De las revolucionarias feministas rusas a Ni una Menos y el Paro Internacional de Mujeres

Nuria Pérez Jacky * (Especial para sitio IADE-RE) | "La confluencia en este 8 de marzo de 2018 de Ni una menos, el Paro Internacional de Mujeres, los feminismos y el Movimiento de mujeres en un acto unitario en la diversidad de enfoques otorga a la fecha además del colorido, un espacio que propicia el debate entre las fuerzas que lo componen", sostiene la autora.

Cuando amanecía el siglo XX y, desde mucho antes, las demandas provenientes de las diversas corrientes feministas, tanto las sufragistas por el logro del voto como las socialistas que unían la lucha por los derechos de las mujeres a la lucha de clases, horadaban los límites del dominio masculino y distribuían idearios de emancipación femenina en centros y periferias de las principales ciudades europeas y de Estados Unidos con movilizaciones callejeras, asambleas en las fábricas, mitines relámpagos y veladas de sensibilización.

Las revolucionarias rusas, durante las dos décadas previas a la Revolución de Octubre, desplegaron una intensa labor de organización y movilización de las trabajadoras contra la explotación capitalista y contra el orden patriarcal. Federico Engels enunció en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado (1884), el lugar adjudicado a la mujer dentro del capitalismo: reproductora de la especie y de las necesidades sicofísicas de la fuerza de trabajo, atributo social inherente a la mujer por su sola pertenencia al sexo.

Alejandra Kollontai (1872, San Petersburgo - Moscú, 1952), intelectual y revolucionaria feminista, en su libro La Mujer Nueva (1918) analizó la doble opresión de clase y de sexo que sometía la existencia de las trabajadoras y campesinas. Sostenía que la Revolución (bolchevique) debía transformar las relaciones intrafamiliares y liberar a las mujeres de las cargas domésticas.

Petrogrado, Kiev, Odesa eran las principales ciudades rusas de concentración industrial con gran participación de la mano de obra femenina; las mujeres representaban la tercera parte de la fuerza de trabajo a comienzos de la Primera Guerra Mundial con un alto grado de sindicalización y afiliación al partido Bolchevique que había incluido en su programa los problemas y necesidades de las trabajadoras. Durante la guerra, las mujeres ocuparon los puestos vacantes de los hombres destinados al frente. A su término, el regreso de los hombres a la producción y la crisis económica provocaron despidos masivos en las fábricas que recayeron, en primer lugar, sobre las mujeres. Lenin acordó con los sindicatos de Petrogrado revisar la situación y retener a las trabajadoras que tuvieran único ingreso o familia a cargo.

Sin embargo, en la Rusia zarista de aquellos años más de las tres cuartas partes de la población era campesina en situación de atraso y miseria que impactaba con rigor en las mujeres, con alto grado de analfabetismo, sometidas a la autoridad del padre, el marido y a la iglesia en la observancia de todos los mandatos retardatarios que se le imponían. En la región oriental de Rusia, las mujeres eran apaleadas, vendidas por sus padres o alquiladas a los hombres como burros de carga y despedidas al quedar embarazadas. Kollontai inició una tarea de concientización en estos sectores inaugurando clubes femeninos en réplica de aquellos que Clara Zetkin implementara en Alemania en 1890. Las mujeres concurrían a espaldas de sus familias recibiendo algunas de ellas castigos corporales cuando algún marido se enteraba de ello. El Código de familia sancionado por el Estado soviético en 1918, entre otras medidas, estableció la obligatoriedad del casamiento por Registro civil para quitarle poder a la dominación eclesiástica que dirigía la vida de las poblaciones en las zonas rurales. También se implementó el divorcio expeditivo y gratuito de manera que las mujeres del pueblo sometidas a la violencia de “maridos borrachos y salvajes”, pudieran divorciarse como lo hacían las clases pudientes durante el zarismo.

