciliadoras de los intereses en pugna.

El conflicto debería convertirse en una oportunidad superadora de los avances existentes; por ejemplo, perfeccionando los acuerdos internacionales que no han demostrado ser eficaces y creando la capacidad de control que ni a nivel nacional ni binacional está suficientemente desarrollada.

En síntesis, puede y debe convertirse en un caso de colaboración internacional que demuestre que tanto preservación ambiental como desarrollo socio-económico son dimensiones insoslayables para la calidad de vida de nuestras sociedades, haciendo de la micro-región un hito de desarrollo sustentable.

De tal manera, el conflicto pasaría a ser un éxito de los gobiernos, de los cuadros técnicos y de las comunidades de dos países insólitamente enfrentados.