Crónica con engrudo y cal en las manos

Edgardo Logiúdice


En 1958, en pleno comienzo de Arturo Frondizi, con el mundo en Guerra Fría y América latina con aires de Sierra Maestra, se libró una batalla legendaria por el régimen para las universidades. Pero había más historias entrecruzadas. Las cuenta un protagonista, Edgardo Logiúdice, que pinta la época y le añade la perspectiva actual.

Arturo Frondizi entusiasmó. Nos entusiasmó. Era la época. Época de guerra fría. Y de algunas noches frías también. Berlín en el centro de las relaciones Estados Unidos-Unión Soviética. En Moscú, en 1956, se había realizado el XX Congreso del PCUS. Nikita Kruschev sobre, y contra, Stalin. El mismo año Hungría se había levantado y había sido aplastada. Con Gamal Abdel Nasser y la República Árabe Unida de Egipto junto a Jawaharlal Nehru de la India y Sukarno de Indonesia, la Conferencia de Bandung  de 1955 era el primer paso hacia el futuro Movimiento de los Países no Alineados. Época, también, de la descolonización de África. Y en el aire había olor a Sierra Maestra. 

Para muchos jóvenes era casi una fiesta,  todavía pegoteada de carteles y de engrudo. Cal de pintadas.  Sueño y sueños. Arturo, coraje, a los yanquis dale el raje. Fiesta de brochas, cal y engrudo había sido la campaña electoral. Volantes, miles de volantes. Picar esténciles. El engrudo se ennegrecía con la tinta del panfleto. Carteles hechos con sábanas viejas agujereadas para que pasara el viento. 

El domingo 23 de febrero de 1958 el abogado correntino Arturo Frondizi fue electo Presidente de la Nación con más del 50 por ciento de los votos. Es conocido que el peronismo estaba proscripto.  Pero Perón lo apoyó y la izquierda también. Y el 1ro. de Mayo de 1958, Arturo asumió.

Según cuenta John W. Cooke, mensajero del pacto entre Perón y Frondizi, en la asunción no se oyó gritar ¡Perón! ¡Perón! El arreglo era no crearle problemas a Frondizi llenando las plazas de obreros peronistas. Después de todo don Arturo había  saludado la llegada del general Eduardo Lonardi en el ‘55 pero no era santo de la devoción de Isaac Rojas, precisamente por el acuerdo de Frigerio-Frondizi con Perón. 

Muchas ilusiones: algunos estudiantes de Derecho llevábamos un gran cartel por la reaparición del diario “La Hora”. Decía: “Con La Hora del proletariado le llegó la hora a la oligarquía”.  Y el titular del diario era éste: “Con Frondizi el pueblo entra a la Rosada”. ¿Le habrían prometido un cargo a algún comunista? La verdad es que, igual, los milicos pensaban que el gobierno estaría lleno de marxistas: Arturo había estado en el Socorro Rojo Internacional y la Liga Argentina por los Derechos del Hombre. 

Buena parte  de los jóvenes universitarios parecía hallarse en un período revolucionario, idea fomentada por Rogelio Frigerio, mano derecha de Frondizi. Según algunos, el monje negro. Frigerio había sido comunista. “Un paso atrás, dos adelante” era la frase de Lenin que servía de excusa para que, identificando a Frondizi con Alexandr Kerensky, se justificaran los renunciamientos programáticos. Frondizi era la Revolución de Febrero de 1917 de Kerensky que preparaba la de Octubre, la de Lenin.

Pero los estudiantes no eran ya un sector homogéneo, ni entre los laicos ni entre los católicos. El ascenso social nos mezclaba a una primera generación que arribaba a la universidad, o a la secundaria, con estudiantes de mejores escuelas y de vínculos familiares en la misma universidad. 

La autodenominada Revolución Libertadora había tenido el apoyo y la participación en los “comandos civiles”, además de los partidos políticos tradicionales, de muchos estudiantes universitarios, de vertientes muy distintas. Por lo cual se fueron delineando diversos rumbos ideológicos. La misma heterogeneidad política, ideológica, económica y social se reflejó en el accionar de la dictadura militar, la última en fusilar “legalmente”. Existían ya, además del interés clerical, otros intereses en la enseñanza por fuera de la pública. Las propias empresas, por un lado: la enseñanza como negocio de provisión de títulos. Después vendrían el “esponsoreo” de algunos institutos o cátedras, hasta llegar a la actual desfinanciación para producir el vaciamiento de la universidad pública.   

