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Teoría marxista: Gramsci y la educación del educador
Marcos Del Roio*
Publicado el 10/8/2007 15:00:00 (5053 Lecturas)

En el presente artículo, se analizan en profundidad las consideraciones de Antonio Gramsci respecto a un tema que consideraba crucial: la educación. El fundador del PC Italiano distingue tres momentos. En el primero, prioriza la escisión, el antagonismo y la auto-educación de los trabajadores frente al capital en el propio proceso productivo capitalista en ciernes. A esta instancia le sigue la educación del recién fundado Partido Comunista. El tercer momento es el de formación de los intelectuales orgánicos, que educarán a las masas. Por orgánicos, entendía que tomarían un rol activo en la lucha social.


Escisión, antagonismo y auto-actividad de los trabajadores frente al capital

La fundación de la revista L’Ordine Nuovo se dio en un turbulento cruce de aguas que agitaban a Europa y a Italia al fin de la guerra imperialista de 1914 - 1918. Formados en el ambiente de una cultura humanística y libresca, en el cual de destacaba el influjo de Benedetto Croce, los fundadores de la revista -con Gramsci al frente- percibían al necesidad de actuar en el proceso revolucionario que envolvía al continente. Esta nueva coyuntura, inaugurada con la irrupción en Rusia de la revolución socialista internacional, alteró, en la practica, las condiciones de pensar (y actuar) sobre los problemas de organización, de educación y de la cultura. La revista nacía, con todo, con el objetivo de "promover el nacimiento de grupos libremente constituidos en el seno del movimiento socialista y proletario para el estudio y la propaganda de los problemas de la revolución comunista".
Hasta ese momento, la reflexión de Gramsci se centraba en la practica del sistema escolar italiano, que enfatizaba en la enseñanza técnica destinada a los trabajadores en busca de empleo o en la enseñanza humanística destinada a la pequeño burguesía, cuyo objetivo era el de componer los diversos escalones de la administración pública del Estado liberal - burgués. El desafío era el de pensar una escuela socialista unitaria, que articulase la enseñanza técnico-científica al saber humanístico. Esta sería la clave para que los trabajadores pudiesen perseguir su autonomía y desarrollar una nueva cultura, antagónica a aquella de la burguesía. La lucha de los trabajadores para garantizar y profundizar la cultura, para apropiarse del conocimiento, traería consigo el esfuerzo y el empeño para garantizar la autonomía en relación a los intelectuales y su poder despótico.
Los intelectuales son elementos importantes en la configuración de una jerarquía de dominio sobre los trabajadores, que sólo puede ser quebrada a partir de una reflexión propia de los trabajadores sobre la cultura. De allí el énfasis de Gramsci en la propuesta de creación de una Asociación de Cultura. Así que "en Turín, dado el ambiente y la madurez del proletariado, podría y debería surgir el primer núcleo de una organización de cultura marcadamente socialista y de clase, que sería, junto con el partido y la Confederación del Trabajo, el tercer órgano del movimiento de reivindicación de la clase trabajadora italiana".
Las clases dirigente y sus intelectuales son el enemigo a identificar. Contra ellos deben ser creados una nueva cultura y un nuevo proceso educativo. La influencia de Sorel es notable en la defensa de la autonomía del mundo obrero y del antagonismo frente al capital, cuya subjetividad se debe manifestar en forma material. La presencia del "espíritu de escisión" se presenta desde luego en el rechazo de la escuela del Estado y de la Iglesia. Gramsci se debatía, sin embargo, con la impotencia de las instituciones de la clase obrera (el sindicato y el partido antes que todo) para dirigir esa educación hacia la emancipación. O, mejor dicho, para organizar la auto-educación de los trabajadores, puesto que para Gramsci
"el proletariado es menos complicado de lo que puede parecer. Se formula una jerarquía espiritual e intelectual espontáneamente, y la educación intercambiable opera allí donde no puede llegar la actividad de los escritores y de los propagandistas. En los círculos, en los encuentros, en las conversaciones frente a los talleres se analiza y se propaga, tornada dúctil y plástica a todos los cerebros, a todas la culturas, la palabra de la crítica socialista."
Incluso después de la irrupción de la revolución rusa y de la enorme efervescencia cultural que inundó las fábricas y el espacio público, con la formación de numerosos grupos de estudio y de pequeñas publicaciones, la solución para el problema de la educación autónoma del trabajo no se dejaba ver. Tanto que L’Ordine Nuovo comenzó sus actividades como una reseña de cultura socialista, como un transmisor de cierta cultura ya acumulada, pero subalterna.
