Del 11-S de las Torres, al 15-S del tsunami financiero

Marcelo Cantelmi

 

La relación entre los dos septiembre fatídicos del siglo XXI estadounidense, el ataque terrorista de 2001 y la crisis luego global de 2008 con la quiebra del banco Lehman Brothers, llega hasta nuestros días. Hay mucho más que un supuesto en el vínculo entre esos episodios.

Una templada mañana en Washington, conmocionada aun por los atentados, diez días antes. a las Torres Gemelas, un prominente general de cuatro estrellas ya retirado dejaba atrás con su auto las curvas del río Potomac y llegaba hasta el Pentágono. Apenas entró fue saludado en los corredores por los hombres que lo habían tenido hasta hace muy poco como su jefe y subió cansinamente hasta los despachos del entonces secretario de Defensa Donald Rumsfeld y su segundo Paul Wolfowitz. La visita era formal y fue breve. Quería presentar sus saludos y el respaldo personal en una hora tan terrible.

Cumplido el gesto, bajó hasta las oficinas del Estado Mayor Conjunto para abrazar a los oficiales que conocía desde cuando encabezó el Comando Supremo de la OTAN y dirigió el bombardeo en la ex Yugoslavia en las postrimerías del gobierno de Bill Clinton. En un momento, uno de esos generales lo tomó de un brazo y le comentó casi al oído en tono preocupado: “Señor, tiene que venir conmigo para que hablemos un segundo”. El visitante se excusó amable, tienen trabajo, no quiero importunar, les dijo.

Pero el otro militar avanzó y le dijo, mirándolo a los ojos: “Señor, -carraspeó- hemos tomado la decisión de ir a la guerra contra Irak”. Hubo un instante de silencio. “¿Guerra contra Irak’ ¿por qué?, preguntó extrañado. “No lo sé -respondió titubeante el otro- Supongo que no saben qué otra cosa hacer”. El alto militar preguntó si habían encontrado algún vínculo entre el dictador iraquí Saddam Hussein y la red Al Qaeda de Osama bin Laden a la que se atribuía los terribles atentados. Su ex subalterno, con el mismo tono, le contestó rápido: “No no. No hay nada de eso. Ellos simplemente tomaron la decisión de ir a la guerra contra Irak”. Otra vez silencio.

Unas pocas semanas después, los dos militares volvieron a encontrarse en el mismo sitio. Era octubre de 2001. Ya se había ordenado la invasión a Afganistán y comenzaba el bombardeo en Kabul contra el régimen talibán que protegía a Bin Laden. “¿Estamos todavía con la intención de ir a la guerra contra Irak?”, preguntó el general retirado. El otro hombre dejó su silla detrás del escritorio, se incorporó y le dijo, acercándose: “es mucho peor que eso, Señor”.

El oficial rebuscó sobre el escritorio entre una montaña de papeles y carpetas y retiró un expediente. “Acabo de traer esto de arriba”, y señaló las oficinas de Rumsfeld. “Este es un memo que describe lo que vamos a hacer, es una operación para tomar siete países en los próximos cinco años, comenzado con Irak, luego Siria, Líbano, Libia, Somalía, Sudan y finalmente Irán”. El general de cuatro estrellas tragó saliva y atinó a preguntar si ese documento era clasificado. “Si, señor”, respondió el militar. “Entonces no me lo muestre”, le pidió.

El general Wesley Clark nunca reveló el nombre de aquel subalterno. Pero su impresionante relato que ha repetido a la prensa desde entonces, alcanza una importancia grave a 15 años de los peores atentados en la historia de EE.UU. Sustenta la sospecha inquietante de que la tragedia abrió un giro en el comportamiento estratégico de la potencia con un propósito lejano de la proclamada guerra antiterrorista. ¿Qué relación podría establecerse entre lo que había sucedido y lo que se pretendía? Esa guerra gaseosa contra el terror tuvo el propósito, en gran medida fallido, del que se enteró Clark. Pero, a igual tiempo, fue el ariete para un cambio único en la seguridad interna de EE.UU. y en el avance sobre los derechos civiles de sus ciudadanos.