El Día de la mujer se celebró en Rusia por primera vez en 1913 con la participación de grandes masas de trabajadoras movilizadas por las bolcheviques feministas “en causa común con la clase trabajadora unida a la lucha por su emancipación”, proclamaba Kollontai cuestionando el movimiento unitario de mujeres en una sociedad basada en el antagonismo de clase.

“¿Cuál es el objetivo de las feministas burguesas? Conseguir las mismas ventajas, el mismo poder, los mismos derechos en la sociedad capitalista que poseen ahora sus maridos, padres y hermanos. ¿Cuál es el objetivo de las obreras socialistas? Abolir todo tipo de privilegios que deriven del nacimiento o de la riqueza. A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer”.

Las ideas de Kollontai respecto a la independencia de la mujer y a la remoción de la familia dentro del estándar burgués le valieron cierta aversión y distanciamiento de muchos de sus camaradas (bolcheviques), naturalizados en la ideología machista. Lenin afirmaba que era imposible la revolución sin la incorporación de la mujer y comprendió el significado revolucionario de las ideas de Kollontai apoyando las iniciativas para atacar el núcleo de los problemas que acuciaban a las mujeres.

La revista Robotnitsa (Trabajadoras) fue una herramienta poderosa para movilizar la conciencia de las trabajadoras. Sus páginas recogían las conclusiones, opiniones y planteamientos de las asambleas previstas sólo para mujeres donde podían expresarse con mayor soltura sin la sanción masculina.

Nadezhda Krupskaya (San Petersburgo, 1869 – Moscú, 1939), compañera de Lenin, fue la primera directora de Robotnitsa junto a Konkordiya Samoilova y Ludmila Stal. Krupskaya actuó junto a Alejandra e Inessa en la construcción y dirección de las distintas herramientas ideológicas de concientización de las mujeres. Se ocupó del sistema educativo y organizó las bibliotecas populares del Estado soviético.

El 8 de marzo de 1914 aparece la primera edición de Rabotnitsa en San Petersburgo. Este primer número tuvo una tirada de 12.000 ejemplares. La persecución zarista y su confiscación en varias oportunidades produjeron interrupciones intermitentes. Su salida suscitó nuevos resquemores e incomprensiones entre los bolcheviques que no veían con buenos ojos la óptica de la revista ni la necesidad de la misma. Consideraban suficiente una página en el diario Pravda para la exposición de los temas femeninos. Nuevamente Lenin decidió su aparición que permitía la posibilidad de tomar contacto de manera directa con las inquietudes de las mujeres ante su creciente participación. Inessa Armand (París, 1874 – Moscú, 1920) sucedió a Krupskaya en la dirección de la revista manteniendo una línea editorial claramente feminista.

En ciernes de la Primera Guerra Mundial las mujeres socialistas sumaban “casi un millón de miembros. ¡Una fuerza poderosa!”, ponderaba Kollontai, las que se plegaron en acción conjunta por la desmilitarización de Europa y contra la guerra imperialista en disputa por nuevos territorios. Las feministas burguesas se dedicaron a presentar peticiones antibélicas que finalmente cesaron ante su rendición a gallardos patriotismos.

La vasta producción intelectual de Kollontai expone con una narrativa desbordante el análisis de las causas de la subordinación e inferioridad adjudicada a las mujeres a lo largo de los tiempos e indaga sobre las herramientas políticas e ideológicas para su transformación. Conocía desde el territorio las condiciones de vida a que estaban sometidas las mujeres, atendía las propuestas que se presentaban al calor de los congresos, asambleas de fábrica y encuentros de todo tipo, las que se convirtieron en políticas concretas al triunfo de la Revolución: comedores y lavanderías populares, jardines de primera infancia, derecho a la lactancia en los lugares de trabajo, protección a la maternidad, atención social de las personas mayores, divorcio expeditivo, aborto gratuito, educación, cuota alimentaria paterna a madres solas. Un pequeño episodio da idea del cuidado en la adjudicación de estos beneficios: ante la presentación de un caso donde se planteaba la duda acerca de la paternidad, la justicia decidió que la cuota alimentaria se abonara por partes iguales entre los presuntos padres biológicos.