El giro en dirección a la praxis ocurrió a fines de junio de 1919. Quedará claro que la auto-educación de los trabajadores, la educación para la libertad, no dependía, o dependía menos del sindicato y del partido y mucho más de los propios trabajadores. Insertados en el proceso productivo de la riqueza social, los trabajadores fabriles estaban ya dotados de cierto conocimiento profesional específico. Al trabajo técnicamente calificado y productivo se debería vincular un conocimiento más amplio de la cultura científica y humanística, no sólo para poder gerenciar el proceso productivo, sino también la propia administración pública de un nuevo Estado obrero y socialista. Así es que los trabajadores, en su propio proceso de auto-educación, generarían sus intelectuales y sus educadores, educando así al sindicato y al partido.
El organismo fundamental de la democracia obrera -ya lo demostraba la revolución socialista en Rusia y en Hungría- era el consejo. En Italia, en Turín, el consejo de obreros y de soldados de Petrogrado podría ser traducido en las comisiones internas de fábrica, que serían la escuela de dirección y administración del proceso fabril, como así también de educación político cultural de la clase obrera dotada de un "espíritu de escisión". La gran ventaja de la democracia obrera de base y de la institución de la comisión interna de fábrica era que ésta era dotada de un esencial carácter público, en contraste con el sindicato y el partido, instituciones del Estado burgués, conformadas en carácter privado.
La libertad del trabajador se debe dar a partir del espacio de la fábrica, local en donde cumple su papel universal de productor de riqueza social. La libertad debe irrumpir donde los grilletes del capital se hacen sentir de manera más intensa. El partido y el sindicato son asociaciones voluntarias de carácter contractual, dispuestas en el derecho burgués. Por lo tanto, para Gramsci, la libertad del hombre encuentra su fundamento en despedazar las amarras que sujetan su actividad de productor a los intereses del capital. Particularmente de su actividad de productor dotado de conocimiento técnico capaz de controlar el proceso productivo en la fábrica moderna.
La libertad se encuentra en la difusión del espacio público y si el sindicato y el partido no se sometieran al control del espacio público generado por la actividad emancipadora de los trabajadores -sirviendo como instituciones también de carácter educativo- pueden entonces transformarse en aparatos burocráticos privados dentro del orden del capital y agentes de la dominación burguesa. ¡Los intelectuales que la clase forma pueden en cualquier momento volverse contra ella misma!
Pero, ¡atención! Este movimiento de auto-educación de las masas, este dominio del espacio público es característico de un momento revolucionario. De hecho, el movimiento de los consejos que irrumpía en Turín era un frente de la revolución socialista internacional. Difícil, sino imposible, imaginar a L’Ordine Nuovo como agente de organización y educación de las masas obreras fuera de un contexto revolucionario. En otra situación, de pacífica dominación burguesa, es más probable que continuase siendo una reseña de cultura socialista. El giro en la orientación editorial y política de la revista fue ella misma el producto de la educación subministrada por la clase obrera a sus educadores. La virtud de éstos fue la inmediata asimilación de la lección y su involucramiento completo en la tarea auto-designada.
En torno a L’Ordine Nuovo se formaron comisiones de cultura, guiadas por la idea de un soviet de cultura obrera, cuyos entusiastas fueron, en gran medida, los jóvenes socialistas. Pero el núcleo esencial de esta actividad, perfilando la construcción del trabajo libre asociado, es el consejo de fábrica, puesto que en el proceso productivo mismo es que se encuentra el fundamento del proceso de auto-educación y auto-emancipación del trabajo. Tanto el movimiento de la clase puede educar al educador que, dice Gramsci,
"hasta ahora los comunistas italianos anduvieron a tientas. Las masas proletarias italianas, como todas las masas proletarias del mundo, comprenderán que la "máquina" de la revolución es el sistema de los consejos, comprenderán que el proceso de desarrollo de la revolución es señalado por el surgimiento de los Consejos: comprenderán que el proceso de desarrollo de la revolución es señalado por el hecho de que las masas populares reconocen en el sistema de Consejos el órgano de gobierno de las masas, de los hombres y de la producción industrial y agrícola y determinarán con su indiferencia, con su pasaje de psicología política, a la atrofia de las formas políticas actuales, la muerte histórica de la democracia burguesa."
El consejo debe ser entonces la base y el fundamento del Estado obrero y socialista, de sus instituciones sociales. Así, la escuela en el Estado de transición debe ser una escuela del trabajo que se emancipa, una escuela que construye y organiza el trabajo libre y asociado. En esta escuela la acción laboriosa disciplinada se articula con el conocimiento de la técnica, de la ciencia y de la basta cultura humanística. El método y el principio pedagógico se fundamentan en el proceso productivo fabril, colectivo y solidario.
