El desdesarrollo

Claudio Scaletta

 

Cambiemos cerrará el año con un déficit récord de la Cuenta Corriente (CuCo) del Balance de Pagos y sin que exista la perspectiva de su reducción en el mediano plazo. El rojo externo seguirá creciendo en 2018 y se profundizará en 2019 ampliando la demanda interna de divisas y las necesidades de endeudamiento. Contablemente esto presupone un aumento de la deuda pública externa y, con ello, del peso de sus servicios en el Presupuesto.

La situación no determina, a priori, un cambio en la distribución funcional del ingreso, pero existe una relación de última instancia. A saber, cuando se avanza en procesos de inclusión social se aumenta la masa salarial (activa y pasiva), aumento que se traduce en la expansión del consumo y, por lo tanto, del componente importado de ese consumo, lo que afecta la CuCo si en el camino no se transforma la estructura productiva. Existe entonces una relación directa entre inclusión social y necesidad de desarrollarse. Sin desarrollo no se puede continuar con la inclusión. Le sucedió al kirchnerismo y redundó en el freno de la economía a partir de 2011. A la situación económica objetiva se sumó la reacción política de los sectores que se oponían a la inclusión. El resto es historia conocida.

En general, salvo excepciones, las situaciones de déficit de la CuCo siempre abren procesos de precariedad económica e inestabilidad política. El presente muestra, por ahora, una de esas excepciones. Luego del shock recesivo del año pasado, en 2017 la economía creció. En términos de PIB la expansión fue importante especialmente durante el segundo y tercer trimestres y lo será menos en el cuarto. El resultado final, sin embargo, no lucirá tanto porque el número, que rondará los 2,5 puntos del PIB de promedio anual, debe remontar el arrastre estadístico negativo de 2016. Los motores principales de esta recuperación fueron principalmente dos. El aumento del Gasto y de la inversión pública y el crédito a las familias, incluido el hipotecario, factores que en conjunto impulsaron una actividad con gran efecto multiplicador, la construcción. El consumo, que también creció, lo hizo menos que la inversión, no como motor, sino como resultado. Por debajo siguieron funcionando los mecanismos clásicos, el crecimiento hizo que las importaciones crezcan mucho más rápido que las exportaciones, lo que se montó sobre condiciones que favorecieron las compras al exterior. El resultado fue el déficit externo récord compensado con endeudamiento. Dicho de otra manera, no sólo no se avanzó en resolver el problema principal de la economía en el mediano y largo plazo: el déficit estructural de la CuCo, sino que se lo agravó, una realidad que impactará de lleno en futuros gobiernos cualquiera sea su signo. Aunque el nombre que suele darse en la literatura a estos procesos de endeudamiento y recreación de la dependencia con los países centrales es el de desarrollo dependiente, un desarrollo que no cuestiona el lugar del país en la división internacional del trabajo, lo que ocurre en realidad es un proceso de “desdesarrollo”, un avance en el sentido contrario al desarrollo, es decir no de alejar la escasez relativa de divisas, sino de agravarla.

En este camino todos los argumentos del oficialismo fallaron. Se creía que la deuda, luego del pago a los buitres y de algunas decenas de miles de millones para arrancar, comenzaría a perder peso sobre el PIB en virtud del crecimiento, a la vez que el déficit de la CuCo se alejaría porque aumentarían las exportaciones. ¿Por qué? Porque la mera implementación de medidas “amistosas con los mercados” alcanzaría para despertar el entusiasmo inversor, local y global, a la vez que “sacarle la pata de encima al campo”, junto al shock devaluatorio inicial con quita de retenciones, sería suficiente para disparar las exportaciones de Productos Primarios y Manufacturas de Origen Agropecuario para convertirse en “el supermercado del mundo”. Se trata de fantasías tan mitológicas como afirmar que transferir inmensos recursos económicos a las petroleras vía precios, desde boca de pozo a los surtidores, daría lugar a un shock de inversiones que disminuiría el déficit energético. En el mundo real, en cambio, el déficit se multiplicó. Una y otra vez, en una y otra variable, en la economía nada funcionó como predijeron en el discurso los economistas de Cambiemos. Incluso la inflación, “la tarea más fácil”, terminará 2017 en niveles similares a los recibidos en 2015, pero con tasas de interés de referencia cercanas a los 30 puntos, contra las que la producción prácticamente no puede competir, y con un pasivo del Banco Central en torno a los 1,2 billones de pesos. Todo ello en un nuevo escenario regulatorio en el que la menor turbulencia en los mercados globales podría multiplicarse localmente.

En el mundo real, entonces, lo único que produjeron las medidas de la Alianza Cambiemos fue efecto riqueza para los sectores tradicionales y grandes negocios para el sector financiero. La descomplejización productiva asociada, con persistente caída del empleo industrial, ayudó a comprimir el peso del salario en el ingreso, es decir produjo una redistribución regresiva reforzada con los tarifazos que recortan el ingreso disponible. Para completar el panorama, apenas pasadas las elecciones el gobierno decidió adelantar el año par y avanzar en medidas que afectarán de lleno la demanda agregada, desde los nuevos aumentos en las tarifas de la energía y los combustibles a la súper quita a los ingresos reales de los jubilados, calculada en más de 100.000 millones de pesos. A su vez, la reforma laboral le pondrá techo al salario en el punto a partir del cual comenzarán a pagarse cargas patronales, medida que aportará a la creación de déficit en la Anses asegurando más recortes futuros. Si el paquetazo que se propone Cambiemos avanza es posible predecir un 2018 con muy bajo crecimiento y con continuidad en el deterioro de los indicadores sociales. Y hasta aquí no se habló de política a secas ni de persecución judicial a opositores.

 

Suplemento CASH de Página/12 - 10 de diciembre de 2017