Alejandra Kollontai e Inessa Armand emergen como las principales dirigentes bolcheviques en el proceso de concientización de las mujeres. Sufrieron persecución, exilio y prisión en las cárceles zaristas. Y el ocultamiento en la Historia de la Revolución rusa. Motivos de índole androcéntrica matizan tan encomiable invisibilización. Los argumentos respecto a la independencia de la mujer en todos los planos y la defensa del amor libre le valieron a Alejandra rechazos y controversias en sus propias filas. Inessa, mano derecha del Lenin exiliado en París y su portavoz en los grupos bolcheviques europeos, pasa a la historia como amante del líder; su trayectoria revolucionaria quedó secundarizada a las crónicas conjeturales de dicha relación.

La genealogía en la conciencia revolucionaria de Kollontai da cuenta de una temprana sensibilidad hacia las clases desposeídas al tomar contacto, durante las temporadas que pasaba junto a su abuelo finlandés, con las condiciones misérrimas en que vivían los campesinos finlandeses, parte del imperio ruso en aquellos años. Su familia, pequeños terratenientes liberales, impidieron que asistiera a la escuela formal, “demasiado rebelde”, según su madre para exponerla a las influencias de las ideas revolucionarias de la época. Su profesora particular, cercana a los círculos intelectuales marxistas le transmite las ideas a las que Alejandra adhiere tempranamente.

Inessa, lectora en su adolescencia de heroínas rebeldes como el personaje Vera Pávlovna, emblema de la nueva mujer, contrae matrimonio con uno de los hijos de una familia de pequeños industriales textiles. Es a través de su cuñado, quien distribuía materiales revolucionarios en la fábrica de su padre, que Inessa se acerca a estas ideas y se brinda de lleno a la política, abandonando las tareas caritativas hacia las mujeres en situación de prostitución de Moscú.

Kollontai nos lega el testimonio Mujeres combatientes en los días de la Gran Revolución de Octubre recuperando la memoria de mujeres que actuaron en todos los frentes, el de masas, de agitación, de concientización y en el Ejército Rojo comandando soldados durante la Guerra Civil (1918-1921). Este documento refleja la participación y compromiso de las mujeres que de otra manera tal vez hubieran quedado en el anonimato de la historia.

El Zhenotdel, organismo de la mujer se crea en 1919 en plena movilización de las mujeres. Fue una herramienta de agitación femenina permanente que permitió una enorme movilidad política de las mujeres para formar parte del gobierno: una segunda Revolución de Octubre referían los pasillos de la época. La creatividad revolucionaria de las mujeres creó la función de la delegatka: votada por las compañeras de trabajo, ostentando un pañuelo rojo recorría la cadena de producción de la empresa tanto para tomar conocimiento como para controlar la calidad y eficacia de lxs trabajadorxs. Inessa dirigió el Zhenotdel aunque por poco tiempo al sorprenderle la muerte en 1920. Kollontai queda al frente hasta su alejamiento de la política activa en 1921 para ocupar el cargo de Embajadora en Oslo.

Origen del 8 de Marzo

Hay diversas versiones sobre el origen del 8 de marzo, que responden también a diversos intereses ideológicos, muchos de los cuales han buscado ocultar o tergiversar el carácter revolucionario de la fecha ligado a las luchas de las trabajadoras socialistas revolucionarias de fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

“Dejad que un sentimiento alegre de servir a la causa común de la clase trabajadora y de luchar simultáneamente por la emancipación femenina inspire a las trabajadoras a unirse a la celebración del Día de la Mujer” (Kollontai).