La escuela organizada por el L’Ordine Nuovo comenzó a funcionar a fines de 1920, cuando el movimiento de los consejos de fábrica comenzaba ya a declinar, víctima de los ataques convergentes del Estado, de los nacientes grupos fascistas y de la indiferencia criminal de los reformistas del sindicato (la CGL - Confederación General del Trabajo) y del partido (el PSI - Partido Socialista Italiano). La escuela del trabajo de L’Ordine Nuovo no tenía la intención de preparar a los trabajadores para un mundo extraño a ellos. Por el contrario, la idea era reforzar el principio de solidaridad y el del saber-hacer que era propio de su cotidianeidad de productores, de incorporar el aprendizaje ya adquirido en el espacio público generado por la huelga, por el comicio, por el debate. El primer paso es, por lo tanto, el de aceptar que el educador se deje educar. El método, la disciplina y la solidaridad propios del mundo de la fábrica deberían ser la base de la escuela del trabajo.
Aunque el objetivo de la escuela del trabajo era educar al proletariado para la autogestión de la producción y para la administración pública, entendida como autogobierno, en la escuela del trabajo también serían cultivados los intelectuales generados por la propia clase obrera, en condiciones de crear una nueva cultura, distinta y contrapuesta a la de la intelectualidad burguesa y también reformista. Por lo tanto, la escuela del trabajo encuentra su método y su fundamento en la acción de los productores, pero su objetivo es contribuir en la construcción del hombre comunista, del trabajador libre y asociado. Para eso es imprescindible el control de la producción, y del instrumento de trabajo, lo que implica conocimiento técnico y científico.

La construcción de un nuevo instrumento político

La derrota del movimiento de los consejos de fábrica trajo como consecuencia el fin de esa fase de L’Ordine Nuovo y de la experiencia del grupo político que le daba aliento. El momento revolucionario de 1919 - 1920 fue un rico experimento de auto-educación y de educación del educador por parte de los trabajadores. El rechazo del sindicato y del partido obrero mostró la insuficiencia de esa acción política educativa. Se trataba ahora, consumada la derrota, de hacer frente a la ofensiva del capital, siendo necesario para eso la construcción de un nuevo instrumento político, que condujera la resistencia y posibilitara la reorganización de las fuerzas para el eventual contra ataque.
El sindicato y el partido obrero habían desempeñado fielmente su papel de instancias privadas y contractuales dentro del Estado burgués. Habían negociado con la patronal y con el Estado a expensas de los consejos de fábrica; habían trabajado por la estabilización del orden social y político; habían salido en defensa de la democracia parlamentaria y se habían opuesto a la democracia obrera de los consejos. Pero tuvieron que pagar su precio, y alto. En enero de 1921 el PSI sufre su primera ruptura orgánica, que sería el inicio de la fragmentación de las instituciones sociales de la clase obrera en su retroceso frente al ataque concentrado del fascismo en ascenso. Surge el Partido Comunista de Italia, ya que había una necesidad sentida y ya demorada de fundación de un nuevo instrumento de lucha en defensa de la autonomía obrera.
Con el fin de la época revolucionaria -a pesar de que no fuera esa la lectura que hacían las vertientes que convergieron para la formación del PCI- la asimilación de las enseñanzas por la espontaneidad obrera se hacía mucho más difícil. La escuela del trabajo asociado pasaría ahora por un proceso profundo de desmantelamiento, pues la ofensiva del capital, cuyo instrumento era el fascismo, tendría consecuencias en el propio proceso productivo fabril. El "americanismo", que Gramsci entendía como escuela de la creatividad, de la laboriosidad y de la autodisciplina, fue absorbido por el fascismo como rígido disciplinamiento del proceso de trabajo.
La derrota demostraba entre otras cosas que la clase obrera no se encontraba preparada para hacerse Estado: faltaban los cuadros para la administración del proceso productivo y para la administración pública. Pero la clase, incluso derrotada, contaba con fuerzas y cuadros suficientes para hacerse Partido revolucionario, completando la ruptura orgánica con los reformistas.
Mientras tanto, también representaba un problema grave la composición del nuevo Partido Comunista. La mayoría de sus adherentes estaba constituida por seguidores del grupo político que se había formado en torno del periódico napolitano Il soviet, donde prevalecía la orientación de Amadeo Bordiga, reforzada además por elementos que venían del sector "maximalista" del PSI. La formación cientificista y naturalista de Bordiga lo predisponía a concebir a la clase obrera como un organismo en desarrollo, dotado de un órgano específico que concentraría la ciencia de la clase: el partido revolucionario. Ese órgano debería organizar a la clase y difundir el conocimiento científico. Aquí no hay lugar para la espontaneidad obrera, como no hay lugar para las alianzas sociales con otras camadas de trabajadores de extracción precapitalista, como los campesinos. Tanto es así, que esta fracción tendía a ver con sospecha al movimiento de los consejos, identificando en ellos un bies "sindicalista-revolucionario". La revolución se confunde con un proceso de largo plazo, durante el cual la acción del capital proletariza amplias masas mientras el partido organiza y educa a esas amplias masas para la toma del poder político y la construcción de un nuevo Estado.
