G20: Argentina, apretada en el tablero geopolítico

Néstor Restivo


Una incómoda situación vivió ayer el gobierno argentino cuando, tras una bilateral entre Mauricio Macri y su par estadounidense Donald Trump, una vocera de este dijo que entre otros temas –obviamente la infaltable ofensiva contra Venezuela- se había hablado de la “actividad económica depredadora china”. El comunicado puso en apuros a la Casa Rosada, a horas de que allí se firmaran muchos acuerdos con el presidente Xi Jinping.

Poco después la Cancillería argentina sacó dos comunicados seguidos sobre las conversaciones Macri - Trump y no hubo una sola palabra sobre China. Tampoco ninguna desmentida fuerte por parte del canciller Jorge Fourie. Fue nuevamente el embajador argentino en China pero en Buenos Aires a estas horas, Diego Guelar, quien debió salir a poner las cosas en su lugar intentando una mirada positiva desde el gobierno argentino: negó rotundamente, a diferencia de lo que hizo el ministro de Relaciones Exteriores, que la definición de la portavoz estadounidense Sarah Huckabee Sanders fuera la correcta al hablar de “depredación”. “De ninguna manera es así”, dijo el diplomático, mucho más contundente.

La delegación china no reaccionó bien: ayer suspendió todas sus conferencias, vinculadas a lo económico, excepto la participación en una sobre el cambio climático, donde todos los presentes del G-20 tienen diferencias con EE.UU. En lo económico, por cierto, también, y eso hacía peligrar ayer un documento final de consenso, en torno al uso de la palabra “proteccionismo”. ¿Habrá declaración firmada por todos o sólo una con la firma de la presidencia argentina de la cumbre, lo que evidenciaría los desacuerdos?

Volviendo a la relación sino-argentina más EE.UU., de fondo está claro, es ostensible, la verdadera visión de Washington sobre su rivalidad con China en la región. Hace un año ya, los documentos de "defensa y seguridad" del Pentágono señalaron al país asiático y a Rusia como enemigos estratégicos de este tiempo.

Lo curioso o paradójico es que el presidente Macri y su gobierno parecieran inclinarse por su ideología hacia los aliados tradicionales de Occidente (por ejemplo, el regreso al FMI, la política hacia América Latina haciendo seguidismo de las posturas de Washingtin, el apoyo a episodios de Oriente Medio también según esos intereses) y los únicos dos líderes del G-20 que tras la cumbre harán una visita de Estado son Vladimir Putin y Xi. 

Por otro lado, mientras ayer todo ese nerviosismo atravesaba el ambiente, tanto el Canal 7 como el canal América exhibían trabajos excepcionales de la cooperación con la televisión pública china, mostrando al mundo un país sorprendente como China y sus relaciones con el nuestro. El cuadro es más que complejo y contradictorio.

La presión de EE.UU. contra la presencia china en toda América Latina se había notado, primero, en la administración de George Bush hijo (él lo advirtió claramente en la cumbre de Mar del Plata de 2005 cuando, al fracasar el ALCA, Bush se exasperó porque "no entienden que se trata de China", dijo, palabras más, palabras menos, según trascendería luego). Ahora la ha retomado Trump. En la era de Barack Obama el tema fue mucho menos explícito. Pero con el actual morador de la Casa Blanca reapareció la inquietud, la beligerancia y todos los funcionarios que patrullaron el Cono Sur estos dos años -como el vicepresidente, el secretario de Estado, el del Tesoro, el jefe del Pentágono o el del Comando Sur- advirtieron contra la presencia deChina.

Además de la charla entre Trump y Macri con alusiones a esa nación, otros datos que quizá molestaron a la delegación de Xi fueron el hecho de que el principal anfitrión al presidente de la segunda potencia mundial fuera el gobernador de una pequeña provincia argentina (más allá de que Jujuy tiene una fuerte inversión en energía solar de capitales chinos) y el papelón de confundir al jefe de Estado oriental con otro funcionario de su comitiva cuando arrancó la música de la banda de Patricios, ambos ejemplos el jueves en Ezeiza.

Se sabe que EE.UU. viene apretando contra, por ejemplo, las represas hidroeléctricas del Sur y la central atómica (esta última, por ahora frenada según ha trascendido, para la cual también operaron los integrantes del grupo de ex ministros de Energía argentinos, la mayoría hoy lobistas de empresas multinacionales) mientras que, al mismo tiempo, ayer se rubricó un acuerdo marco de cooperación energética entre los ministros de Economía de ambos países, Nicolás Dujovne Steven Mnuchin, así como que también el país norteamericano avanza en obra pública en Argentina y la región.

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Dujovne y el secretario del Tesoro Mnuchin

Ello se observa desde la caída en desgracia del grupo brasileño Odebrecht, que reinaba en el sector en toda América Latina. Sobre esa actividad, en el marco de la visita de Trump, EE.UU. y Argentina firmaron asimismo otro acuerdo,  de los llamado PPP –públicos privados-, e invertirá 250 millones de dólares para una de las obras a traves de la constructora norteamericana Astris. Por su parte, en PPP la empresa China Construction American integró el holding que ganó hace unos meses participación en la construcción del corredor vial autovía Anguil-Santa Rosa sobre la ruta 5. O sea, hay asimismo una fuerte competencia por obras de infraestructura. Pasa en toda América Latina.

Por cierto, voceros de la contracumbre del G-20 que se manifiesta estos días con críticas a la gobernanza global plantean que un rasgo peligroso de estos tratados es que las inversiones en infraestructura podrían derivar en un negocio de secutirización con bonos (al estilo de los títulos hipotecarios, que provocaron la crisis global de 2008), un esquema altamente especulativo y donde, al fin y al cabo, el riesgo final lo tomarán los ciudadanos “inversores” y el Estado que asuma el riesgo y la deuda, salvando los intereses de la empresa privada constructora. Esto advertían ayer algunos dirigentes de la Cumbre de los Pueblos en la marcha contra el FMI y el G-20 que se hizo por el centro de una Buenos Aires sitiada y vaciada por el feriado y el cierre del sistema de transporte público.

Lejos de allí, a buen resguardo en Costa Salguero, discutieron los líderes antes de ir a cenar al Teatro Colón, donde en sus escalinatas Macri junto a su esposa, en la foto de rigor y antes del show y las lágrimas del presidente argentino, se cuidó de ser flanqueado por Trump y por Xi y sus respectivas mujeres, una pareja a cada lado, en perfecta simetría.

 

Dang Dai - 1 de diciembre de 2018