Clara Zetkin (Sajonia, 1857 – Moscú, 1933) socialista revolucionaria alemana, recordaba a sus 70 años en una carta a sus hijos: “El Día Internacional de la Mujer me ocasionó un trabajo agobiante; estoy agotada” y agregaba irónicamente “no hubiera tenido que ‘inventar’ en 1910 el Día de la Mujer”. Durante el funcionamiento de la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas realizada en Copenhague los días 26 y 27 de agosto de 1910, Zetkin presenta la propuesta que dio origen a lo que conocemos hoy como Día de la Mujer.

El llamamiento tuvo un amplio recibimiento en las delegadas al Congreso convocando a unir la lucha por la igualdad de derechos a la lucha por preservar la paz mundial. Era el inicio de una década de enormes transformaciones sociales y políticas: Europa al borde de la Primera Guerra Mundial, alzamientos de los pueblos de Asia y África contra el colonialismo europeo, en Norteamérica crecía el movimiento sufragista cuestionando el tutelaje masculino sobre las mujeres.

Dicha conferencia se celebró previa a las sesiones del Congreso de la Internacional Socialista. El ala revisionista del partido no aprobaba la propuesta. Según cuentan sus historiadoras la concurrencia de más de 100 delegadas de 17 países recibió tan entusiastamente la organización de una jornada de lucha y movilización de la Mujer Trabajadora que pudo imponerse con aceptación unánime. Clara Zetkin resaltó en esa oportunidad y hasta el último día de su vida que en “la sociedad capitalista la mujer nunca podrá alcanzar la plena igualdad de derechos. Para su liberación necesita la transformación total de las relaciones sociales: la implantación del régimen socialista”.

Al año siguiente, por primera vez la jornada se celebró en Alemania, Austria, Dinamarca, Suiza y EE.UU., en un 19 de marzo con la participación de miles de mujeres. Además del derecho al voto y a ocupar cargos públicos, demandaban el derecho a trabajar, a la enseñanza y el fin de la discriminación en el trabajo. La fecha 8 de marzo queda establecida durante una manifestación masiva en París con representantes de varios países. Clara Zetkin hace aquí un llamado a las mujeres a manifestarse contra la guerra; es el año en que estalla la Primera Guerra Mundial. Finalmente, en 1920 en la I Conferencia Femenina Comunista Internacional en Moscú, se proclama el 8 de marzo como jornada internacional. A partir de aquí las comunistas de todo el mundo comienzan a impulsar la fecha que progresivamente se extenderá al conjunto del movimiento organizado de mujeres.

En 1975 las Naciones Unidas proclama el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer “para conmemorar la lucha histórica, por mejorar la vida de la mujer", conjuntamente al Año Internacional de la Mujer bajo la consigna, “por la Igualdad, por el Desarrollo y por la Paz”.

En nuestro país la fecha fue celebrada casi en soledad por las comunistas y algunos otros sectores; prácticamente no tuvo difusión hasta la restauración de la democracia en 1983. A partir de aquí cobró impulso con el auge del movimiento de mujeres y los feminismos, que si bien confrontaban en cuanto a orgánicas y tradiciones ideológicas sumaban “tropa” en las demandas fundamentales. La década neoliberal ralentizó el fuego feminista dado que algunas/muchas organizaciones de mujeres se reconvirtieron en ONGs financiadas por el Banco Mundial, suspendiendo su calidad contestaria.

La última década politizó nuevamente el espacio con otras osadías y propuestas.

8 de marzo: Día de la Mujer / Ni una menos / Paro Internacional de Mujeres

El titular de Página 12 del 3 de febrero (2018) indica: “La marea feminista vuelve a las calles. Primera asamblea de Ni una Menos para organizar el paro del 8M. Fue un mosaico de transversalidad”. Asimismo la asamblea se pronunció, como expresa la nota, contra los despidos, la Reforma Previsional impulsada por el gobierno de Macri y por la despenalización y legalización del aborto gratuito, libre y seguro.