El trabajo del grupo de el L’Ordine Nuovo sería ahora el de educar al educador. Al PCI debería ser transmitida la lección aprehendida de la espontaneidad de las masas, de la experiencia concreta de los consejos de fábrica como embrión de un Estado obrero. Decía Gramsci entonces que "la constitución del Partido Comunista crea las condiciones para intensificar y profundizar nuestra obra", puesto que "nos podremos dedicar enteramente al trabajo positivo, a la expansión de nuestro programa de renovación, de organización, de despertar de las conciencias y de las voluntades". Destacaba además "que el programa de nuestro movimiento no se preocupa por las mayorías sino en la medida que estas crean las condiciones para organizar, para educar, para difundir convicciones, para coordinar voluntades y acciones".
Ocupando la instalaciones de Avanti en Turín (el periódico del PSI), a partir de enero, L’ Ordine Nuovo pasa a ser diario. El trabajo ahora es de resistencia frente a la ofensiva del capital, que instrumentaliza el movimiento fascista. El surgimiento del PCI ocurre en medio de serias dificultades, pues además de la necesidad de crear condiciones para resistir el avance del fascismo -para lo que era necesario comprenderlo-, era preciso también disputar la dirección del movimiento obrero, conseguir el soporte de la mayoría de la clase. Eso implica una decidida acción educativa, una educación política revolucionaria de largo alcance. Pero ¿estaría el partido educador suficientemente preparado él mismo para tal tarea?
Gramsci y el grupo de L’ Ordine Nuovo eran francamente minoritarios en el interior de la nueva formación política y los problemas eran demasiados grandes. Comprender y enfrentar al fascismo no era una tarea fácil, así como no era fácil conseguir la mayoría en la derrotada clase obrera. Además el PSI mantenía vínculos estrechos con la Internacional Comunista, que intentaba promover una fusión entre las dos organizaciones, dejando afuera sólo al ala social-reformista. Con tantas amenazas y dificultades sobrevolando al PCI, Gramsci prefirió someterse a la mayoría del partido, que seguía la orientación de Bordiga, y enfatizar, una vez más, el problema de la ruptura orgánica y político cultural con los socialistas, en vez de abrir otro campo de lucha, por el control y dirección del partido. Ese trabajo sería más lento, de más largo alcance, y sin mucho alarido.
Un momento crucial para la formación teórica e intelectual de Gramsci comenzó cuando fue enviado a la URSS, en mayo de 1922, antes del ascenso del fascismo al gobierno del Estado. Gramsci tuvo entonces la oportunidad de observar los esfuerzos del Estado obrero en la construcción de una escuela del trabajo, y acompañar debates acerca del "americanismo" y sobre la organización del proceso de trabajo según la experiencia taylorista y fordista. Asimismo fue fundamental el encuentro con el bolchevismo y con Lenin, considerando que la traducción de la revolución socialista internacional hacia las condiciones de Italia había sido hecha más por los lentes de la cultura antagonista de la Europa occidental. Gramsci volvía ahora al papel de educando, pues el impacto de la obra de Lenin y de otros bolcheviques sería indeleble a partir de entonces en su obra teórico-práctica. Pero la principal lección asimilada sería la marca de la creatividad y de la crítica.
Armándose del instrumental teórico ofrecido por el bolchevismo, Gramsci percibió la necesidad de madurar la perspectiva de abrir la lucha por la conducción del comunismo italiano confrontándose con la concepción de Bordita y también con la lectura de Tasca. Ambas arrastraban aspectos de sumisión a la tradición socialista italiana, que deberían ser superados y que podían sintetizarse en la concepción de la relación intelectual y masa, y la separación entre las instancias del ser y del movimiento. En la práctica política, Gramsci definió su posición resistiendo la embestida de Bordiga, partidario de la formación de una corriente de izquierda internacional que fuese contra la política de frente único defendida por la IC y también contra la fusión o también alianza con los socialistas (Tasca era favorable a una política de frente único que canonizaba la alianza y la fusión con los socialistas).
Gramsci defendía el mantenimiento de los lazos con el grupo dirigente de la IC y la incorporación al PCI de elementos de izquierda socialista y era favorable a la política de frente único, pero no con los socialistas, pues tanto el PSI, como la CGL, en verdad, eran instituciones asimiladas al Estado burgués. Entendía además que la fórmula política de frente único debía unificar a la clase obrera y sellar una alianza fundamental con el proletariado agrícola y con el campesinado, a lo cual los intelectuales meridionalistas liberales deberían contribuir decididamente.