 Desde el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918 la Iglesia Católica había quedado herida en materia de enseñanza. Con el golpe de estado de José Félix Uriburu en 1930, con un gabinete de empresarios, ganaderos  y miembros de bancos extranjeros, una elite decía hacerse cargo del destino de la Nación. Su preparación debía quedar en manos de la Iglesia Católica a través de la enseñanza. Los cuadros de entonces encargados de la formación eran los más ultramontanos. De allí que Uriburu interviniera todas las universidades y en Santa Fe comenzara a aparecer Atilio Dell´ Oro Maini, fundador de la revista Criterio y una voz de la Iglesia. Reaparecería con los presidentes Agustín P. Justo, Edelmiro Farrell y Pedro Eugenio Aramburu, siempre vinculado a la educación. Con la Libertadora, como ministro de Educación introdujo una nueva táctica. Sostuvo el famoso artículo 28 del decreto 6403. El 28 abría la posibilidad de que las universidades privadas otorgaran títulos habilitantes.  

Sin abandonar la enseñanza pública, la Iglesia buscaba ya tener su propia autonomía administrativa y académica.

Con Aramburu, mientras el laico socialista José Luis Romero era rector interventor de la Universidad de Buenos Aires, un clerical como  Dell´Oro Maini era ministro. Confrontaron. Entretanto comenzaron algunas protestas estudiantiles, inclusive de los secundarios que agregaban cuestiones gremiales, pues habían disuelto los centros de estudiantes. La cuestión entre Romero y Dell’Oro Maini se resolvió salomónicamente cuando renunciaron los dos. Y le dejaron el problema al futuro Presidente, que al final decidió reglamentar el artículo 28.

En septiembre de 1958 los carteles serían otros. Distintos de los que  habían inundado las calles en la campaña electoral. Epoca de rectores y decanos que salían al frente de las manifestaciones estudiantiles. En la manifestación del 19 de septiembre los laicos, reformistas de los de 1918, usaban el violeta. Un morado que tiene el origen incierto de alguna cortina eclesiástica robada o de alguna prenda obispal. En su manifestación del 15 de septiembre abundaron, en cambio, los curas. Y las monjas arreando los alumnos de sus colegios (eran casi los únicos privados y ya recibían subsidios desde 1947) hasta la Casa Rosada. Allí los saludó Frondizi en medio de los gritos a favor de la libertad de enseñanza. Como si la universidad pública, gratuita, laica y autónoma no la garantizara con las cátedras libres y paralelas. 

De nuestro lado, el de la laica, la radicalización de la juventud, y no sólo de la juventud estudiantil, tenía otras vertientes, que habían comenzado con la resistencia peronista. De orígenes muy diversos y a veces distantes asomaban otras formas de lucha e incluso la guerrilla. 

En los sectores universitarios había una historia común nacida del antifascismo durante la Segunda Guerra. Unos venían de una caracterización compartida y crítica del gobierno peronista, que con algunas medidas y políticas la tenía bastante bien ganada, pero otros estaban buscando un líder en el ala de Perón. Y es evidente que para las grandes masas los pecados del peronismo eran veniales.  

Las corrientes estaban muy entrecruzadas. Fue un momento de cambios ideológicos profundos y muchos de esos cambios se dieron en medio de la lucha de la laica y la libre, a pesar de la influencia de los integristas católicos.

De ese nacionalismo católico que incluía a la Alianza Libertadora Nacionalista devino al menos parte de Tacuara, un grupo armado que tuvo a maltraer a muchos en la Facultad de Derecho en algunas de las tantas tomas y retomas. Tomas decididas por Asambleas de más de mil alumnos en las que, guiados por el Reglamento de la Cámara de Diputados, las votaciones eran nominales y su duración interminable.