El documento constitutivo de Ni una Menos se define como “un grito colectivo contra la violencia machista”. La Violencia de género es un flagelo social endémico transversal; un tercio de la población femenina es víctima en algún momento de su vida de esta circunstancia en cualquiera de sus tipificaciones. Su forma más extrema es el femicidio que actualmente contempla la pena de reclusión perpetua.

El combate contra la violencia machista ha cobrado envergadura en los medios masivos más allá del amarillismo de ciertos íconos televisivos. La visibilidad de la violencia contra la mujer se hizo tangible a partir de la designación del 25 de noviembre como Día Internacional de la No Violencia contra las Mujeres durante el desarrollo del Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe celebrado en Bogotá en 1981. La fecha se fijó en homenaje a las hermanas Mirabal asesinadas en 1960 en República Dominicana por prestar solidaridad a los presos políticos de las cárceles del entonces dictador Trujillo. Los 25 de noviembre de cada año el movimiento de mujeres organiza movilizaciones y actividades públicas en repudio de la violencia machista y por políticas públicas con presupuestos acordes.

Ni una menos, en junio de 2015, realiza su primera manifestación que en los años sucesivos se irá ensanchando con la participación de todo tipo de sectores sociales.

El Paro Internacional de Mujeres (PIM) “es un movimiento de base formado por mujeres de diferentes partes del mundo. Fue inspirado desde Polonia y creado en octubre de 2016 en respuesta a la violencia social, legal, política, económica, moral y verbal que experimentan las mujeres contemporáneas en diversas latitudes. PIM planea paros generales y protestas bajo un lema en común: la solidaridad es nuestra arma”. En las asambleas preparatorias se escucharon voces como la CTEP: “No somos planeras, somos trabajadorxs. Y si nosotras no laburamos, en nuestros barrios ganan los narcos” o la exigencia de una ley para proteger a las empresas recuperadas por sus trabajadorxs.

La confluencia en este 8 de marzo de 2018 de Ni una menos, el Paro Internacional de Mujeres, los feminismos y el Movimiento de mujeres en un acto unitario en la diversidad de enfoques otorga a la fecha además del colorido, un espacio que propicia el debate entre las fuerzas que lo componen.

Y desaloja el tono de dispersión que asumió el calendario feminista en los últimos años al establecer fechas diferenciadas para una misma demanda.

Y lo más importante, la posibilidad de recuperar el impacto en la sociedad de una fecha, el Día de la mujer, inscrita en la memoria colectiva.

Las mujeres y su situación de clase

En uso de la licencia de homologar género/mujer, muy discutido por la diversidad sexual y por el feminismo clasista, las problemáticas de género son transversales al universo mujer. Como lo afirma Amelia Valcarcel: “Mientras sólo una mujer en la tierra pueda ser mutilada, golpeada, agredida, excluida, violentada, discriminada por el hecho de ser mujer, todas las demás mujeres hemos de saber que ese único caso afecta al estatuto completo del conjunto”. Desde nuestra consideración agregamos: y violentada por el Estado y la Iglesia ante la prohibición de decidir libremente sobre su cuerpo.

Las relaciones de clase y las de género constituyen un par indivisible cuando se trata de dimensionar la desigualdad de las mujeres y entre las mujeres. Las asimetrías de clase refuerzan las desigualdades de género. Las mujeres con familia numerosa por bajo la línea de pobreza, las precarizadas, las domésticas, las que mayoritariamente cumplen doble jornada, la vulnerabilidad de estas mujeres no forma parte de las preocupaciones y demandas de las mujeres de las capas medias.

En este punto, las herramientas políticas de transformación se construyen de acuerdo con la situación de clase.

En este punto, volvemos a las fuentes: los escritos de Kollontai, poco más de un siglo atrás son de absoluta vigencia.

 

* Cátedra Libre de Género y Clase Alcira de la Peña.