El educador debe seguir siendo educado por el educando

En todo caso, no se trataba de hacer predominar el antiguo grupo de L’Ordine Nuovo en el PCI, sino de construir un nuevo grupo dirigente capaz de crear un "sistema educativo" nuevo y adecuado a las condiciones. Este grupo dirigente debería educarse a sí mismo en la medida que se hacía, superando el espíritu de grupo, y al mismo tiempo debería ser capaz de asimilar la mejor expresión de cultura y acción política generada en el seno mismo de la propia clase trabajadora. Además de auto-educarse, el educador debe seguir siendo educado por el educando. Así, y solamente así, los riesgos regresivos desde el punto de vista cultural y político presentes en las posiciones de Bordiga y Tasca, podrían ser superados en una nueva síntesis teórica.
La posición política defendida por Gramsci fue beneficiada por la represión fascista, que afectó dramáticamente al grupo dirigente original del PCI, y por la insistencia de Bordiga en oponerse a las directivas de la IC, entregando la dirección partidaria a la fracción de Tasca. Por otro lado, la derrota de los fusionistas del PSI acabó empujando solamente al ala más a la izquierda de ese agrupamiento hacia el seno del PCI. Además, en Moscú se adoptó la decisión de crear de un órgano de masas que llevaría el título de L’Unità, dedicado a la difusión de la política de frente único y de la consigna de gobierno obrero-campesino. El periódico, así como toda la política del partido, según Gramsci, debería "dar importancia especialmente a la cuestión meridional y es una cuestión en la cual el problema de las relaciones entre obreros y campesinos se coloca no sólo como un problema de relación de clase, sino también y especialmente como un problema territorial, y es a su vez, uno de los aspectos de la cuestión nacional".
Fue en Viena, ciudad a la que fuera enviado por la dirección de la IC, donde Gramsci maduró sus ideas acerca de las relaciones educativas entre intelectuales y masa, que se debe consustanciar en un progreso intelectual de masas y que es un sustrato imprescindible para concebir la idea de partido revolucionario y de revolución socialista. Además de L’Unità, Gramsci se empeñó en dar vida a una revista quincenal que retomase el título de L’Ordine Nuovo, en lo que sería una tercera serie. Esta publicación estaría, en alguna medida, dedicada "a la educación de los compañeros más calificados y responsables para fomentar un movimiento de simpatía por nuestro partido en ciertos ambientes intelectuales". Para la presentación de la revista, la sugerencia de Gramsci era que se dijese que "L’Ordine Nuovo se propone suscitar en las masas de obreros y campesinos una vanguardia revolucionaria capaz de crear el Estado de los consejos de obreros y campesinos y de fundar las condiciones para el advenimiento y la estabilidad de la sociedad comunista".
Además de L’Unità, un periódico dirigido a las masas y de L’Ordine Nuovo, una revista dedicada a educar y seleccionar a la vanguardia obrera, Gramsci sugirió también la elaboración de una anuario de la clase obrera y la publicación de una biblioteca de textos fundamentales, que serían un instrumento para una escuela del partido. Esta escuela, debido a las condiciones difíciles impuestas por la reacción fascista, podría asumir el formato de una escuela por correspondencia.
Gramsci pensó además en la creación de otra revista, que tendría un perfil más estrictamente intelectual y que podría llevar el nombre de Crítica Proletaria, la cual tendría el objetivo de establecer una crítica a la cultura dominante. Es cierto que este amplio proyecto demandaba organización y recursos y no pudo conseguir, sino parcialmente, alcanzar los objetivos propuestos.
En el contexto político de disputa dentro del PCI, para Gramsci L’Ordine Nuovo estaba llamado a cumplir un papel decisivo. Debería sólo demostrar la necesidad del gobierno obrero y campesino en las condiciones nacionales, sino también abordar los problemas ligados a la organización de la fábrica. El mantenimiento de la revista debería estar estrechamente vinculada con lograr los recursos para colocar poner en marcha "un curso por correspondencia de organizadores y propagandistas del partido". En la concepción de Gramsci, "el curso por correspondencia se debe transformar en la primera fase de un movimiento por la creación de pequeñas escuelas del partido, actuando para crear organizadores y propagandistas bolcheviques, no maximalistas, que tengan cerebro, además de pulmones y garganta."
Gramsci evitaba cualquier manifestación utópica y percibía que el primer paso a ser dado para la emancipación espiritual de los trabajadores sería la formación de esas pequeñas escuelas. Los militantes más viejos y experimentados deberían pasar sus experiencias a pequeños grupos de cerca de una decena de nuevos militantes. Cuadros políticos bien formados eran indispensables para que se consiguiese una guía de la mayoría de la clase obrera y para desorganizar al PSI - entendido siempre como institución incorporada al orden burgués.