Esas dos dimensiones, la externa y la doméstica, pueden acercar desde muchas perspectivas este aniversario del 11-S de 2001, con el del 15-S de 2008, el histórico colapso bancario y financiero y del cual se cumplieron ocho años este jueves. Ese acontecimiento, que debería merecer mucho mas atención, estalló con la quiebra del legendario banco Lehman Brothers y cambió el mundo de un modo mucho más radical aún que aquellos ataques abominables. A punto tal que fue el real inicio del siglo que transitamos, en opinión de analistas y sociólogos.

La relación entre los dos episodios no es directa. No ocurrió uno para que suceda el otro como supondrían los entusiastas de las conspiraciones. El 11-S fue un atentado terrorista, sorpresivo y devastador. De eso no hay dudas. Pero lo que esta información añade es que el poder lo vio también como una oportunidad. No sólo para modelar el mundo al estilo de la “sensatez norteamericana” que proclamaba la futura canciller de George Bush, Condoleezza Rice.

La luz verde que recibió la Casa Blanca a partir del desastre, facilitó promulgar una ley de seguridad interior en 2002 y crear un ministerio, el Homeland, con una autoridad insólita sobre la vida de los ciudadanos. La amenaza espectral todo lo validaba, desde el abuso de la mentira, arrestos ilegales o el plan de expansión colonial que describió Clark. Pero ¿cuáles eran los enemigos? Así cómo es legítimo indagar qué relación tendrían las tiranías prooccidentales de Libia, Irak o el régimen libanés con la amenaza de Al Qaeda, también resultaba nítido que la vigilancia interna iba más allá del pretexto terrorista.

El derrumbe económico que dio un marco de mala película al final del gobierno de Bush, con Wall Street en jirones y ahorristas desesperados, entregó una pista de lo que se intentó preservar con esos rígidos controles sociales enmascarados en normas de seguridad. Fue el notable Zigniew Brzezinski quien en abril de 2007 hizo la mejor síntesis: “El pequeño secreto subyacente es que la vaguedad de la frase (guerra contra el terrorismo) fue deliberadamente calculada por sus patrocinadores. La referencia constante a la guerra contra el terror conseguía un objetivo superior: estimulaba la aparición de una cultura del miedo. El miedo nubla la razón, intensifica las emociones y facilita a los políticos demagogos la movilización de la gente en apoyo de las políticas que quieren poner en marcha”.

No se equivocaba. El 2001 no fue solo el año de los atentados. En agosto, semanas antes de la tragedia, Bush designó en la Comisión de Valores a Harvey Pitt, un polémico abogado militante de la “creatividad financiera” que había asesorado a las principales empresas que luego aparecerían en el centro del caos de 2008. Bajo su mirada displicente, en diciembre de 2001 se produjo la mayor bancarrota de la historia del capitalismo con el colapso de la energética Enron --séptima en la lista de las 500 firmas mas relevantes de EE.UU.-- que falsificó sus números a la bolsa. Fue un momento decisivo para el mundo aún peor que los atentados, según escribió entonces el reciente Nobel de Economía Paul Krugman.

 Un año después, en diciembre de 2002, poco antes de la invasión inexplicable a Irak, otro coloso, World Com, repitió la estafa y su quiebra superó el récord histórico de Enron. Los dos episodios prologaron los desastres que se fueron incubando hasta el fatídico 15-S de hace ocho años.

Ese crack generó un descomunal quiebre social, indignación y furia pero, de modo especial, una concentración del ingreso y de la riqueza casi sin precedentes en la historia moderna. Gran parte de la tensión racial en el Estados Unidos actual tiene esas raíces, como también los emergentes fundamentalistas que han convertido a la política en un territorio aún más vidrioso de lo que era, no solo ahí también del otro lado del Atlántico. 

 

Clarín - 16 de septiembre de 2016