Retrato de una mujer traicionada

Hace unos días la presidenta Dilma Rousseff ordenó liberar inmediatamente poco menos de mil millones de dólares para atender las enmiendas parlamentarias al presupuesto anual. Anunció, además, que en septiembre serán liberados otros dos mil millones de dólares. Esa montaña de dinero será empleada por los señores parlamentarios para atender intereses parroquiales de sus feudos electorales. En Brasil el presupuesto nacional, una vez aprobado por el Congreso, autoriza al Poder Ejecutivo a gastar, es decir, dice cuánto el gobierno puede disponer a lo largo del año, promoviendo cortes o ajustes. Impone un tope y nada más. No obliga al gobierno a cumplir lo que ha sido propuesto por él y aprobado por los parlamentarios. Es parte del juego. De la misma forma, es parte del ritual que, en el Congreso, la propuesta original sufra un sinfín de enmiendas de los parlamentarios. Ya la liberación de recursos para atender la demanda de diputados y senadores depende del Ejecutivo, en un ciclo vicioso de presiones y contrapresiones.

Los límites del lulismo

El Partido de los Trabajadores (PT) nació hacia fines de la dictadura como una fuerza antisistémica, de firme anclaje en los movimientos sociales, así como crítica de las experiencias del populismo desarrollista. Su carácter antisistémico suponía una oposición a los pactos entre élites que habían definido los momentos trascendentes de la historia política brasileña.

Un monstruo llamado opinión pública

Brasil vivió ayer el clima de resaca, luego de la formidable secuencia de multitudinarias movilizaciones populares que sacudieron al país a lo largo de las últimas dos semanas. Hubo nuevas manifestaciones y marchas, pero con bastante menos participación que las anteriores.

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La indecisión brasileña

Henry Kissinger, que a su condición de criminal de guerra une la de ser un fino analista de la escena internacional, dijo a finales de los sesenta que “hacia donde se incline Brasil se inclinará América latina”. Esto no es así de cierto hoy porque la marejada bolivariana cambió para bien el mapa sociopolítico regional; pero aun así la gravitación de Brasil en el plano hemisférico sigue siendo muy importante. Si su gobierno impulsara con fuerza al Mercosur y la Unasur o la Celac, otra habría sido la historia de estas iniciativas. Pero Wa-shington ha venido trabajando desde hace tiempo para desalentar ese protagonismo. Se aprovechó de la ingenua credulidad, o el acendrado colonialismo mental, de Itamaraty prometiéndole demagógicamente que garantizaría para Brasil un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, mientras la India y Pakistán (dos potencias atómicas) o Indonesia (la mayor nación musulmana del mundo) y Egipto, Nigeria, Japón y Alemania, entre otros, se quedan afuera.

Brasil se despertó

Junio fue un mes histórico en Brasil. Mientras se palpitaba la Copa de las Confederaciones, esa suerte de pre-mundial que pretendía imponer a Rio de Janeiro como la vidriera de la potencia emergente, el estallido social y político obligó al mundo a posar los ojos en el "otro Brasil". Desde el 13 de junio, cuando la policía reprimió violentamente una manifestación en San Pablo que reclamaba contra los aumentos en el transporte, se multiplicaron las movilizaciones en todo el país.

Doble mano

Un millón y medio de brasileños tomaron por asalto las avenidas de decenas de capitales, embravecidos contra el despilfarro de la Copa, el transporte caro, la represión policial, la corrupción y la burocratización de la clase política. También hubo algunos, no pocos, que repudiaron la censura, privada del multimedios Globo. Y aunque se trató de un alzamiento impensado la marea de indignados, de a poco, fue encauzándose detrás de algunas banderas históricamente defendidas por la izquierda, sumadas a otras de nuevo tipo.

“Brasil contiene a la región para ser potencia global”

Raúl Zibechi. Analista internacional. Zibechi investigó durante doce años la política exterior y doméstica del gigante sudamericano y, ahora, acaba de editar en Argentina –con el apoyo del colectivo periodístico La Vaca– el libro Brasil, ¿un nuevo imperialismo?, una obra que se plantea decodificar todo el diccionario político del vecino país: sus poderosas multinacionales pero, también, la disrupción del lulismo, la creatividad de sus nuevos movimientos sociales y la economía que atrasa de los señores feudales sojeros.

¿Es que no entienden nada, no oyen nada, no se enteran de nada?

Brasil parece condenado a convivir con la escoria de un sistema político venal, que cree sinceramente que el bien público es patrimonio privado de un pequeño grupo que decide, soberano, sobre el bien y el mal.

Los adictos al abuso están cómodamente instalados en los tres poderes que deberían ser la base de la democracia: el Legislativo, el Judicial y el Ejecutivo. La impertinencia de los impunes salta a los ojos de cualquiera y deja claro que en el fondo el gran problema del país está en el sistema viciado que exige, a gritos, una reforma.

La restauración en marcha

Mientras la elite brasileña trata de volver a la normalidad después de las movilizaciones de junio, Dilma Rousseff atiende los reclamos de la sociedad.

Infelizmente no es posible convocar el plebiscito antes de octubre, de modo que las elecciones de 2014 deberán realizarse con el sistema electoral actual”, dijo –palabra más o menos– el vicepresidente brasileño, Michel Temer (PMDB), el jueves al mediodía. Comentan observadores que los gritos que la presidenta Dilma Rousseff daba esa tarde durante su visita a Salvador podían oírse en Brasilia sin necesidad de teléfono.