El material pedagógico de la escuela del partido debería ser compuesto por opúsculos tratando de las cuestiones elementales del marxismo, la explicación de la necesidad del gobierno obrero y campesino a partir de las condiciones concretas de Italia, y un manual del propagandista conteniendo las informaciones sobre la realidad económica y política de Italia. La idea era también publicar una edición del Manifiesto Comunista, además de pasajes de otras obras de Marx y Engels.
Este proyecto de educación conjunto de la vanguardia obrera y de las masas comenzó a ser emprendido tan pronto Gramsci retornó a Italia, ahora como diputado y principal dirigente del PCI. El periódico y la revista tuvieron un suceso significativo, siempre considerando las inmensas dificultades impuestas por la represión fascista. La escuela insumió más tiempo hasta ser puesta en funcionamiento, pero no hay dudas de que ella constituiría un elemento importante para preparar a la militancia hacia los debates del III congreso del PCI, a ser realizado en los inicios de 1926.
Gramsci nota con precisión que otras experiencias de escuela obrera nunca tuvieron resultado o salieron de iniciativas aisladas de pocos que no consiguen "combatir y superar la aridez y la infecundidad de los restrictos movimientos "culturales" burgueses". Y esto debido a la "ausencia de vínculos entre las ‘escuelas’ proyectadas o iniciadas con un movimiento de carácter objetivo." Por el contrario, el relativo éxito de L’Ordine Nuovo de 1920 se explica por el vínculo existente entre movimiento y proceso educativo, cuya consecuencia más fuerte es la posibilidad del educador de ser educado por el movimiento, en un movimiento conjunto de auto-educación de las masas y de progreso intelectual colectivo. El límite de aquella experiencia fue el involucramiento de pocos y no de todo el movimiento y del partido, lo que debilitó la capacidad de elaboración teórica colectiva.
Es importante recordar que el nuevo emprendimiento de Gramsci de forjar una escuela para militantes del proletariado se confrontó con la iniciativa del fascismo, recién encaramado en el poder, en el campo de la reforma de la educación y de la escuela. La reforma Gentile acentuaba y explicitaba la dualidad del sistema educativo italiano al reservar una rama clásico-humanística para las clases dirigentes - a la cual estaría vedado el acceso de "los débiles e incapaces"- y otra rama de base profesionalizante, dirigida a las masas, que acentuaba la especialización precoz de la fuerza de trabajo.
El desafío cultural y educativo que Gramsci se proponía enfrentar era enorme, pero sólo podría ser efectivamente resuelto cuando la clase obrera forjase sus propios intelectuales. El desafío se hacía más grande ahora por el hecho de no existir un movimiento obrero en condiciones favorables para la creación y desarrollo de sus propias instituciones.
En oposición a la concepción burguesa de educación, Gramsci indicaba que "ni un "estudio objetivo", ni una "cultura desinteresada" puede tener lugar en nuestras filas…". Decía además Gramsci, refiriéndose al partido,
somos una organización de lucha, y en nuestras filas se estudia para crecer, para afinar la capacidad de lucha de cada uno y de toda la organización, para comprender mejor cuales son las posiciones del enemigo y las nuestras, para poder adecuar mejor nuestras acciones de cada día. Estudio y cultura no son para nosotros otra cosa que la conciencia teórica de nuestros fines inmediatos y supremos, y del modo en que podemos traducirlos en acción.
Era de suma importancia educar a un grupo dirigente de la clase obrera en las condiciones de reflujo y de terror en que se vivía, pues este grupo dirigente debería estar preparado para conducir el proceso revolucionario, para administrar el Estado obrero y para educar masas crecientes de trabadores en el sentido de la emancipación, sin que éstas vuelvan a caer bajo la influencia de viejas ideologías. Así que la tarea de preparación para dirigir la revolución y administrar el Estado obrero debería ser enfrentada desde ahora. Un grupo dirigente capacitado era imprescindible también porque "el reinicio del proceso revolucionario y especialmente su victoria despejan un gran número de nuevos elementos para sus filas", entonces surge el problema de "impedir que el núcleo central del partido sea hundido y desagregado por el ímpetu de la nueva onda", que llega sin la debida preparación.
El drama concreto a ser enfrentado de inmediato era el de educar a la vanguardia en condiciones tremendamente desfavorables de ilegalidad y persecución. Un serio agravante a ser considerado era el hecho de que el marxismo jamás había sido objeto de un estudio serio y sistemático por parte de las direcciones del movimiento obrero, permaneciendo en la esfera de reflexión de la intelectualidad burguesa, con la notable excepción de Antonio Labriola. La solución práctica que pareció ser la única posible en aquellas circunstancias fue la de forjar una escuela por correspondencia.
