Faros en el mar de la soya: la chacra mixta en la pampa

Guido Prividera, Omar Arach

 

La chacra mixta es una unidad de producción en cierta medida característica de la pampa agrícola-ganadera argentina, establecida en los comienzos de la argentina agroexportadora (finales del siglo XIX).

Era (y sigue siendo, en cierta medida) una unidad de producción de tamaño pequeño o medio, comandada por una familia, sobre una superficie de entre 50 y 500 hectáreas (esas son las escalas de la Pampa húmeda argentina, muy diferentes a las de otras regiones de Latinoamérica). La tierra era, en sus inicios, arrendada; la mano de obra, familiar (a excepción de los momentos de cosecha); el “capital/patrimonio” estaba constituido especialmente en sus comienzos por animales o plantas de la familia y por algunos enseres e instrumentos de labranza, además de algunas instalaciones como molinos, corrales, bretes y alambrados. La producción era diversificada y el campo daba, además de productos que iban a ser comercializados, prácticamente todo lo que la familia necesitaba para vivir, a excepción de pocos productos.

Este tipo de explotación ganó predominio como resultado de la lucha por la tierra por parte de los arrendatarios y la descomposicón de algunos latifundios ganaderos. Para finales de los años 60 del siglo XX, aproximadamente 9 de cada 10 productores de la región pampeana eran chacareros: un sujeto productivo y social atípico, bien conocido en los estudios agrarios por los trabajos de Eduardo Archetti: por una parte, acoplado con la evolución del mercado capitalista y, por la otra, continuador de un modo de vida con rasgos “campesinos”. 

Este sector constituyó el sustrato para el desarrollo de significativas innovaciones tecnológicas y productivas, como la cosechadora de arrastre o la máquina de siembra directa, que aceleraron el proceso de “empresarialización” y favorecieron la vertiginosa expansión del monocultivo de soya que experimentó la región pampeana desde el último tercio del siglo XX. Pero también albergó otras experiencias, que van a contrapelo del modelo agrícola hegemónico, con esquemas productivos derivados de la chacra mixta “originaria”, los cuales conforman una constelación de experiencias productivas asentadas en “tecnologías de procesos biológicos” antes que en “tecnologías de insumos industriales”.


La soya le arrebató a la ganadería mas de 11 millones de hectáreas

Actualmente, un segmento de los antiguos chacareros está volcado al monocultivo de soya, contribuyendo a la imagen de la pampa como una mar de soya, que reemplazó a la de la pampa ganadera (donde siempre había una vaca incluida). Pero hay otros, no menos significativos (el último censo agropecuario arroja al menos 66% de productores incluidos en la categoría de “agricultura familiar” o “pequeño productor”) que usan otros esquemas productivos. Aun cuando se hayan modificado algunos patrones de vida (mayores niveles de residencia en pequeños pueblos y parajes; electricidad, telefonía móvil e internet) y una parte del campo se destine a la producción de soya, producen también trigo, maíz, algunos todavía tienen su huerta de la cual comen diariamente; algunos fabrican velas con grasa animal, muchos tienen árboles frutales que no fumigan porque sostienen que lo que se come no se envenena. Además, tienen animales: abejas, gallinas, chanchos, ovejas, cabras, vacas (con sus derivados: huevos, quesos, chacinados) destinados al consumo familiar, la venta en la feria del pueblo, y el mercado concentrador de animales que después distribuirá esa produccion a las grandes ciudades. 

A su vez, hay algunas experiencias presentadas como “faros agroecológicos”, que han reelaborado sus prácticas productivas bajo principios de la agricultura biodinámica (por ejemplo, la granja Naturaleza Viva, en el norte de Santa Fe) o de la agroecología (el establecimiento La Aurora, en el sur de Buenos Aires), que en explotaciones de tamaño medio (entre 250 y 600 hectáreas) practican formas de agricultura completamente diferentes a las del modelo soyero, con márgenes de rentabilidad que cubren las expectativas de una familia de “clase media rural”. Estos establecimientos son parte de redes de productores, centros académicos, organizaciones sociales, cooperativas de consumidores, entre otros, que vienen empujando fuertemente una disputa con el modelo agrícola hegemónico, logrando avances en las formas de regulación territorial (por ejemplo, varios municipios han dictado ordenanzas de creación de franjas lindantes con poblados en los que se prohíbe el uso de agrotóxicos o se promueve la creación de cinturones de “producción” verde).

Este proceso se da en un marco de creciente inquietud frente a las consecuencias sobre la salud y la vida del modelo de monocultivos, entre ellas, la contaminación de suelo, agua y aire; el incremento de plagas; la pérdida de biodiversidad, y las inundaciones (derivadas de la confluencia de la modificación del régimen pluvial, la compactación del suelo por las labores del monocultivo y los drenajes y canalizaciones realizadas por volcar a la producción zonas anteriormente inundables).

En ese marco, estas formas de actualización de la antigua chacra mixta cobran importancia como aportes que desde el mundo rural se realizan para avanzar hacia otras formas de producir y vivir más sanas, solidarias y perdurables. En un contexto hegemonizado por los agronegocios, en el que hay que demostrar una verdad que acompañó a los seres humanos desde que se inventó la agricultura (que se puede producir sin agrotóxicos), estas experiencias constituyen referencias significativas para una transición hacia otros modelos productivos.

- Guido Prividera, Instituto para la Agricultura Familiar, Región Pampeana, INTA, Argentina.

- Omar Arach, Docente del Doctorado en Estudios Sociales Agrarios, UNC, Argentina.

 

La Jornada del campo - 21 de octubre de 2017