Tacuara entonaba: “¿La FUBA, la FUBA, la FUBA dónde está? Está en la sinagoga leyendo El Capital”. La dirigía el cura Julio Meinvielle. Otras expresiones menos agresivas eran llamar Laika a la enseñanza laica. Así buscaban vincularla con el comunismo: Laika era la perrita que los soviéticos habían mandado al espacio en el satélite Sputnik II en 1957.

Cuando se produjo la primera gran manifestación, la de los humanistas fogoneados por la Iglesia, el 15, ya teníamos un mes de engrudo  y cal en las manos. Y muchas visitas a la Familia Italiana, a buscar esos carteles grandes que se hacían con tipografía de madera. Y a pegarlos con harina y agua. Y a repartir volantes. Y después, a disparar de la policía. Y a conocer a los informantes: los zapatos negros.

Ya habíamos aprendido a tirarles bolitas a los caballos de la policía montada. Ya sabíamos esquivar los chorros de agua. Medio millón, decíamos. Doscientos cincuenta mil probablemente fueron los asistentes al acto de la FUA  el 19 de septiembre en la Plaza de los Dos Congresos. Algunos dicen recordar que allí comenzó aquello de “Obreros y estudiantes, unidos y adelante”. 

La cosa anduvo bien en Diputados. El 23 anunciaron su decisión: derogar el artículo 28. El 26 fue derogado por amplia mayoría. Pero ya había muchos trenzando hacia otro lado. El diputado Horacio Domingorena cambió su discurso y con él lo hicieron varios diputados más.  

Recibida la media sanción de Diputados, el 28 de septiembre el Senado Nacional la modificó. El proyecto volvió a la Cámara de Diputados, que la consideró al día siguiente y rechazó las modificaciones por 95 votos a 48. Modificar significaba que, para insistir en el proyecto original, Diputados precisaba dos tercios. La trenza lo impidió y quedó en pie el proyecto del Senado, la Ley 14.557, llamada Domingorena porque su manejo fue el que la permitió. El 30 de setiembre de 1958, hace 60 años, muchos jóvenes lloramos de impotencia agarrados a las puertas del Congreso. 

La versión del Senado aún tenía que ser reglamentada. Frondizi había prometido no hacerlo en una reunión con los rectores de las universidades nacionales. Lo que había quedado firme era que el Estado Nacional, no las universidades, era el que otorgaba los títulos habilitantes. Los rectores pensaron que las cosas podrían arreglarse en la reglamentación. Pero en plenos carnavales del ‘59, después de haber votado la entrega del Frigorífico Lisandro De la Torre, que había sido estatal y municipal, a la Corporación de Productores, Frondizi reglamentó la ley. 

“Cuanto más desciende el nivel de la moralidad pública tanto más aumenta la responsabilidad de quienes, como los universitarios de hoy, se han autoimpuesto la ingrata y noble tarea de vigía de las normas éticas y de guardián de la libertad.” De ese modo Risieri Frondizi, rector de la UBA, se dirigía a su hermano el Presidente.

La ley 14.557 fue el punto de partida. Ocho años más tarde, Juan Carlos Onganía sancionaría la ley 17.604, ampliando las facultades de la enseñanza privada, aunque el espaldarazo definitivo lo dio Carlos Menem en 2003, con la sanción del decreto 2.330 que reglamentó la ley de Onganía, desregulando y facultando la creación de nuevas universidades. 

No parece del todo casual el origen privado de la enseñanza de nuestros gobernantes de hoy. En los actuales conflictos vuelven a la superficie, junto al miserable e impiadoso sectarismo, el clericalismo y la falsedad ideológica. 

Una vez más los claustros universitarios y sus trabajadores están en la calle, con viejas y nuevas formas de manifestación. Otra primavera violeta, quizá,  para frenar la barbarie. Seguramente el Reformismo, que fue diluyendo sus objetivos, debería reconstruirse. En especial a partir de los estudiantes. Tal vez corresponda discutir la universidad antes de que no haya nada que discutir. Sobre todo en un país que corre el mismo riesgo.

- Edgardo Logiúdice, es ensayista. Fue docente de la Universidad de Buenos Aires.

 

Página/12 - 1 de octubre de 2018