El curso, al fin implantado a partir de 1925, fue pensado para desarrollarse en tres series de lecciones, la primera de las cuales giraba sobre la teoría del materialismo histórico, teniendo como referencia el libro de Bujarin, el Tratado sobre el materialismo histórico (nótese que ese libro sería objeto de severa crítica por parte de Gramsci, años después, en sus Cuadernos de la cárcel). La segunda parte del curso estaría centrada en temas de política general, que pasarían por nociones de economía política, formación y desarrollo del capitalismo, historia del movimiento obrero, la guerra y la crisis capitalista, la revolución rusa, la transición, etcétera. La tercera parte estaría dedicada a las cuestiones propias del PCI, como la doctrina, el programa y la organización revolucionaria, de acuerdo con la orientación de la Internacional Comunista. Como material de soporte y complemento serían publicados fascículos mensuales sobre temas específicos, como la cuestión sindical, la cuestión campesina y otros.
Una primera evaluación del curso indicó problemas en la forma de exposición, que tendía a ser muy absoluta y enfática. El plano general debería ser más limitado, con temas más específicos y tratamiento más elemental. El riesgo era el de transmitir a los alumnos la idea de que las nociones transmitidas fuesen verdades adquiridas e indiscutibles y no "algo que debería ser aún elaborado, demostrado, objeto todavía de examen y de discusión".
Muchos de los problemas apuntados tenían fundamento en las condiciones de existencia de la propia clase obrera y eran de difícil resolución, agravados por el hecho de que la escuela era por correspondencia. La escuela por correspondencia no podía atender debidamente la diversidad de los alumnos en términos de edad, de origen, de formación anterior, de experiencia social, lo que obliga a que se parta de un abstracto tipo medio de alumno. El resultado es que las lecciones ganan un carácter mecánico y absoluto. Por esto mismo decía Gramsci: "El mejor tipo de escuela es, sin dudas, el de la escuela hablada, no el de la escuela por correspondencia". En la escuela hablada el profesor puede medir el objetivo de "hacer vivir colectivamente la escuela de modo que transcurra en un continuo desarrollo de cada uno y que tal desarrollo sea continuo y sistemático."
Pero la educación precede a la escuela. La más importante iniciativa es la de la auto-educación, el auto-didactismo, puesto que "la escuela acelera la formación, es el sistema Taylor de la educación, da un método, enseña a estudiar, habitúa a una disciplina intelectual, {pero} no puede sustituir el espíritu de iniciativa en el campo del saber".
La relación entre la escuela y la experiencia de vida, sin embargo, es muy diferente conforme a la clase social. Para los jóvenes de la burguesía, por pertenecer a la clase dominante, la escuela sirve para estrenarlos, para adecuarlos, para comportarse y verse como dominantes. La escuela de clase de la burguesía, que en Italia se expresaba en la secuencia gimnasio - liceo - universidad, debe funcionar para formar a la clase dirigente y su eventual fracaso es el fracaso de esa clase. Por otro lado, "para la clase obrera, el Estado burgués organizó un particular tipo de escuela: la escuela popular y la escuela profesional que está dedicada a mantener la división de clase, a hacer que el hijo de un obrero sea también él un obrero".
El conocimiento científico, en las condiciones instauradas bajo el dominio burgués, está fuera del alcance de la clase obrera, que queda sometida a un conocimiento fragmentario, derivado de la práctica profesional y a una baja auto-estima, propia de los dominados. De allí la necesidad de esta clase de crear instituciones propias que organicen el conocimiento. Puede ser el sindicato o el partido o una escuela propiamente dicha, pero esta siempre "completa y esclarece las experiencias concretas de la vida vivida, da una dirección, habitúa a generalizar, a razonar mejor y rápidamente." Se percibe entonces la enormidad del desafío para llegar a una escuela orgánica del trabajo, a una escuela unitaria. La escuela por correspondencia para la educación de la vanguardia obrera no podía ser más que una pequeña semilla de dudosa germinación, cuyo empeño era el de crear una intelectualidad orgánica de la clase obrera.
La urgencia mayor para el diseño estratégico que Gramsci venía elaborando era el de forjar una sólida mayoría en el III congreso del PCI, que se avecinaba. De hecho, la escuela por correspondencia y los viajes de Gramsci para acompañar los encuentros partidarios locales y regionales hicieron efecto. Con el respaldo de una gran mayoría, Gramsci y sus más próximos colaboradores consiguen delinear una estrategia para la revolución socialista en Italia, cuyo punto de arranque sería la unificación de la clase obrera y la alianza con el proletariado agrícola y con el campesinado pobre. Este frente único de las clases subalternas debería forjar una nueva sociabilidad y una nueva cultura para oponerse al fascismo y al liberalismo, de modo tal que la revolución antifascista fuese también una revolución anticapitalista.
