China y sus políticas zigzagueantes

Paul Krugman
China es gobernada por un partido que se llama a sí mismo comunista, pero su realidad económica es de capitalismo rapaz y amiguista. Y todo el mundo ha estado suponiendo que los gobernantes del país saben más que lo que dicen con su ocasional retórica socialista. Sin embargo, sus políticas zigzagueantes de los últimos meses son inquietantes. ¿Es posible que después de todos estos años Pekín siga sin entender cómo funciona esa cosa llamada "mercados"?

Cuál es el telón de fondo: la economía china esta tremendamente desequilibrada, con una parte muy baja del PBI dedicada al consumo y una proporción muy alta dedicada a la inversión. Esto era sostenible mientras el país podía mantener un crecimiento extremadamente rápido; pero el crecimiento, inevitablemente, pierde fuerza a medida que China se va quedando sin mano de obra excedente. Como resultado, los retornos sobre la inversión bajan mucho.

La solución es invertir menos y consumir más. Pero para conseguirlo harán falta reformas que distribuyan más los frutos del trabajo y aporten más seguridad a las familias. Y si bien China ha dado algunos pasos en esa dirección, todavía queda mucho por hacer.

Entre tanto, el problema es cómo sostener el gasto durante la transición. Y allí es donde las cosas se han puesto complicadas.

Al principio, el gobierno chino sostenía la economía en parte mediante gasto en infraestructura, que es el remedio standard para la debilidad económica. Pero también lo hacía canalizando crédito barato a las empresas de propiedad estatal. El resultado fue que esas empresas apilaron deudas, que el año pasado eran lo suficientemente grandes como para hacer temer por la estabilidad económica.

Luego China adoptó una política oficial de sostener las bolsas, combinando una campaña de propaganda de compra de acciones con requisitos marginales laxos, todo lo cual facilitaba la compra de acciones con dinero prestado. El objetivo puede haber sido ayudar a esas empresas de propiedad estatal, que podían pagar deuda vendiendo acciones. Pero la consecuencia fue una obvia burbuja, que este año empezó a desinflarse.

La respuesta de las autoridades chinas fue notable. Hicieron de todo para sostener el mercado: suspender la operación de muchas acciones, prohibir el empujar a los grandes inversores a comprar y enseñar a los estudiantes de economía a repetir "Reviva las acciones A, beneficie a la gente".

Todo eso estabilizó las bolsas por el momento. Pero al costo de atar la credibilidad de China a su capacidad de impedir que los precios de las bolsas caigan nunca. Y la economía China necesita más sostén.

Así que esta semana China decidió dejar caer el valor de su moneda, lo cual tenía algún sentido: mientras que cinco años atrás el yuan estaba claramente subvaluado, hoy está significativamente sobrevaluado. Pero las autoridades chinas parecen haber imaginado que podían controlar la caída del yuan sacándole de a un par de puntos porcentuales por vez.

La predecible reacción del mercado parece haberlos tomado enteramente por sorpresa: la devaluación inicial del yuan era –entendieron los mercados– "el primer mordisco a la frutilla", un signo de devaluaciones mucho mayores por venir. Los inversores empezaron a irse de China y los dirigentes abruptamente pasaron de promover la devaluación de la moneda a un abierto esfuerzo por sostener su valor.

El tema que tienen en común estos vaivenes salvajes es que la dirigencia china sigue imaginando que puede darle órdenes al mercado, decirle a qué precios puede estar. Y así no es como las cosas funcionan.

No estoy diciendo que los gobiernos nunca deban interferir con los mercados, o ponerles límites a los precios. Hay, como lo he dicho en otras ocasiones, muy buenas razones para subir el salario mínimo y en general para promover la suba de salarios para los trabajadores estadounidenses; y hay razones aún más poderosas para una eficiente regulación financiera.

Incluso hay razones poderosas para sostener bolsas. Hace tres años, la promesa del Banco Central Europeo de que iba a hacer "lo que hiciera falta" para salvaguardar al euro –interpretada como una promesa de que compraría bonos si era necesario– obró maravillas. En 1998 la Autoridad Monetaria de Hong Kong compró grandes cantidades de acciones para revertir un ataque de a su moneda, con éxito notable.

Pero se trató de acciones de corta vida, tomadas en momentos en los que los mercados parecían haber perdido el timón. La gente de la Reserva Federal solía llamar a esto intervenciones "de cachetada".

Eso es muy distinto del tipo de intervención y dictado político de los precios que China parece imaginar que puede conseguir. ¿Es que los gobernantes del país no entienden por qué no funciona?

Si realmente no lo entienden, es para inquietarse. China es una superpotencia económica, no tan superpotencia como EE.UU. o la Unión Europea pero lo suficientemente grande como para que importe, y mucho. Y está atravesando tiempos duros. Así que si sus gobernantes realmente no tienen idea, como está dando la impresión últimamente, eso no augura nada bueno, no sólo para China sino para el mundo en su conjunto.

iEco - 16 de agosto de 2015