El valor agregado de Pepe

Hernán Invernizzi
Al Pepe lo quiere todo el mundo. O sea: nadie tiene el privilegio o la desgracia del afecto universal, pero parecería que todos lo quieren. Lo quieren hasta quienes lo critican. Y lo que es todavía peor, quienes no lo quieren también dicen que lo quieren. Porque no hay nada más políticamente correcto, nada que garpe más y mejor, que quererlo al Pepe. A menor escala (o sea, a escala subplanetaria) es parecido al fenómeno del Papa Francisco: lo quieren hasta los ateos; y quienes no lo quieren hacen lo posible por disimularlo. Cuando los analistas se ponen reflexivos dicen que eso no está bien. Como las sociedades no funcionan como un club de masoquistas, como no existe la política a favor de todos y todas, un dirigente político debería tener una cantidad estadísticamente relevante de enemigos/adversarios –o por lo menos de gente que no lo quiere–.

El propio Pepe se ocupó de alimentar estas confusiones con esas declaraciones públicas tan típicamente suyas, que a primera vista parecen pura conciliación y que después se revelan como inesperadas provocaciones intelectuales.

Una vez le recordó a su frente interno (la izquierda del Frente Amplio, el partido gobernante de Uruguay), que él había sido elegido Presidente de todos los uruguayos y no sólo de quienes lo habían votado. Al mismo tiempo, algunas de sus propuestas económicas inquietaban a la gran burguesía uruguaya, mientras que a las fuerzas de izquierda le parecían acciones en el borde de la traición a los ideales revolucionarios.

Pero no se trata del caso del político incomprendido por lo extremos sino de otro fenómeno. Para quienes no son sus enemigos/adversarios resulta extremadamente difícil debatir con alguien tan querido (y querible) como el Pepe. A su vez, debe ser muy complicado ser su compañero y estar en desacuerdo con él. Pero el Pepe, como decíamos, enemigos tiene –y muchos–. Lo que pasa es que sus enemigos detectaron que “lo quiere todo el mundo” y usan eso en su contra. Demasiado afecto puede convertirse en un problema.

Cuadro político o estrella pop. A través del sistema de comunicación se instaló la imagen de que un tipo tan querido no es un dirigente político sino un hombre admirable, una personalidad, una excentricidad o, en el peor de los casos, una curiosidad de la historia política uruguaya. La gran burguesía regional predica – y no en el desierto– que el Pepe Mujica es como una estrella internacional, un astro pop destinado al mito moderno. Con un fenómeno semejante no se discute de política.

Sin embargo, estamos hablando de alguien que fue militante juvenil, combatiente, dirigente de un movimiento guerrillero, herido, encarcelado, sobreviviente, diputado, senador, ministro y presidente de su país. No estamos hablando del Viejo Vizcacha sino de un cuadro político que tiene representatividad, proyectos, programas, estrategia, planes, cálculo, equipos de trabajo, política de alianzas y de acumulación, capacidad de gestión y de organización, experiencia, picardía, y también objetivos, entre los cuales probablemente se encontraba el de ser Presidente de su país; un cuadro político que ha sido opacado y hasta sustituido por el personaje. Pero este “personaje” no es apenas un producto del discurso hegemónico sino una paradojal creación colectiva edificada sobre la base de la vida misma del Pepe Mujica.

En efecto, su vida tiene algo de excepcional. Como resultado de las masacres represivas de los años ’60 y ’70, en nuestro continente hay muchos menos sobrevivientes de los que quisiéramos, pero hay unos cuantos: muchos de ellos tienen o tuvieron una destacada trayectoria política. Sobrevivir es imprescindible pero no es excepcional, a pesar de los balazos que le pegaron cuando fue su última detención. Cuando salió en libertad, en 1985, tenía 50 años y había pasado quince años preso, algunos de ellos encerrado en el fondo de un pozo cavado en la tierra, donde asegura, con sonrisa pícara, que llegó a escuchar que las hormigas se comunican entre sí a los gritos. Para algunos, el futuro presidente de Uruguay era un caso psiquiátrico.

También hay dirigentes populares (como Lula y Evo Morales) que empezaron de abajo y llegaron hasta la presidencia de su país. Tampoco es el único ex guerrillero que alcanza los más altos cargos del Estado. El vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera, integró el Ejército Guerrillero Túpac Katari. Dilma Rousseff, presidenta del Brasil, fue miembro de la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares.

En la misma línea, el Pepe Mujica, con el fallecido Raúl Sendic y otros militantes de diversos orígenes, fue uno de los fundadores de los Tupamaros uruguayos, movimiento armado que comenzó a funcionar a principios de los años ’60 y que fue devastado, como otras organizaciones populares, por la represión estatal. Pero, a diferencia de otras fuerzas revolucionarias de la región, cuando sus cuadros dirigentes recuperaron la libertad, agarraron el termo, el mate y se pusieron a conversar con ese mismo pueblo del que habían querido ser su legítima vanguardia. Porque para un militante popular, una condición necesaria para procesar la experiencia política es el intercambio honesto y descarnado con los desposeídos.

El Pepe aporta valor agregado. El Pepe aporta un valor agregado a estas incipientes tradiciones. Y no se trata de las críticas recibidas desde sus propios frentes internos o de los cuestionamientos oportunistas de sus opositores. Al ex Presidente Lula, obrero metalúrgico, se lo acusa de traicionar su origen de clase, así como al Pepe de ser la farsa con la cual la burguesía derrota a los ideales revolucionarios: “Si este tipo buenazo y tolerante es un guerrillero, entonces todos pueden ser guerrilleros...”, se divierte la derecha y padece la izquierda, mientras el Pepe se toma unos mates en su chacra desvencijada.

Pero no se trata de eso: el valor agregado que aporta el Pepe Mujica a estas modestas tradiciones es una autenticidad que problematiza esquemas y convenciones de la política. Las políticas del viejo guerrillero devenido presidente pueden ser más o menos cuestionadas como las de cualquier otro dirigente. Su austeridad, consecuencia y honestidad, su naturalidad, e inclusive su estética, en cambio, plantean el problema de qué es y cómo debería ser un político en general, y un revolucionario en particular.

El Pepe es auténtico; lo que ves es lo que hay –pero la autenticidad no es un capítulo presente en el manual del buen político que venden los Durán Barba ni un valor destacado en los manuales del buen revolucionario. El modelo del dirigente neoliberal (del defensor moderno del capitalismo moderno) es el hombre exitoso. Y lo demás no importa. El modelo de un dirigente popular (revolucionario, populista, progre, etc.), en cambio, no existe.

Se supone que ser un careta y que ser auténtico son cosas incompatibles. Es obvio que hay una contradicción entre la autenticidad y la simulación. Una cosa o la otra. La figura del Pepe Mujica aparece, así, como el paradojal “personaje” de un hombre auténtico. Parece un personaje, pero en realidad se trata de una confusión: un tipo tan auténtico es un extranjero en el mundo de la política. O como dijo en una entrevista, no es cierto que el poder arruina a los hombres... sólo revela lo que son verdaderamente.

Miradas al Sur - 1 de marzo de 2015