Es en este contexto que aparece con toda claridad la necesidad de educar y de preparar al educador de las masas, el partido revolucionario. Con el fin de estructurar el frente único, el partido debería sustraer la base de influencia de los socialistas en la clase obrera, desorganizando esa agrupación, lo que demandaría capacidad orgánica en la fábrica y en el sindicato, esto es, capacidad intelectual y organizativa. La visión mecánica y positivista de la burguesía que impregnaba al obrero debería ser combatida. Para esto sería necesaria una masa creciente de intelectuales orgánicos de la clase obrera, que tuviesen el más estrecho vínculo con el proceso de trabajo, pues correspondería a ella la conducción del necesario control social de la producción, fundamento del objetivo revolucionario.
Por otra parte, existía la necesidad de sellar la alianza con el campesinado, sometido a la loza del latifundio y a la ideología religiosa. La influencia del Partido Popular (católico) y de otras agrupaciones políticas venía perdiendo influencia en el sur del país debido a la consolidación del fascismo y de su vínculo con la Iglesia. Este era el problema que Gramsci venía desarrollando en los meses que antecedieron a su encarcelamiento. En el esbozo que fue conocido como Algunos temas de la cuestión meridional, Gramsci intentó identificar las formas y los instrumentos que mantenían a los trabajadores rurales bajo aquella brutal sumisión. La sólida sobrevivencia de características feudales obligó a Gramsci a dedicarse al análisis de la dimensión político-estatal e intelectual. Gramsci percibe que hay una autonomía relativa de los grandes intelectuales, que trascienden las fronteras nacionales con su cosmopolitismo, cuyo ejemplo mayor es Benedetto Croce. Lo fundamental, sin embargo, es la existencia de una masa de pequeños intelectuales vinculados a la burguesía rural y que compone la burocracia estatal y el clero. Es este tipo de intelectual "que también localmente, en la villa y en el burgo rural, ejercita la función de intermediario entre los campesinos y la administración en general".
Para alcanzar el objetivo del frente único de la clase obrera con el campesinado la estrategia definida por Gramsci indicaba la necesidad de una inserción importante del partido revolucionario entre el proletariado agrícola y el campesinado, con la elevación cultural y la incorporación a sus filas de militantes oriundos de esas fracciones sociales. Pero lo más importante, por lo menos en un momento inicial, era sellar la alianza con los intelectuales meridionales liberal-revolucionarios, que percibían y reconocían la importancia nacional de la clase obrera y el papel que podría desempeñar en la lucha por la emancipación de las masas campesinas del Sur.
Se percibe entonces como la dialéctica entre el educando y el educador en la reflexión de Gramsci, resguardando siempre el trabajo como fundamento de la sociabilidad emancipada del hombre, gana siempre nuevas dimensiones. Gramsci parte de la escuela del trabajo, en la cual prevalece la auto-educación, pero que posibilita un largo aprendizaje a quien se pretende educador, puesto que es aquí donde se localiza la vía para la emancipación del trabajo. De cualquier modo esa vía es ya la revolución en acto.
Cuando la revolución se ve derrotada, es preciso encontrar medios para la educación de la vanguardia obrera, particularmente en el caso en que esa vanguardia se revestía de una discutible concepción del proceso revolucionario. En ese momento la disposición a aprender con la experiencia de los bolcheviques fue muy pertinente.
Una vez forjada, aunque todavía de manera muy embrionaria, en esta vanguardia, la dialéctica del educador y de las masas, teniendo en vista un progreso intelectual, no sólo enriquece y organiza a la clase obrera, que forja a esos intelectuales. Esta vanguardia forjada como intelectualidad orgánica se debe capacitar para gerenciar el proceso productivo y para administrar el Estado obrero, pero también tiene que relacionarse con aliados, sin lo cual no se compone el frente único de las clases subalternas en la lucha antifascista y anticapitalista y no se crea una nueva cultura de organización del trabajo libre y asociado.


* Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Estadual de Sao Paulo (Brasil). Presidente del Instituto Astrojildo Pereira que se dedica a estudios sobre la historia del movimiento obrero brasileño. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Novos Rumos. Autor de varios libros, el último de los cuales es El imperio universal y sus antípodas: occidentalización del mundo. Actualmente realiza investigaciones sobre la obra de Antonio Gramsci.

Fuente: Revista Herramienta Nº 32 - Junio de 2006

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